Los partidos políticos se han sumado a la alocada carrera de la denuncia. Da igual lo que sea, hay que denunciar, remitir el comunicado diario a los medios de comunicación para salir con algo.
La fundamentación de lo que se dice no sirve; la meditación de lo que antes se exponía en una rueda de prensa trabajada se ha perdido; ahora todo se reduce a una alocada carrera por enviar comunicados u ocupar espacios en las redes sociales aunque nos basemos en una foto denuncia irreal porque nos la ha rebotado no sé qué persona que a su vez la ha cogido de no sé qué usuario.
Se confunde el ejercicio de una buena oposición con el denunciar todo lo denunciable hasta el punto de que los partidos parece que se han convertido en el niño rebelde que se queja por todo aunque no le asista la razón... ¡pero cómo dar por bueno lo que dice la mayoría!, sería de insensatos o de vendidos... pensarán... así que optan por convertir la crítica, incluso la más absurda, en su bandera.
Y ojo, que no es que el poder en el Gobierno tenga aspectos que criticar. Los hay y muchos, por eso precisamente han perdido miles de votos y han quedado reducidos a una mayoría por los pelos, tan por los pelos que a más de uno todavía se la ha indigestado.
A pesar de ello, el camino que debe llevar la oposición tiene que ser bien distinto al dejarse dominar por el complejo de pandilla que enarbola con orgullo una rebeldía mal entendida. La lectura de algunos comunicados parece salida de la primera ‘parida’ hallada en las redes sociales y del primer vistazo a determinadas noticias sin reparar siquiera en que las mismas pueden incluso no estar contrastadas, convirtiéndose en los patinazos propios de unos medios que cada vez se comportan más como una agencia del ‘comando copiar, comando pegar’ que como una máquina de poder investigador con tiempo y recursos para llevar a buena gala la capacidad fiscalizadora que se nos presupone. O debiera ser así.
La buena y real acción política debe ir más allá de externalizar el sentimiento de pandillas universitarias que intentaban trasladar el espíritu de cambio a los espacios de debate comunes que ni siquiera estaban contaminados como ocurre ahora. Cambiar el chip requiere trabajo. Quizá el esfuerzo sea pedir mucho.





