Era mayo de 2009. Lunes. El periódico de ese día abría con el temor expresado por el propio 061 a que ocurriera una desgracia en el Tarajal. Nos contaban que carecían de medios y nos decían que cada vez la situación era peor. Esa mañana, las colas en el polígono eran las de todos los días: inhumanas, desbordadas, insufribles pero curiosamente permitidas. A diario entraban más personas de las que cabían en ese entorno, pero nadie ponía pegas. Era una odiosa permisividad en la que nada se tenía en cuenta. Ese mediodía recibimos la llamada: varias ambulancias acudían a las naves para atender una nueva avalancha, pero nadie sospechaba que tras aquel episodio asomaba la desgracia. Dos mujeres habían fallecido aplastadas por el resto en la llamada escalera de la muerte.
Después de aquello cundió el pánico: ¿quién era el responsable? Mi apreciado Andrés Carrera se lamentaba de las veces que habíamos hablado de este asunto, en cuántas ocasiones había alertado a través de El Faro que iba a suceder una desgracia. Y sucedió. Entonces llegaron los compromisos, la firma de protocolos: que si ya no pueden entrar tantas personas a Ceuta, que si hay que hacer filtros, que la escalera debe ser clausurada, que nunca más nadie debe pasar por ahí... El miedo se apoderaba de una administración temerosa de que la justicia le hiciera sentarse en el banquillo. Aquellas dos mujeres pobres fueron enterradas al otro lado de la frontera, nadie más se acordó de ellas. El caso se archivó. No hubo culpables. Tampoco investigaciones bien conducidas para dar con quienes provocaron esa avalancha.
Ayer, ocho años después, volvemos a ofrecer imágenes que deben mover conciencias. Esa escalera que nunca debió usarse más repleta de mujeres, aplastadas por bultos, conducidas a un periplo marcado por la temeridad. ¿Quién ha permitido el uso de esa vía?, ¿cómo se ha levantado la clausura?, ¿qué control se ejerce en la zona? La gravedad de esa escena daba paso a otras igual de graves: avalanchas en Marruecos para entrar por ‘Tarajal II’. Un hombre pierde los dedos de una mano, más de 6.000 personas pasan, hay colas, mujeres cargadas con los mismos bultos, extorsiones... y esa escalera que vuelve a traer a escena las mismas pesadillas de aquella mañana. Y una entonces piensa si nada tiene sentido, si los problemas se enquistan o si de verdad a nadie le importa solucionarlos.





