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La Iglesia de San Francisco

Amanecía. Éramos aún muy pequeños, por lo que estábamos al cuidado maternal directo. Ya nos habíamos bañado en casa, a fin de estar preparados para salir tempranito a la misa de ocho con nuestros padres, a la que invariablemente íbamos cada domingo. Mis padres, tan honrados, tan buenos, estaban poniendo los cimientos para que sus hijos, cinco en total, fueran gente de bien y sencillos, como ellos lo eran. No teníamos las grandes cosas del mundo de las apariencias, pero, sin embargo, poseíamos lo más hermoso que se alberga íntegro en el corazón de pequeñas criaturas, felices al tener más de lo que soñábamos, viviendo junto a unos padres maravillosos que nos amaban mucho.
Debíamos emprender camino hacia la iglesia de San Francisco, pues nuestro mundo se circunscribía alrededor de la iglesia, el jardín de la Plaza de los Reyes y el amor familiar. Eran los años cincuenta de la escasez y la autarquía, con los vestiditos austeros hechos a mano por las mamás de entonces entrenadas para cualquier dificultad, y mis recuerdos viven en una nebulosa imaginativa, recreada por el espíritu de una niña que callaba mucho y observaba todo, y lo meditaba luego en su corazón. Llevábamos nuestras mejores ropas de los domingos, bien lavadas a mano, pues no existía aún en nuestra ciudad máquina para este cometido.
Yo quería a mis padres con locura y confiaba plenamente en ellos, mis mejores maestros, pero ya todo aquello forma parte de la historia, que no puede volver atrás por más que me empeñe. Sin embargo, la raíz, la simiente, hizo mella y dio el fruto debido, de forma que las huellas del pasado permanecen para siempre sin alterar, en las profundidades de aquellos niños antiguos, marcados a fuego con el sello de lo verdadero, y por mucho que el mundo pueda ser una inmensa cloaca, no nos salpica, porque estamos bien cubiertos por una coraza impenetrable, como son las auténticas enseñanzas religiosas  pasadas.
Todo lo bueno que se iba forjando en nuestro ser, estaba complementado por la religiosidad y el compromiso que nos enseñaron nuestros Sacerdotes Agustinos, que siempre han estado ahí, en su sitio, en la iglesia de San Francisco, para enseñarnos Las Sagradas Escrituras, desmenuzando su contenido, explicándonos en sus homilías cuanto es necesario saber para descubrir el amor de Dios hacia los hombres. Por lo que, si hemos de ser bien agradecidos, he de decir que les debemos el ser personas que saben distinguir el bien del mal, encauzados en la moral y el respeto. Ellos no han desfallecido nunca en ejercer perfectamente su Ministerio, cumplimentado en casa con el ejemplo rectísimo de nuestros padres, preocupados por el alimento espiritual que muchas veces por las prisas, la tibieza o la indiferencia, hoy día no ejercen los padres modernos.
Mi madre era demasiado inteligente, así que el conocimiento de la Religión lo completaba ella leyéndonos cada día el Antiguo Testamento y el Evangelio, para que quedase grabado a fuego cuanto debíamos conocer, a fin de ser gente honrada y sincera. Pero la Iglesia de San Francisco era nuestro todo, nuestro norte y nuestro referente, ya que vivíamos a una manzana de la iglesia y nos era muy asequible acercarnos a ella.
Allí se producían encuentros fundamentales con el Santísimo Sacramento y pronto nos hicimos mis amigas y yo, niñas reparadoras del Santísimo, visitando al Señor siempre que podíamos, haciendo los Primeros Viernes de mes, asistiendo a las novenas del año litúrgico, atendiendo a las explicaciones que nos daban los misioneros ya que periódicamente nos traían a jesuitas especializados en el manejo de la Palabra de Dios.
Yo he conocido a la Iglesia sin el actual Retablo del Altar Mayor. Mi memoria se pierde contemplando unos gigantescos cuadros a un lado y al otro del Altar, bastante tenebrosos,  sobre el Infierno y el Purgatorio. Allí recité mis primeras poesías, complemento de la Primera Comunión, desde el ambón, con la admiración, “según mi madre”, de los asistentes, por lo bien que lo hacía la niña…He conocido de algunos sucesos misteriosos ocurridos a mis amigas, incluso yo misma viví uno que  no podré olvidar nunca.
Pero hoy estamos en una situación diferente con respecto a la Iglesia de San Francisco. Por el momento, la pequeña capillita trasera está sirviendo a los Sacerdotes Agustinos para impartir su Ministerio, mientras se terminan las obras de la iglesia, para su restauración. Merece la pena el tiempo de espera, y el Padre Isidro está muy satisfecho tal como está resultando la finalización de la misma, aunque su entusiasmo se mezcla con la preocupación por cómo terminar de pagar campanas y bancos. Sabemos que estamos pasando momentos de debilidad económica en el ámbito familiar, pero “de lo que no tienes, da”. Debemos ser generosos siempre y más aún con aquello que nos atañe tan directamente. Debemos quitarle quebraderos de cabeza al Padre Isidro, que debe afrontar en breve el pago final de los gastos producidos por la nueva adquisición. En realidad es un gasto que nos corresponde a todos los cristianos ceutíes, que tanto bien hemos recibido de esta iglesia y de los Sacerdotes Agustinos.
Por ello,, se invita a todos a que participen en UNA CENA QUE SE CELEBRARÁ EL DÍA NUEVE DE JUNIO A LAS NUEVE TREINTA DE LA NOCHE, EN EL PARQUE DEL MEDITERRÁNEO, y la recogida de las invitaciones más el pago de las mísmas, puede hacerse en el Colegio de los Agustinos, ya que todos los ceutíes, cuantos más mejor, estamos invitados al evento, para poder ayudar a los gastos contraídos.
Esta iglesia será el timón del barco que nos llevará siempre a puerto seguro por lo que es nuestro deber mimarla como a bebé entre algodones.

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