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Jesús se queda de nuevo dormido en su barca

Por Redacción
24/02/2013 - 09:58

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Gran sorpresa me ha causado, seguida de una mezcla de sentimientos de pena, de comprensión y de agradecimiento por el trabajo que ha realizado al servicio de la Iglesia y de la sociedad entera. Cuesta trabajo hacerse a la idea de que nos vamos a quedar pronto sin ese Papa humilde, sencillo, profundamente inteligente, que ha dado a conocer el Evangelio con gran profundidad teológica y también con gran sensibilidad. Me da pena también porque será otro el Papa que termine el Año de la Fe inaugurado por él; porque se quedará sin concluir su cuarta encíclica en la que se encontraba trabajando y que iba a dedicar por entero a la fe; porque se interrumpen sus preciosas catequesis de los miércoles sobre la fe… Paradójicamente, según algunos, Joseph Ratzinger pasará a la historia, no por lo que ha hecho, sino por lo que ha dejado de hacer.
Pero no menor sorpresa me han causado las interpretaciones y correspondientes especulaciones que algunos han dado a la noticia: “dimite” por los numerosos escándalos que han sacudido su papado, por las “feroces luchas internas”, por una crisis inminente de la Iglesia que no se sentía capaz de dominar, amarguras, incomprensiones por parte de quienes le rodeaban... Parece que cualquiera se siente con conocimientos suficientes para ofrecer su teoría, e incluso para juzgar acerca de las razones profundas e invisibles de este hecho novedoso y sorpresivo, inesperado y desconcertante. Como cualquiera puede lanzar hipótesis y cábalas, permítanme que yo también presente mi punto de vista al respecto, diferente al de la mayoría, pues es el punto de vista de un creyente. Como este hecho nos sitúa ante la fe (no ante la estructura eclesial), quiero interpretarlo siguiendo el método de la sorpresa de la fe, en lugar del método de la sospecha, como hacen tantas personas.
En primer lugar tenemos que decir que hablamos de una persona de 85 años que, aunque no padece ninguna enfermedad grave, sí acumula “achaques” propios de la edad, a los que hay que sumar el estrés y la responsabilidad que conlleva una misión como la que se le ha encomendado hace casi ocho años. Pues el Vicariato de Cristo no evita la decadencia común de todos los hombres. Según he podido leer en la prensa estos días, lleva un marcapasos desde hace diez años (hace tres meses que fue operado para cambiarle la batería del marcapasos) y ha sufrido varios accidentes cerebrovasculares. Por sí solos, los ictus que sufrió en 1991 y, posteriormente, en 2003 y 2005, serían causa suficiente para que una persona de 85 años lleve una vida reposada y tranquila. Además es hipertenso, lo que llevó a sus médicos a desaconsejar viajes largos y estancias por encima de los dos mil metros. Ahora, el mundo de la Iglesia, desde Juan Pablo II es distinto: catequesis permanentes, predicaciones, homilías, viajes, encuentros festivos, audiencias, encíclicas, etc. Y Benedicto XVI, consciente de sus limitaciones, no olvida que el Papa está para servir (“siervo de los siervos de Dios”), no para mandar. La vida de los hombres cada vez se alarga más, pero eso no quiere decir que la vida física y mental de las personas se alargue igualmente; hay un empobrecimiento, una depauperación del organismo.
Teniendo en cuenta estos datos, sobraría ya cualquier otra elucubración al respecto. Y, a mi parecer, la postura correcta sería la de natural respeto y comprensión. "En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado" (Benedicto XVI, 11 de febrero de 2013). La Iglesia está en un mundo en plena transformación, sacudido por cuestiones de mucha importancia para la fe, y el Papa siente que ya no tiene el pulso firme para llevar el timón.
Este humilde reconocimiento de sus límites humanos no es nada fácil. Siempre es más fácil tomar que dejar, decir sí que decir que no. Y es lo que les hace sospechar a aquellos que están acostumbrados a ver el apego a los cargos y la alta estima de sí mismos que tienen muchas personas. Por eso es comprensible que el gran e inamovible “no” pronunciado por Benedicto XVI, haya desconcertado a muchas personas, sorprendidas por la renuncia al más alto puesto y de mayor responsabilidad en el mundo. Darse cuenta, abiertamente, de la propia debilidad e inadecuación es una de las mayores pruebas de libertad y de inteligencia.
Ante su decisión nos encontramos -como dicen los Obispos- “afectados y como huérfanos por esta decisión que nos llena de pena, pues nos sentíamos seguros e iluminados por su riquísimo magisterio y por su cercanía paternal”. A pesar de todo, Cristo sigue en su Barca (Iglesia). Es verdad que parece que se ha vuelto a dormir y vamos a estar unos días sin su Vicario al timón. Pero, como dice san Agustín: “Ten fe, y Dios estará contigo en la tribulación… Si tu fe se halla dormida en tu corazón, entonces parece que Cristo duerme en tu nave, pues Cristo habita en ti mediante la fe”. Mientras nos parece que él duerme, cada uno de nosotros debemos sentir la responsabilidad de llevar la Barca adelante. Es tiempo de oración, por Benedicto XVI, para “que le consuele y dé fuerzas para seguir sirviendo a la Iglesia de un modo nuevo mientras la Providencia disponga”; por la Iglesia, para que la ayude e ilumine y le conceda un Pastor universal conforme a su corazón; y también por el próximo Papa para que dé a conocer a Cristo y enseñe a los cristianos a vivir responsablemente en el ambiente de una sociedad neopagana, como es la del llamado primer mundo. Y también es tiempo de esperanza: Dios ha cuidado siempre de su Iglesia y lo seguirá haciendo, a pesar de los pesares. Un día la barca de la Iglesia llegará a puerto. Entonces descansaremos. Pero, ahora toca cansarse y remar, para que cuando el Señor se despierte, nos vea remando. “Cuando comiences a ser perturbado, despierta a Cristo que duerme: despereza tu fe, y conocerás que no te abandona” (san Agustín).

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