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Ceuta: el futuro que nadie quiere discutir

Cuando se habla de Ceuta, se habla demasiado del presente y demasiado poco del futuro. Y ese es, precisamente, uno de nuestros grandes problemas: llevamos más de treinta años olvidando el futuro de esta ciudad. Quizá estemos ante la última oportunidad de recuperar parte del tiempo perdido. Pero, para ello, hay que empezar por hablar de lo que realmente importa: qué Ceuta queremos y qué estamos dispuestos a hacer para construirla.

Hoy, el debate público parece reducido a la inmigración, a las imágenes de los asentamientos, a quién tiene la culpa y a quién le corresponde cumplir las leyes. Es lo único que ocupa los medios de comunicación, lo que centra las declaraciones políticas y lo que alimenta la confrontación diaria. Mientras tanto, nadie parece dispuesto a hablar de lo verdaderamente importante: por qué hemos llegado hasta aquí y qué futuro le espera a Ceuta.

Porque explicar lo que está pasando exige contar también lo que ha pasado durante las últimas décadas. Y esa parte de la historia parece haberse quedado fuera del debate, de forma interesada. Los responsables políticos tienen la obligación de explicar a la ciudadanía, especialmente a quienes desconocen los antecedentes de esta situación, qué decisiones se han tomado, qué concesiones se han realizado y qué consecuencias han tenido para nuestra ciudad. Todo ello debería hacerse anteponiendo la condición de ceutíes, de cuna o de adopción, a cualquier interés partidista, que tanto daño nos ha hecho.

Llevamos décadas acumulando concesiones a Marruecos, muchas de ellas, a mi juicio, mal planteadas, insuficientemente defendidas y negociadas sin garantizar adecuadamente los intereses de Ceuta. El fin del porteo, el cierre de la frontera y el progresivo debilitamiento de nuestra actividad económica no pueden analizarse como acontecimientos aislados. Forman parte de una evolución que ha ido reduciendo nuestras oportunidades y nuestra capacidad para desarrollar una economía propia. Nos ha ido convirtiendo en una ciudad cada vez más dependiente del Estado, y por ende, en una especie de colonia, que es lo que Marruecos siempre ha querido.

Era una situación que llevaba muchos años anunciándose. El problema no era solamente que pudiera llegar este momento, sino quién tendría que afrontarlo y asumir sus consecuencias. Y ese momento ha llegado para quienes hoy gobiernan en España y en Ceuta. Pero las responsabilidades sobre cómo hemos llegado hasta aquí no empiezan con los actuales gobiernos. Se remontan a decisiones y políticas de décadas anteriores, adoptadas por distintos gobiernos y con la participación, por acción u omisión, de quienes han tenido responsabilidades en la defensa de los intereses de Ceuta.

Por eso resulta tan insuficiente el debate actual. Discutir sobre la inmigración, sobre la aplicación de las leyes o sobre quién debe asumir determinadas responsabilidades puede ser necesario, pero no responde a la pregunta fundamental: ¿qué hemos hecho durante todos estos años para evitar llegar a esta situación? ¿Qué alternativas se han defendido? ¿Qué oportunidades se han perdido? ¿Y por qué seguimos sin un proyecto de futuro capaz de garantizar la prosperidad y la estabilidad de Ceuta?

Tampoco se habla de nuestro futuro institucional. De qué papel queremos desempeñar dentro de España y de Europa, de qué garantías necesitamos y de qué modelo de ciudad debemos construir para las próximas generaciones. No se habla de cómo dejar de depender permanentemente de decisiones que se toman lejos de aquí ni de cómo asegurar que nuestra singularidad geográfica, política y territorial se traduzca en medidas concretas.

La Constitución contempló la posibilidad de que Ceuta y Melilla pudieran constituirse en comunidades autónomas. Sin embargo, en 1995 se aprobó el actual modelo de ciudades autónomas. A mi juicio, fue entonces cuando empezó a quebrarse todo, porque se optó por esa fórmula, no ser Comunidad Autónoma y ser un simple ayuntamiento con más competencias, para no incomodar a Marruecos, y por tanto, sus pretensiones anexionistas. Es una cuestión que forma parte de nuestra historia institucional y que merece ser conocida y explicada, porque el debate sobre el futuro no puede limitarse a administrar el presente ni a dar por cerrado todo aquello que nunca se ha discutido suficientemente.

Y aquí es donde volvemos al principio: no se está hablando del futuro. No se está planteando qué Ceuta queremos dentro de veinte, treinta o cincuenta años. No se está explicando qué alternativas existen, qué garantías debemos reclamar ni qué estrategia necesita una ciudad que lleva décadas perdiendo oportunidades.

Mientras tanto, seguimos atrapados en la discusión sobre la emergencia del momento, buscando culpables inmediatos y dejando en segundo plano las decisiones que nos han conducido hasta aquí. Como si la situación actual hubiera aparecido de repente, como si no hubiera habido señales durante décadas y como si nadie hubiera tenido la responsabilidad de anticiparse.

Los ceutíes tienen derecho a conocer esa historia. Tienen derecho a saber qué se decidió en su nombre, qué se negoció, qué se cedió y qué consecuencias han tenido aquellas decisiones. Y tienen derecho, sobre todo, a que se les diga con claridad qué se pretende hacer a partir de ahora. Aunque parece que a los ceutíes les importa poco, algunos llevábamos años advirtiéndolo.

El problema de Ceuta no es únicamente la crisis que atraviesa hoy. Es haber llegado a ella después de décadas sin construir una respuesta de futuro. Es haber permitido que los problemas inmediatos ocupen todo el espacio político mientras las grandes cuestiones permanecen sin respuesta.

Quizá estemos ante la última oportunidad de recuperar parte del tiempo perdido. Pero para ello necesitamos algo más que declaraciones, reproches y debates que se agotan en la actualidad. Necesitamos explicaciones sobre el pasado, responsabilidades sobre el presente y un proyecto real para el futuro.

Y hay cuestiones concretas que ni siquiera forman parte de la conversación pública. De la posibilidad de constituirnos en comunidad autónoma no se habla. De nuestra integración en la Unión Aduanera tampoco, pese a que el Pleno de la Asamblea aprobó en 2015 una iniciativa en ese sentido y la respuesta desde Madrid fue negativa. De la posibilidad de reclamar un tratamiento como región ultraperiférica, con las particularidades que ello implicaría, tampoco se habla. Y de la aplicación de las reglas de origen y de las posibilidades que estas podrían ofrecer para el desarrollo económico de Ceuta, tampoco se habla.

Son alternativas distintas, con procedimientos y consecuencias diferentes, que deberíamos haber exigido desde hace décadas, algunos las gritábamos a los cuatro vientos en la mayor de las soledades e incomprensión de quienes ahora se rasgan las vestiduras. Todas estas alternativas tienen algo en común: deberían formar parte de una discusión seria sobre nuestro futuro. En lugar de eso, permanecen fuera del debate político central.

¿Y cuál es la respuesta que tantas veces se ha dado a quienes han planteado algunas de estas medidas? Que no es el momento de hacerlo. Que no conviene abrir determinados debates. Que hay que evitar tensiones con el país vecino.

Pues bien, si yo, como ceutí, acudiera a Madrid a defender el futuro de mi ciudad y me respondieran que no es el momento de incomodar a Marruecos, además de acordarme de los ancestros de mi interlocutor así fuese de mi partido, me preguntaría cuándo va a llegar ese momento. ¿Cuánto tiempo más tenemos que esperar? ¿Cuántas oportunidades más debemos dejar pasar? ¿Hasta cuándo vamos a supeditar nuestras posibilidades de desarrollo al temor a una reacción de Marruecos?

Porque ese es el verdadero problema: que llevamos décadas posponiendo decisiones y renunciando a plantear alternativas mientras el tiempo juega en nuestra contra.

Y aquí aparece una cuestión política de fondo. Los dos grandes partidos nacionales han mantenido, en distintos momentos y desde sus respectivas responsabilidades, una posición que ha dejado fuera del debate determinadas alternativas para Ceuta. Cabe preguntarse hasta qué punto esa posición está relacionada con la voluntad de preservar los acuerdos y el marco de relaciones con Marruecos sin alterar el estatus político de la ciudad.

El modelo de ciudad autónoma de 1995 no supuso la constitución de Ceuta como comunidad autónoma. Y, desde entonces, seguimos sin resolver la cuestión de qué garantías institucionales y qué modelo de integración económica y europea queremos para nuestro futuro.

No se trata de afirmar que todas estas propuestas sean automáticamente viables ni de ignorar las dificultades jurídicas, económicas o diplomáticas que puedan plantear. Se trata de algo mucho más elemental: que se estudien, que se expliquen y que se debatan públicamente. Que los ceutíes conozcan las alternativas y puedan exigir a sus representantes una posición clara. Algunas ya han sido suficientemente debatidas años atrás y deberían directamente exigir su aplicación al gobierno central y a Europa.

Porque lo que no podemos aceptar es que ni siquiera se hable de ellas.

Después de décadas de concesiones, decisiones aplazadas y oportunidades perdidas, Ceuta necesita saber qué se pretende hacer con su futuro. Y necesita saberlo ahora, no cuando ya no quede margen para actuar.

Si cada vez que se plantea una alternativa la respuesta es que no es el momento de incomodar a Marruecos, la pregunta es inevitable: ¿cuándo va a ser el momento de defender a Ceuta?

Y ¿por qué digo que es el momento?, porque hemos perdido tanto tiempo, que cuando esto pase, cuando se deje de hablar de Ceuta, cuando esta crisis se traduzca sólo en mandar dinero y ser una ciudad más subvencionada aún, será tarde… como nos lleva pasando tantas décadas, que llegamos tarde o no llegamos.

Con todo lo anterior, es como algunos estuvimos en solitario décadas defendiendo Ceuta y como realmente se defiende esta ciudad: luchando para que tenga un futuro dentro de España y dentro de Europa. Lo demás son brindis al sol.

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