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Kamakura y la familia Wanderkitchen

“Si alguna vez vais a Japón, id sin prisas a Kamakura, entre semana. Andad despacio, fijaos en cada detalle, perdeos entre las pequeñas tiendas de Komachi-Dori...”

Pasada la estadía en Yokohama me dirigí en tren a mi siguiente destino: Kamakura, donde pasaría allí los próximos tres meses trabajando como recepcionista a cambio de alojamiento y comida. El trabajo lo postulé a través de Worldpackers, una aplicación que te ofrece alojamiento, y comida en algunos lugares, a cambio de unas horas de trabajo. Nada más llegar a Kamakura la amabilidad y cortesía de Kurosawa San y Ai San, mis jefes, se hizo patente al recibirme en Wanderkitchen, un pequeño pero acogedor restaurante donde cocinaban para los voluntarios y para el público que solía aparecer a partir de las doce del mediodía. Cocinaban cocina japonesa e internacional, era un aliciente el poder disfrutar de sus platos cada dia. La comunicación jefe empleado era muy fluida y las pocas veces que surgía algún inconveniente en el trabajo se solventaba con la calma y eficiencia que caracteriza al pueblo nipón.

Kamakura fue mucho más que un pueblo para mí y para todos los voluntarios que allí coincidimos. Éramos de diferentes nacionalidades, diferentes formas de ser y actuar, diferentes gustos pero de alguna manera logramos conectar de una forma tan profunda que hoy en dia aun dura esa hermosa amistad que forjamos y perduran los recuerdos de los momentos que vivimos e hicieron inolvidable.

Nancy, o Kiyoto por como aún me dirijo a ella, es una chica mexicana, puro nervio y de gran corazón con la que compartí algunas penas, muchas alegrías y una cantidad indecente de cafés; Descubrimos juntos lugares secretos de Tokio y Yokohama. Jona, mi espigada y tierna holandesa que daba chispa y energía a todos los que se acercaban a ella, una líder con gran olfato siempre para encontrar lugares interesantes donde ir. Charlotte, mi querida nómada, siamesa de Jona, con poca flema inglesa, gran aventurera con un corazón de oro, un Alma libre e indómita. Kiri, la australiana que felizmente todas las mañanas me acompañaba bailando y cantando canciones ochenteras, no la recuerdo sin una sonrisa. Dennise, la chica oaxaqueña de vida pausada y sonrisa fácil y contagiosa que se apuntaba a un bombardeo. Nahuel, el trotamundos argentino que sabia disfrutar de cada momento, mi compañero de habitación las últimas semanas. Mi reina Kaori, su calma y como saludaba le valió el apodo, mitad japonesa y mitad griega que tenía lo mejor de ambos mundos. Todos ellos eran mi familia de Hase, el barrio donde residíamos.

Aparte de los voluntarios estaba el encantador personal que trabajaba por contrato. Tomoco, generosa en extremo, si hay una persona que encarne la paz y el equilibrio es ella, da igual las nubes que cargues contigo, las hará desaparecer con tan solo una charla o con un cómodo silencio. Yui, mi dulce kawai, inmortalizaba todos los momentos felices y si no los había los inventaba. Kyoko, una artista de ojos tristes y noble corazón. Yurika, buena conversación y una madurez impropia de su edad. El bueno de Prem, un chico nepalí con el que nunca te aburres, puro carisma.

Kamakura es un pueblo costero precioso que rezuma paz, sobre todo los días entre semana. Calles empedradas, gente amable, templos pequeños y acogedores, cuidados jardines, trenes con encanto y cafeterías por doquier. Un paraíso donde vivir tranquilo. Tal vez debí haberos descrito mas detalles de Kamakura pero cada vez que busco en mis recuerdos el tiempo vivido allí, tan solo me viene a la mente las bellísimas personas que he nombrado. Sin ellos Kamakura no habría brillado tanto. No puedes obviar tanto Amor, tanta empatía, tantas emociones, tantos momentos inolvidables…

Si alguna vez vais a Japón, id sin prisas a Kamakura, entre semana. Andad despacio, fijaos en cada detalle, perdeos entre las pequeñas tiendas de Komachi-Dori, almorzad en Wanderkitchen, tomad un café en Luongo viendo pasar el tren de Enoshima, visitad el Gran Buda en el templo Kotoku, ved el atardecer paseando por la playa y cuando el cansancio os alcance pernoctad en Bench.

Descubriréis la magia que inexorablemente me hace volver.

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