Categorías: Opinión

La indefensión del ciudadano

Hoy publicamos la sentencia de un ciudadano que decidió acudir a la justicia al sentirse vejado tras el comportamiento y la denuncia posterior interpuesta por un guardia civil. Los de negro le han dado la razón en primera instancia. Luego, ya saben, los recursos posteriores pueden dar mil vueltas al asunto. Más allá de lo que suceda, para mí la clave está en otra cuestión, en, como ya escribí en su día, el papel que el sistema le otorga a un ciudadano que puede verse reducido a la mínima expresión por un aparato que funciona a golpe de productividad. Saliéndonos del caso en concreto, lo que está claro es que un agente, sea del cuerpo que sea, no puede convertirse en una especie de arma letal protegido por sus mandos (que son, no olvidemos, quienes permiten determinados comportamientos, los defienden e incluso los avalan) con el único fin de sangrar al ciudadano. Porque eso es lo que se hace cuando te paran en un control y te buscan la vuelta para, por narices, aplicarte una sanción. Hay que multar sí o sí, aunque el ciudadano termine vejado y sin poder defenderse siquiera ante quien representa la autoridad. Ahí, lo saben ustedes igual que yo, tenemos las de perder.
La maquinaria que hay montada detrás de todo este circo tiene a sus propios protagonistas. Está el agente elegido como arma letal que buscará cualquier resquicio para satisfacer lo que es una batalla de cifras y están los mandos. Éstos tienen doble función, por un lado la de alimentar ese sistema mientras que por otro lamentan los supuestos excesos del número en cuestión, ofreciéndote el libro de quejas para que acudas al viejo cuartel y pongas una reclamación que servirá para sustituir el papel higiénico. Poco más.
La Administración se frota las manos gozando del funcionamiento del sistema basado únicamente en la recaudación. No hay otra. ¿Acaso pretenden que nos creamos que existe una función educadora o de garantía de la seguridad vial? Nos lo podríamos creer si luego no nos topáramos con ejemplos que la Institución no se encarga de sancionar. Ceuta es tan chica que podríamos dedicarnos una sola jornada a dar vueltas, cámara en mano, para fotografiar vehículos de las distintas fuerzas de seguridad cometiendo infracciones con total descaro e impunidad. Más grave aún, podríamos toparnos con jefazos que jalean a sus armas letales mientras parece que les cuesta decidirse sobre qué hacer ante comportamientos más bajunos, hayan ocurrido aquí o al otro lado del Estrecho.
El ciudadano, transformado en pelele, queda aniquilado por una maquinaria pesada que hace lo que le viene en gana e incluso pisotea, en algunos casos, la dignidad de hombres y mujeres a los que no les queda otra que tragarse su rabia o acudir en busca de los de negro buscando, quizá, que suene la flauta. A veces, hasta lo hace.

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