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La muerte del ces

Por Juan Luis Aróstegui
20/12/2012 - 11:38
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El Consejo Económico y Social de Ceuta ha desaparecido. Debería ser una pésima noticia. Y sin embargo ha pasado completamente inadvertida. Sólo alguno de sus integrantes ha mostrado una forzada contrariedad. Estamos ante otra de esas paradojas que imprimen carácter a la vida pública de nuestra Ciudad, por momentos muy similar  a la que se estila en los regímenes autoritarios. En el lugar (quizá del mundo) en el que es más necesario el diálogo y el debate en materia económica y social, por la dificultad y complejidad de los retos que debe arrostrar, se cierra el único foro estable de aportación de ideas. Nadie lo cuestiona. Y tiene su explicación.
En realidad hace ya muchos años que el CES está muerto. El día en que perdió públicamente su independencia, firmó su acta de defunción. Porque un órgano de esta naturaleza sólo adquiere relevancia y notoriedad si es capaz, con su actividad, de encontrar una posición preeminente en el debate público. Y eso sólo es posible desde la valentía y la independencia. El CES nunca logró labrarse el prestigio necesario para que sus estudios y conclusiones estuvieran revestidos de autoridad. El Gobierno del PP siempre lo concibió como un instrumento más al servicio de sus intereses, que utilizaba esporádicamente para legitimar socialmente algunas decisiones controvertidas. Desde la propia designación de sus miembros fue fácil percibir esta concepción. Primaba la fidelidad sobre la competencia o la experiencia. Salvo algunas honrosas excepciones (que en todo colectivo existen) la disciplina respecto a los dictados del Partido era férrea. En muchos casos impuesta, y en otros autoimpuesta, habitualmente por el miedo a aparecer públicamente como oposición al omnímodo poder del PP. El CES nació condenado a la irrelevancia, que es el peor destino para un órgano ideado para la reflexión. Su patética subordinación a los dictados del PP quedó perfectamente evidenciada con el polémico expediente de la Manzana de Revellín. Ese día murió definitivamente. Desde entonces ha deambulado con la cabeza en la mano en un ejercicio de inercia estéril entre la indiferencia generalizada.
Un buen día, sin más explicación que el remordimiento de conciencia (lógico) de tener vacío y en estado de ruina la mitad de un edificio en el centro de la Ciudad, que ha costado más de sesenta millones de euros; el Presidente tuvo la ocurrencia de trasladar a la Manzana del Revellín las instalaciones del mercado central. El estupor se adueño de la opinión. Nadie entendía cómo se había producido aquel dislate. Incluso entre los más fieles del PP, y del propio Vivas, no se daba crédito a lo que estaba sucediendo. Sólo los aduladores más próximos aplaudían enfervorizados la brillantez de un Presidente capaz de ver más allá de los mortales, e imaginar una fantástica fusión de cubos de pescado con muestras de arte. Ante la oleada de indignación el Gobierno optó por demostrar a la ciudadanía su tremendo error de provincianos. Así que lo sometió a la consideración del CES, buscando el aval de los más reputados expertos de la localidad. Efectivamente, obtuvo el beneplácito pretendido. Según este órgano, el complemento ideal de una zona cultural es un mercado de abastos de las características e idiosincrasia ceutí.
Lo que ocurrió después ya es conocido. El Presidente cayó en la cuenta de que estaba cometiendo un tremendo error, y rectificó. El CES quedó en evidencia para siempre. Su condición de apéndice quedó expuesta públicamente, lo que supuso un reconocimiento implícito de su futilidad. Para explicar las decisiones del Gobierno, ya está el propio Gobierno. Ceuta necesita foros de debate, incluso más que el aire que respiramos. Pero cumpliendo el ineludible requisito de que todas las personas que participen en ellos actúen desde la más estricta independencia. Tenemos la necesidad imperiosa de analizar las verdades incómodas. Justo lo contrario de lo que hacía el extinto CES.

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