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La casa que habitaste de Jorge de Arco

Por Redacción
17/03/2013 - 09:27

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A nadie se le escapa el hecho de que tradicionalmente la poesía ha sido considerada  un género  difícil. Además, en este país de LOGSE, LOE y otros virus, a menos que nos obliguen en la escuela o que estemos estudiando una carrera relacionada con la literatura es más que probable que no leamos poesía de una forma más o menos frecuente, y eso por no hablar del alto porcentaje de personas que seguro que nunca han afrontado la lectura de un libro de poemas. Incluso para lectores avezados, leer poseía puede suscitar algo de extrañeza y cierta animadversión. En un mundo como el actual, en que todo debe ser interactivo, en el que vivimos asediados de blogs, de flagrantes e ininteligibles mensajes de texto y cercados por un, cada vez más, estandarizado lenguaje periodístico, no es de extrañar  que para personas acostumbradas a leer textos expositivos, relatos o artículos de opinión, suponga un reto surcar los sinuosos meandros del recurrente y estudiado lenguaje poético.
Fuera como fuese, lo cierto es que la poesía tiene adosada una  injusta fama de resbaladiza y trabajosa y de la continuamente se ve advocada a luchar para  librarse de ella.
Por este y otros  motivos,  desde hace tiempo, algunos miembros del CLUB DE LECTURA de la Biblioteca Pública de Ceuta, planteamos la lectura de algún libro de poemas, para lo que finalmente  se eligió el poemario “La casa que habitaste” (Ed. Adonáis),  del  madrileño Jorge de Arco. El poeta, reciente Premio José Zorrilla de poesía y  que tuvo la amabilidad de venir a Ceuta el pasado jueves día 28 de febrero  para charlar con los miembros del CLUB sobre su obra, se mostró sencillo y sensible como sus versos y nos permitió hurgar en los recovecos de su lírica con una generosidad que nos cautivó desde el primer momento , ganándonos a la mayoría como fervientes adeptos (yo ya me he hecho jorgiano pa´ los restos) . Además de poeta y profesor universitario de Literatura Española, Jorge de Arco es traductor, crítico literario y director de la revista de poesía Piedra de Molino.
Sus poemas, de aparente sencillez, esconden una gran profundidad, envolviendo al lector con su  brillo nostálgico y llevándolo en volandas por terrenos de desolación por lo vivido que se fue, pero también de esperanza (pag. 30  “Un sol grande y distinto”). Con su tono melancólico, reflexiona sobre  eternos  temas poéticos como el paso del tiempo, la condición mortal del hombre, la pérdida de la inocencia o el amor, y lo hace con unos poemas técnicamente muy bien construidos.
Ante nosotros Jorge de Arco demostró la grandeza y la responsabilidad que supone vivir la poesía como él lo hace  y no tuvo reparos en admitir su predilección por otros  poetas  como Luis López Anglada, Juan Ramón Jiménez o Machado, poetas que lejos de ser un centelleo juvenil, te acompañan a lo largo de la vida, haciéndose cada vez más imprescindibles con la madurez.
Esa virtud que tiene la poesía de explicar lo inefable, de conectar de inmediato  y  sin intermediarios  con el recóndito  mundo de las emociones, lo ejecuta  a la perfección la obra de Jorge de Arco. El autor,  un enamorado de las palabras, juega con ellas, recuperando el desuso de algunos términos, dando  forma a sus poemas en los que  gana trascendencia  la dimensión visual de los mismos, y  en el que el espacio en blanco juega un papel tan importante como el escrito.
Asimismo y abusando de la generosidad del poeta, lo persuadimos  para que leyera algunos de sus poemas. Fue entonces cuando pudimos verdaderamente apreciar  la rotunda sonoridad  y la embriagadora cadencia de sus palabras.
Y es que, leer poesía, a mi entender, no difiere demasiado de contemplar un cuadro; ante un poema hay que demorarse, observarlo desde cierta distancia, para luego fijar nuestra atención en los detalles, degustándolo como si se tratase de un manjar o un buen vino y apreciando el poso que nos deja en el fondo del paladar.
Y para muestra un botón. Aquí transcribo un pequeño fragmento de un poema titulado ESCARCHA DEL AYER:
Nuestros hijos no son los hijos del alba que soñamos / ni en sus manos podrán / posarse nunca nuestros dedos,  /  ni en sus ojos cabrán las nubes nuestras, / las miradas de lenta nieve ardida / que tantas veces / imaginamos por entre sus párpados.
Llega una fecha en la que el tiempo antiguo / comienza / a podar los abrojos del recuerdo, / los granos de la culpa / y el día se hace noche / y la noche nos sabe a luna negra. / Y no quedan excusas, /  ni nada diferente / a la fiel mansedumbre que alivie el desconsuelo / de cuanto va al espíritu / diciendo del ayer y de nosotros. […]  
La gran afluencia de personas que acudieron a nuestro encuentro con Jorge de Arco quizás desmientan  el lastre de disciplina minoritaria que arrastra la poesía (una “buena”  tirada editorial de un poemario suele  oscilar  entre los quinientos y los mil ejemplares…). Pero para todos aquellos que aun permanezcan refractarios a la poesía, lo único que han de cambiar, si desean hacerlo, es su punto de vista respecto a la misma (en la mayoría de ocasiones, lo que hace que podamos comprender una realidad es modificar nuestra actitud frente a esa realidad). Y es que, a menudo, la raíz de nuestras  limitaciones reside en nuestros propios pensamientos. Así, antes de enfrentarse a un poema, se deberían dejar los prejuicios sobre la poesía a un lado y preparar nuestra mente para que sea receptiva a una forma y un lenguaje al que no estamos habituados.
No hay que olvidar que existen numerosos motivos para leer poesía, y sin necesidad de recurrir a sesudos estudios sobre el tema,  algunas de las razones más evidentes que se me ocurren  recaen en el insustituible y tremendo valor específico que tiene la poesía en la adquisición de la cultura y en la educación de la sensibilidad (o de la inteligencia emocional que dirían los modernos). Por otro lado la poesía  no requiere de mucho tiempo para su uso y disfrute, puesto que la mayoría de los poemas tienen una extensión, por lo general, breve; también favorece la reflexión y te hace pensar, desafiándote a que la comprendas e interpretes ,  proporcionándote al mismo tiempo  multitud de lecturas entre líneas y activando asociaciones en el subconsciente al utilizar simbolismos y metáforas. Así que, ¡no perdamos más el tiempo y  activemos nuestro cerebro leyendo poesía¡
En relación con esto último, el pasado fin de semana, mientras hojeaba la prensa dominical, me di de bruces con un artículo que a su vez hacía referencia a una noticia publicada en el Daily Telegraph. En dicho artículo se explicaban las conclusiones obtenidas por eruditas autoridades versadas en ciencia, literatura y psicología de la Universidad de Liverpool, según las cuales y a modo de conclusión se establecía que “la poesía clásica es para el cerebro lo que el bífidus activo para las arterias” (sic). Según este concienzudo y ambicioso estudio, cuando se da lectura a poemas en los que aparecen palabras inusuales o que poseen una sintaxis más compleja, como ocurre en el caso de los textos clásicos, el hemisferio derecho del cerebro se activa y nos ayuda a reflexionar sobre nuestras vivencias y a entenderlas desde otra perspectiva. Según el responsable de esta investigación, la poesía clásica “es más útil que los libros de autoayuda”, ya que al parecer la descripción profunda de experiencias añade elementos emocionales y biográficos al conocimiento cognitivo que ya poseemos en nuestros recuerdos.
Particularmente a mí, lo que no me ha quedado claro de dicho estudio es si, de ser cierto lo que proponen, aquí en España el médico de cabecera podrá recetar (previo co-pago, claro está) dos sonetos de Quevedo o una décima de Góngora en caso de ser necesario,  al político de turno,  para ayudarle a impulsar su actividad cerebral, y si la Seguridad Social cubrirá los costes.

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