Y para qué hablar de los peligros que corren a cuenta de lo desconocido e imposible, de ese trajín abisal que pincha, muerde y ahoga con sólo pintarlo en la mente; cómo coquetear con ese submarino llamado tiburón, metáfora de una sempiterna amenaza en cuyo frente se iluminan los barrotes cortantes que pueblan su boca –su proa–; cómo hincarle el diente a la tierna idea de un fugaz garbeo por esos mundos en que las sirenas son mitad pez y mitad locura del que las busca y jamás las encuentra.
El hombre regresa a la tierra, es decir a la arena, se quita la camisa, las chanclas, se unta crema antisolar en la piel desnuda, avanza metros, siente el hielo del agua entre los dedos: hace bien de disfrutar de una de las magníficas once playas que tiene Ceuta porque éste es el primer paso para bucear disfrazado de pez entre misterios insondables y amenazas amigas.







