El porcentaje de ceutíes que sobrevive en una situación límite se aproxima ya al 50 por ciento. Lo revela un informe elaborado por la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN). La cifra supera en casi 20 puntos la media nacional, que se sitúa cerca del 28 por ciento. A esas preocupantes cifras, el estudio añade otra que no es nueva: la del desempleo, que coloca a la ciudad a la cabeza de España y de las regiones de la UE.
Y también advierte de que el paro entre los extranjeros que no forman parte del selecto club de la Unión Europea –la población extracomunitaria– se dispara hasta el 65 por ciento. Se puede debatir –se hace con frecuencia, por cierto, cuando nos salpican datos nada favorables– sobre la veracidad de las estadísticas, sobre si en realidad son un espejo de la Ceuta del día a día, de la calle, o si están condicionadas por parámetros que escapan a los sociólogos por nuestras inmensas peculiaridades. Dicho de otra forma, se puede discutir largo y tendido sobre si en la ciudad existen tantos pobres como destapan los informes y sobre cómo la economía sumergida y la cobertura social de la Administración se encargan, en la mayoría de los casos, de taponar las heridas que alimenta la desigualdad. Sea de una forma u otra, una sociedad que encara el Siglo XXI con esperanzas de avanzar en la consolidación del Estado del Bienestar no puede consentir que casi la mitad de su población –siempre en teoría– no sepa lo que es llegar a final de mes con holgura o, simplemente, ver cubiertas sus necesidades básicas y las de sus más allegados. Mientras no se combata esa brecha que separa no ya sueldos sino formas y modos de vida marcados por la subsistencia o la abundancia, Ceuta arrastrará una enorme asignatura pendiente.





