Vivimos momentos complicados, momentos de choque y enfrentamiento, en los que se mezcla el hartazgo con la desilusión, la crispación con el miedo. La sociedad está rara, el ambiente no es el mismo y los políticos, a los que nosotros mismos rebajamos la talla que debían dar, no están a la altura. Son incapaces de inyectar la moral que necesita la ciudadanía. Son políticos de chichimona, que sólo saben adorar al que manda, incapaces de hacerle ver lo que está mal, políticos que no valen un duro y que no han hecho sino degradar el sistema. Es lo que hay, duela al que duela, por eso estamos dando palos de ciego. Lo hace Rajoy en Madrid, lo hace Vivas en Ceuta, lo hace Imbroda en Melilla y lo hacen todos esos alcaldes-presidentes que mandan en alcaldías y que son incapaces de alegrar a una ciudadanía cansada, temerosa por el futuro de sus hijos... una ciudadanía incapaz de aguantar la presión.
Cada vez que paseo por alguno de esos rincones que esconden auténticos insultos políticos me llevo las manos a la cabeza. ¿Cómo han sido nuestros gestores capaces de aupar esos desequilibrios, en dónde se basó esa opulencia mal entendida, qué nos llevó a apadrinar proyectos vergonzosos, inútiles, que esconden derroche y fatales inversiones? Miras esa Manzana del Revellín, que acoge por la noche los amores entre adolescentes y las meadas de quienes, harto de botellón, regresan a sus casas. Miras esa Manzana que vale tanto para acoger los festivales de andar por casa, como la ironía carnavalera... y piensas en esa chica de pueblo que un día quiso ser princesa y salió a la plaza vestida con sus mejores galas causando la risa del vecindario. A la Ceuta de pueblo, que un día pretendía vender pescado fresco al lado de la Manzana de Siza, le sobra esta opulencia mal entendida, esa montaña de millones pintados de blanco que son el reflejo de una esquizofrenia política que soñaba con tirarse los pedos más altos que el culo.
El pasado, pasado es. El presente nos dibuja un barco a la deriva que les obliga a quienes han elegido la vida política como profesión a ser ejemplo de coherencia, de responsabilidad, de madurez... porque el ciudadano está roto, desorientado, triste, amargado, rebelde... Hoy necesitamos luchadores, gente que mire hacia adelante y sea capaz, sencillamente, de reorientar la vida de quienes, presionados y asustados, incluso se la están quitando.
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