Se trata del título de un libro de Thomas Piketty de 1997, reeditado y actualizado en 2014. Previamente a esto el profesor e investigador francés ha publicado El capital en el siglo XXI, que algunos han calificado como una obra cumbre de la economía, similar al famoso Capital de Carlos Marx.
Economistas importantes como Krugman, ya han pedido que se le conceda el Nobel de Economía por el análisis riguroso que hace de la desigualdad, y por haber sacudido los cimientos de todo el pensamiento económico y social de la actualidad. Viene este libro muy bien en estos momentos. Sobre todo en España, donde la voluntad popular ha hecho que grupos emergentes, con una concepción distinta de la política y de la redistribución de la riqueza, hayan revolucionado todo el panorama electoral. Cuando vea la luz este artículo se habrán nombrado alcaldes en todos los municipios españoles. En los más importantes, como Madrid, Barcelona o Valencia, se produce un vuelco total. No es que haya un giro a la izquierda, como se empeñan en repetir, tendenciosamente, los medios oficiales, ni una radicalización de la política. Es que la gente humilde ha conseguido que se le escuche de verdad a través de las urnas. Los desahuciados, los parados, los jóvenes sin futuro, los trabajadores despojados de sus derechos, los pensionistas, los funcionarios hartos de tanta corrupción. Todos van a hacer posible que candidaturas populares puedan gobernar los Ayuntamientos, o al menos que estén presentes para fiscalizar de cerca la gestión de los de siempre; y que se puedan adoptar medidas que atiendan prioritariamente a los más necesitados. ¿Se hundirá el sistema económico?. No por esta causa. Piketty se pregunta en su libro por qué un grupo de ricos herederos debe disponer de unos ingresos vedados a los que sólo cuentan con su fuerza de trabajo y su talento. Y a través de una metodología de análisis impecable muestra la cruda realidad. “…La desigualdad se ha intensificado durante las últimas tres décadas a causa de las reformas impositivas que han aliviado las cargas tributarias sobre los sectores más ricos de la sociedad”, nos dice. Por esta razón y porque la desigualdad es un obstáculo para el desarrollo de las sociedades, aboga por una mejor y más eficiente redistribución de la renta. Justo lo que nos dicen esas personas “radicales y extremistas”, como Manuela Carmena, Ada Colau o Pablo Iglesias. Lo mismo que hace más de un siglo explicaban los socialistas utópicos y después repetían los jóvenes dirigentes socialistas como Felipe González o Alfonso Guerra, antes de que el Poder los neutralizara y los hiciera inofensivos para el sistema capitalista. Especialmente interesante es el apartado del libro dedicado a las herramientas de la distribución. Nos habla Piketty de la “redistribución pura” y de las “redistribuciones eficaces”. En el primer caso la herramienta privilegiada es la redistribución fiscal “…que permite corregir mediante gravámenes y transferencias la desigualdad de las rentas originada en la desigualdad de las dotaciones iniciales y las fuerzas de mercado a la vez que preserva al máximo el papel distributivo del sistema de precios”. En el segundo caso analiza las intervenciones directas en el mercado de trabajo, la educación, los seguros sociales y la redistribución “keynesiana” de la demanda a través del incremento de salarios. Lo anterior nos lleva a una conclusión evidente. La situación actual no es más que el fruto del hartazgo de la ciudadanía con las recetas contra la crisis que nos han impuesto, que no son más que paquetes de medidas de corte “neoliberal”, que no persiguen otra cosa que una redistribución global de las rentas del trabajo a favor de las rentas de capital. Frente a ello se alza la voz de la ciudadanía, ayudada por los análisis y estudios de investigadores de primer nivel en todos los campos del conocimiento, que nos demuestran que lo que es ineficaz y denigratorio es sólo ofrecer transferencias fiscales compensatorias a los que están injustamente discriminados o explotados por su empleador. Lo realmente eficiente es atacar la raíz de la injusticia y frenar el incremento de la desigualdad redistribuyendo adecuadamente la renta. Afortunadamente la sociedad ya no se cree tanta mentira.





