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La importancia del qué dirán

Para nosotros los humanos es muy importante lo que los demás piensen de nosotros, hasta el punto de que a veces cambiamos planes y proyectos por no ir en contra de lo que puedan pensar los demás. La pequeña historia que paso a relatarles es un claro ejemplo de ello. Veremos si al final podemos sacar alguna enseñanza. Cuentan que había una vez un hombre ya maduro que tenía un burro que ya no le era de mucha utilidad y, por lo tanto, lo quería vender. Así que un día le dijo a su hijo:  
-“Acompáñame al mercado del pueblo a ver si puedo vender allí el burro”.  
Los tres emprendieron el camino y como le esperaban varias horas de caminata, el hombre se subió en el burro mientras el hijo caminaba junto a él.
Al cabo de un rato encontraron a un par de hombres en el camino. Ambos se quedaron mirándolos y les dijeron:
-“¿No le da vergüenza, ir usted montado en el burro mientras el pobre chico tiene que ir andando?”.
El padre se avergonzó e inmediatamente se bajó del burro y le dijo al hijo que se subiera a él. 
Siguieron el camino y al cabo de un rato encontraron a un grupo de mujeres que con cara de incredulidad exclamaron:
- “¿Cómo es posible que ese chico tan joven vaya montado en el burro mientras que su padre, que ya es mayor, tiene que ir andando?”.
El hijo sintió una gran vergüenza. De inmediato se bajó del burro y le dijo a su padre que subiera en él. Pero el padre le respondió:
-“No seamos tontos. ¿Por qué uno de nosotros ha de ir caminando?. Podemos ir los dos montados en el burro”.
De modo que ambos subieron a lomos del pollino y continuaron el camino. Habían andado un buen trecho cuando encontraron a otro hombre que estaba a la sombra de un árbol. Al verlos, el hombre exclamó:
-“¿No les da vergüenza?. Dos hombres sanos y fuertes encima del pobre animal”.
Ambos se bajaron del burro rápidamente y decidieron ser ellos los que llevaran al burro sobre sus brazos el resto del camino.
Cuando ya estaban llegando al pueblo, un hombre los vio y comenzó a reírse a carcajadas:
-“¡Vaya par de tontos!. Llevan al burro en brazos cuando es el burro el que está hecho para llevar a las personas sobre él”.
Padre e hijo pusieron el burro sobre el suelo y entonces el padre dijo:
-“Hoy he aprendido una gran lección: por querer agradar a todos, no hemos contentado a nadie. A partir de ahora haremos lo que creamos conveniente sin tener en cuenta lo que piensen de nosotros los demás”.
Como les decía al principio, los humanos somos unos seres muy susceptibles a lo que los demás piensen de nosotros. La historia del padre, el hijo y el burro es un buen ejemplo. Muchas veces acomodamos nuestra conducta a lo que los demás quieren de nosotros, nos perjudicamos incluso por agradar a otros dejando a un lado nuestra propia satisfacción.
Es natural buscar el beneplácito de las personas que nos rodean ya que somos seres sociables, nos relacionamos continuamente con otras personas y esto influye en nuestro sentimiento de identidad individual y colectiva. El impacto que los demás ejercen sobre nosotros y el que nosotros ejercemos sobre los demás es inevitable.
En parte, esta forma de actuar comienza en la infancia cuando nuestras familias nos van amoldando a las normas de la sociedad donde vivimos y nos van inculcando, poco a poco, lo que es bueno y lo que es malo, lo que está bien y lo que está mal. En la teoría de Freud, es lo que él denomina el “Super yo”, el sometimiento a las normas morales y sociales del grupo en el que vivimos.
En la adolescencia comenzamos a integrarnos en un grupo o “pandilla” donde hay una norma no escrita cuya fuerza es enorme: “es muy importante la imagen que los demás tienen de mí y debo procurar hacer todo lo posible para que esa imagen sea positiva”.
Desde ese momento anteponemos en muchas ocasiones el sometimiento al “qué dirán” por encima de nuestros propios intereses y opiniones. Mantener esta actitud indefinidamente con el paso de los años es síntoma de inmadurez.
Con el tiempo la vida va poniendo cada cosa en su lugar y comprendemos el verdadero valor de cada una de ellas y que no merece la pena doblegar proyectos e ilusiones por el miedo a recibir una opinión contraria.
Como creo que dijo en cierta ocasión Gabriel García Márquez, la vejez tiene una cosa buena y otra mala. La buena es que se alcanza la sabiduría. La mala, que ya nos queda poco tiempo para disfrutarla.

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