Después de la inolvidable experiencia en Nava Indradanush School decidí pasar unos días en Katmandú y sus alrededores, no quería irme de Nepal sin conocer Katmandú a fondo.
Me alojé en un hostal antiguo en la entrada del Thamel, un barrio antiguo lleno de puestos y algunos templos y edificios emblemáticos de la ciudad. La habitación era antigua y el cristal de la ventana estaba roto, por la noche el frío gélido de las laderas del Himalaya entraba por ese agujero y me obligaba a taparme hasta la cabeza pero tenía agua caliente y ese era un lujo que no probaba desde que llegué a India.
Las calles de Katmandú y del Thamel en particular eran empedradas algunas y otras de tierra, dando dificultad al tránsito de vehículos, las motocicletas y los ciclomotores abundaban y daban la extraña sensación de que estaban fuera de lugar, como si vehículos llegados del futuro hubieran invadido una ciudad estancada en el pasado. Sus edificios y templos, incluso el vestuario de los katmandúis iban en armonía con una ciudad que se niega a avanzar en el tiempo.
Al oeste de Katmandú se encuentra Swayambhunath, o más conocido como el templo de los monos, mi templo preferido de la capital tiene dos entradas, una que se llega con vehículo desde el norte y la entrada sur que te cobrará subir trescientos sesenta y cinco escalones que se van haciendo más duro a partir la mitad de la subida ya que el ángulo de la pendiente se hace más pronunciada a medida que vas subiendo.
Al principio de la escalinata encontré a ambos lados comerciantes vendiendo suvenir, algo de comer y beber y algunos artículos de bisutería antigua. Al llegar a la cima me maravillé con las vistas que ofrecía de la ciudad, al voltearme me di de frente con un pequeño poblado dentro del templo de edificios rojizos que, a pesar del color, daban la maravillosa sensación de viajar en el tiempo.
Los monos, al contrario que en India, daban espacio a los monjes, mochileros y comerciantes que intentaban vender su artesanía sin mucho empeño. Me impresionó la estupa dorada con los ojos de Buda en sus cuatro lados, símbolo de la sabiduría y visión de quien todo lo ve, de donde salen las banderolas de oración por doquier y que hace aún mas pintoresco el lugar. Tuve la suerte de ser testigo de una danza de monjes budistas que al ritmo de los cymbales, tingshas y tambores danzaban armoniosamente dando vueltas y moviendo los brazos.
Al sur de Katmandú se encuentra Patan Darbar Square, se encontraba algo lejos del Thamel pero me gustaba caminar hasta allí y entrar por lugares diferentes de la gran plaza para poder redescubrir sus esculturas hindúes y budistas, sus edificios testigos de tanta historia y observar los ritos que a veces se daban alrededor de figuras de dioses y de budas, el olor a incienso lo impregnaba todo y el humo de sus pequeñas piras vestían el cielo de pequeñas señales al atardecer. Cerca de allí encontré puestos con tela de cachemira bastante bien de precio y aproveché para comprar algo que llevar a mi hermana.
Algo que me llamó la atención de Katmandú es que en lo que duró mi estancia recibí tres propuestas de matrimonio de chicas nepalíes, no tengo físico ni encanto para tanto, la razón es el machismo imperante en el país donde el papel de la mujer es irrelevante en la sociedad nepalí. Fui testigo de cómo algo tan simple como una charla estaba mal vista por la vecindad.
Respeto las costumbres y cultura allá donde voy pero me parece muy triste, por ser sutil, que un matrimonio con extranjero sea la única vía de escape de las mujeres nepalíes. Lelli, una amiga nepalí, me decía que daba igual que tuviera estudios universitarios, en cuanto se casara con un nepalí su vida estaría destinada a su familia y a la familia de su marido, entonces lo entendí todo. Esclavitud es la palabra que se me vino a la mente. Resulta cuando menos curioso que un país donde las catástrofes naturales no pueden quebrar la educación de las escuelas tampoco quiebra la educación de los hogares.
Buscando una palabra que detalle un aroma perdido, encontrar una frase que defina la órbita que describe un Alma para llegar a otra, tratar de explicar la gravedad que emite la soledad en el abismo insondable del ser que se esconde de nosotros… ¿Cómo se logra narrar salvajes sentimientos a la deriva cuando no sigues otros pasos que los que tu Alma te dicta?
Katmandú tiene el hechizo de días que nunca has vivido, entre sus calles cobra sentido la palabra extranjero, en sus costumbres, en el espacio y en el tiempo. El Himalaya vigila la antigua ciudad y la baña con el frio perpetuo de sus cordilleras.







Muy bonita la historia vivos y contada, es una experiencia más que tendrás en tu vida, es una gran lastima el valor de una mujer las cuales se exponen a querer casarse con desconocidos, el mundo este es una gran pena de la desigualdad que existe.