Nos da miedo hablar de la frontera con sinceridad. De los auténticos controles que allí se aplican. Cuando sale el debate, siempre ponemos por delante el manido asunto del alarmismo, del ‘no hay que dar pistas a los malos’, como si éstos no supieran ya hasta latín. El paso del Tarajal y todo lo que lo rodea parece un tema tabú, pero de su adecuado funcionamiento depende la seguridad de los ceutíes. A la AUGC le toca defender a los guardias. Yo a eso no me dedico, ellos, que se deben a sus afiliados, sabrán lo que tienen que hacer, si denunciar que trabajan mucho o trabajan poco. A mí lo que me interesa es el control que tenemos usted y yo como ciudadanos. No sé ustedes, pero yo me he preguntado en más de una ocasión la cantidad de droga que puede ser introducida en la ciudad utilizando a un porcentaje de esos 35.000 hombres y mujeres que a diario cruzan el paso. Como belloteros, con el hachís adosado al cuerpo o escondido en vehículos, póngase ustedes a pensar cuánta droga es la que entra en la ciudad, la mayor parte para su pase a Europa pero también para su distribución en el ámbito local. Hablando en plata, para hacer los porros que luego intentan pasar a sus hijos, camuflando su consumo en que se trata de algo ‘cultural’, cuando en el fondo es una droga con efecto dañino en quien la consume.
La doble moral, de la que hemos hablado en multitud de ocasiones, hace que nos dobleguemos incluso ante el delito. No nos atrevemos a practicar los mismos filtros en la frontera que en el puerto. ¿Por qué, si la droga que intenta salir es la misma que ha entrado? La lógica choca contra el sistema en el que vivimos. Si aceptamos vivir en un mundo paralelo, en una sociedad de especificidades interesadas, tampoco nos podremos quejar del hachís que venden a las puertas de los institutos, de la cocaína que entra para distribuirse en el Poblado Marinero o de las armas que abastecen a las organizaciones que asesinan a padres de familia dando forma a casos que terminan archivados en los juzgados.
La frontera es un cachondeo, pero nos gusta disfrazar el control con asesores, voluntades políticas y demás. Mientras, sencillamente, no se hace lo que se debe y a los que creemos en el de arriba sólo nos queda agradecerle que, otro día más, en el mundo de las especificidades, todo vuelve a salir bien.





