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Jesús en Cafarnaum

Por Redacción
20/03/2016 - 05:18

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Myriam me había contado tantas veces la historia de Nadia, y cada vez desde un prisma distinto, que ya me la sabía de memoria. Ella la siguió desde la televisión israelita y le había llenado de ternura y muchas sonrisas y lágrimas.

Nadia es de Assa, Gaza, donde se encuentran las playas más bonitas del mundo y donde la pequeña, a punto de cumplir ocho años, había pasado toda su vida siendo una gazatí muy feliz con un montón de amigas y unos padres que la querían mucho. Hasta que un día se mareó en el colegio y se cayó al suelo como muerta. Rápidamente la llevaron desde allí hasta el hospital, y enseguida comprobaron que tenía un tumorcito en su pequeña cabeza. Como es menudita, sus padres temieron por su vida, así que realizaron todos los trámites para que Nadia pudiera ser trasladada al mejor hospital de Israel, Hadasa, en Jerusalem, donde se realizan las operaciones más complicadas del mundo. Allí le hicieron el preoperatorio y no demoraron mucho la intervención. Al haber sido un éxito, salió en los Medios de Comunicación del país, pues era algo excepcional, un prodigio, y un milagro el haber podido salvar a la niña. Entrevistaron a los cirujanos para mayores explicaciones. Las enfermeras y el personal sanitario compraron regalitos para Nadia y la mimaron durante su estancia de recuperación en el hospital. Una de las veces que salió en la tele se comía un gran croissant que casi no podía sujetarlo con una mano, y un buen vaso de colacao. La doctora intentaba que la niña se tomara además las pastillas, pero la cría se excusó diciendo que no podía tomarlas porque estaba en Ramadán, lo que hizo estallar de la risa a la doctora, que accedió y convino con ella en que se las tomaría por la noche. Iba a regresar a su casa. El abuelo (el varón de más edad) del Kibbutz cercano a Gaza, fue a recogerla con su coche para atravesar con ella la frontera. Primero pasaron por un supermercado a fin de llevarles regalitos a su abuela y a su familia, que la esperaban con mucha gana. Ella cogió un carrito pequeño para llenarlo de cuanto se le antojara. El "abuelo" le dijo:" ¡Pero Nadia, que estás en Ramadán! Tendrás que llevar muchos regalos a todos. ¡Anda, coge un carro grande!" Y ella convulsionaba su cuerpecito de la alegría que le daba, al tiempo que echaba en él, al azar, todo lo que veía a su paso. Como la frontera estaba bastante colapsada, decidieron parar unas horas en el Kibbutz. Cuando bajaba Nadia las escaleras del sótano blindado donde se encontraban las crías en una clase de manualidades, chancleteaba haciendo un natural ruido. Dos niñazas de su edad se levantaron a ver quien bajaba y se encontraron con la pequeña. "¿Eres tú la que nos manda los skatings desde Assa?" Ella se asustó mucho y se pegó como una lapa a la pared. "¡Yo no! ¡Yo no soy!" Y la otra chicarrona suavizó la tensión: "¡Si no importa! ¿No ves que nosotros se los volvemos a enviar?" Nadia respiró tranquila y siguió bajando las escaleras haciendo su peculiar ruido con las chanclas al caminar. Se sentó junto a la mesa y se puso a pintar los dibujos como una alumna más. Como había un gran despliegue de técnicos con las cámaras de televisión en marcha, las del Kibbutz preguntaron qué pasaba, por qué las cámaras allí, y la maestra les contestó que Nadia era una niña muy famosa. La cría se ha curado, se fue sin pelo a su ciudad con un bolso de charol rosa lleno de utensilios necesarios: peine, colonia, champú...
Las amigas del kibbutz le han pedido que siempre que salga de Gaza vuelva a verlas, que la quieren como una hermana. En la niñez no existe aún arraigado el rencor, la falta de diálogo o el desencuentro. Ojalá un día se solucione todo, aunque por el momento no se ven visos de arreglo alguno. Volvió a revisión con su pelo al cabo de seis meses y la alegría se hacía luz en su rostro al verse con su amigas...
Jesús y los Suyos han pasado la noche en casa de la suegra de Pedro, en Cafarnaum, que hoy podemos visitar como una Iglesia Católica en su parte superior, dejando ver por un suelo de cristal los antiguos restos arqueológicos de la misma. Enfrente, las ruínas de la Gran Sinagoga y muchos utensilios y restos de aquella época, que se han encontrado con las excavaciones. Salen por la mañana temprano.
Judas Tadeo aún no ha llegado de Nazaret. Van hacia el Lago. Jesús, instalado ya en la barca de Pedro, observa que se ha juntado mucha gente en la playa y están muy contentos al ver al Maestro, de modo que se forma un griterío al querer cada uno preguntar algo a Jesús. Él les sonríe con agrado, ¡es tan amable y familiar! Ha bajado a la playa el sinagogo, porque quiere hacerle los honores al Rabí, y Jesús al verlo, se baja de la barca y se acerca a saludarlo muy ceremonioso. El sinagogo Le pide que dé alguna enseñanza a los del pueblo, pues lo llevan esperando largo tiempo.
La gente se agita contenta, aprobando la idea del religioso. Jesús accede gustoso, pero será por la tarde, pues antes tiene que realizar un asunto pendiente en la otra orilla. Así que deben esperar Su regreso. Pedro y Andrés conducen la barca, hasta llegar al otro extremo, donde los reciben olivos vigorosos, que se han ido curtiendo para protegerse de los fuertes vientos que suelen azotar la zona. Hoy aquel vergel se ha transformado en un Kibbutz muy fértil, y han construido un amplio restaurante que se surte de los peces del Lago y los productos típicos del lugar para sus platos. Le ha pedido Pedro a Jesús que se quite las sandalias y el vestido largo, para no mojarse al pasar el pequeño tramo que va hasta la orilla, y Jesús obedece.
Al meterse en el bosquecillo Pedro grita a la mujer que han ido a salvar y que se encuentra escondida entre las cuevas. "¡Mujer, sal de ahí, que ha venido a curarte el Rabí de Cafarnaum!" Pero no sale nadie, pues el temor a ser agredida como en otras ocasiones, le hace ser precavida. Por otra parte, la que entonces llamaban "La Bella de Corazaín", hoy es un deshecho humano, desfigurada por la lepra. "Nosotros, Señor, le trajimos un trozo de vela, pan y pescado para socorrerla, y le dimos una tela, pues estaba desnuda, pero no nos acercamos para no contaminarnos".
Jesús les pregunta por qué debe sanarla, y Pedro dice que tanto ciegos, cojos y mudos, Él los puede sanar, más aún esta pobre mujer que se muere." ¡Qué horror, Jesús! Un día que vine a traerle comida, me esperaba en un peñasco. Me preguntó por qué me apiadaba de ella y yo le dije que mi Maestro era la Piedad misma, Jesús de Galilea. Ella me confesó ser la Bella de Corazaín, hoy leprosa, y que ya nadie iba a tener compasión de su persona. Se sentía muy desgraciada. "No quiero lapidarte", le dije, "vendrá a curarte el Rabí". Y se puso a llorar, pues pensaba que Tú, siendo tan Santo, no ibas a compadecerte de ella, que ahora era como una bestia en una cueva de animales. Había sido una mujer con mala lengua y dijo que si Te compadecías era porque Tú antes habías sido un pecador. Le dije que cuando la curases debería ser buena. Y es verdad, está arrepentida".
La mujer viene corriendo, se postra a los pies de Jesús y grita: "¡Ten piedad de mí, Señor!" Yo estoy arrepentida y Tú eres la Misericordia. Límpiame Señor, cura mi corazón antes que mi cuerpo. Hace tiempo quería limpiar mi cuerpo, para regresar al mundo y que todos me vieran, pero ahora quiero ser perdonada para tener vida eterna". Jesús, compasivísimo, la mira fijamente y ella se queda eclipsada ante la fulgurante mirada de Sus ojos.
Él le dice:"Te perdono, no recaigas más en el pecado". Le responde que sea bendito, y que ella se conforma con vivir en la cueva libre de remordimientos y temores. "Ya no tengo miedo, Señor, porque Tú me has absuelto". Jesús le ordena que vaya al Lago y se lave entera. La pobre es todo un esqueleto; su pelo es una maraña. Pedro no entiende por qué le manda bañarse, pero el Maestro no le explica nada. A continuación le ordena salir. "¡Ven aquí!" Y le da una tela con la que Él antes se había secado. Al salir del agua está desnuda. Pedro grita y Andrés se vuelve de espaldas. La lepra le ha desaparecido por completo. La mujer tiene vergüenza y llora desnuda. Jesús se le acerca, le coloca la tela por la espalda, y con una mano, le acaricia la cabeza. "¡Sé buena, y adiós! Sigue al Mesías y purifícate según los Preceptos". La curada llora sin comedimiento y cuando la barca se aleja, dice: "¡Gracias, Señor, gracias! ¡Bendito seas, mi Dios!". Jesús le responde con un saludo, mientras los hermanos reman ya deprisa hacia Cafarnaum, donde esperan todos, pues el milagro, sin saberse cómo, ha recorrido el pueblo entero. Jesús se dirige hacia la Sinagoga. A la entrada se encuentra Mateo, que aún no es Apóstol del Señor. Quiere entrar, pero está cohibido, como avergonzado. Hay unos fariseos vestidos con mucha pompa, que también van a entrar y no quieren ni rozarse con él, para no contaminarse. Jesús se detiene, mira atentamente a Mateo y luego continúa Su camino.
El hombre está abrumado por esa mirada penetrante del Maestro, que lo fulmina como un rayo, por lo que baja la cabeza con pudor. Pedro conoce bien a todos los del pueblo, se acerca mucho a Jesús tapándose la boca con la mano y Le comenta algo que enoja mucho al Señor, pero no dice nada. Pedro ha comprendido el mensaje y se pone colorado. Le había dicho que "ese" era Mateo, el tasador que los fríe a impuestos y luego se gasta una parte en prostitutas. Ha llegado, según Pedro le explica, para ver qué pasa con el Rabí de Israel, pues el hombre no se acerca nunca a la Sinagoga. Todos han tomado asiento y están expectantes.
Después de los cantos y oraciones, Jesús se dispone a hablar para todos; no necesita coger los rollos, porque sabe lo que va a decir. Habla sobre el Gran Rey David de Belén, que lloró mucho su pecado y gritó a Dios pidiéndole perdón. Pero en el rostro del hombre siempre hay una mirada divina. Y el hombre que despide perfume como un altar, resplandece como una hoguera y canta como un coro de ángeles. Pero cuando en nosotros está instalado el pecado, todo cuanto nos podía hacer brillar, se desvanece como el humo. Porque un siervo de Dios se da cuenta de la fealdad que ha contraído su corazón, y como el Rey David, se horroriza y dice al Señor que tenga piedad, y en Su infinita Misericordia, lo libere del mal. No dice al Señor que todo está perdido, que no puede ser perdonado, y por eso continuará pecando, sino que pide a Dios que lo limpie, y añade:"mi holocausto no será de corderos ni bueyes, sino de arrepentimiento. Porque un corazón afligido y humillado, Tú, Dios mío, no lo desprecias".
Esto decía David arrepentido, después que Natán, siervo de Dios, hizo que se arrepintiera. Pero ahora es el mismo Redentor, el Verbo de Dios, que ha brotado entre Su Pueblo... Habéis leído que cuando el hombre está preso de Satanás, pierde su fuerza y se hace débil, igual que pasó con el hijo de Mané, Sansón, que estaba destinado a vencer a los filisteos opresores de Israel. Para ello, hubiera tenido que alejarse de todo lo inmundo, que rebaja al hombre. Debía haberse consagrado al Señor, si quería ser libertador. Consagrado como nazareno desde la infancia, se conservaría santo en lo exterior e internamente. (Los nazarenos, o nazareos, como José, esposo de María, eran una casta sacerdotal que debían conservar la virginidad). Pero la robustez que Dios le había dado se convirtió en piltrafa, por el pecado de la carne.
No hay que tentar al Señor que siempre perdona cuando la voluntad es no volver a caer. Sansón no huyó de Dalila, aunque era un vencedor. Ella le insistió tanto que él le descubrió el secreto de su fuerza: residía en sus cabellos, en sus siete trenzas. ¿Hay alguno de vosotros que aunque cansado del pecado, se entrega al enemigo, porque está cansado de resistirle? Que nadie de entre vosotros sea derrotado. Las siete trenzas de Sansón simbolizan las siete virtudes. Él, como nazareo tenía que ser fiel al voto, pero se durmió en brazos de la mujer que lo entregó al enemigo, por lo que se volvió ciego, esclavo e impotente. Y su fuerza no volvió hasta que su dolor se convirtió en arrepentimiento sincero. Sansón consiguió la paciencia, la constancia y el heroísmo.
Porque si no hay arrepentimiento y voluntad de renunciar al pecado, que aniquila el corazón, no podréis ser los "libertadores". En verdad os digo que hoy una mujer de Israel ha obtenido la Misericordia de Dios, por su arrepentimiento. Su lepra, tanto del alma como del cuerpo, ha quedado sanada. Pero, meditad, ¿quiénes tuvieron con ella misericordia? Antes era la Bella, ahora es la Arrepentida. No murmuréis de esta mujer, ayudadla. Simón de Jonás llevará el donativo a esta pobre". Uno de los viejos fariseos se retuerce con furia. "¿Tenemos culpa porque fuimos sus amantes?"- "No acuso a nadie", dice Jesús, y termina e invita a los suyos a que le sigan. Los fariseos han reconocido a Judas y le preguntan extrañados si él también sigue al Maestro. "¿Es de verdad Santo?" Judas les increpa con altanería y les dice que ya quisieran ellos ser un poco como Jesús.
Dicen a Judas que curó en sábado y eso no está permitido según la Ley, pero Judas le responde que el sábado es el gran día del perdón; de paso le pide una limosna para la mujer curada, pero ellos no dan nada. Judas se va con mirada de desprecio hacia ellos. Ya en casa de Pedro, éste enseña a Jesús dos bolsas que ha traído el joven de siempre, aunque no descubre la identidad de quien las entrega. "Maestro, dime quien es el desconocido, por favor!" Jesús le sonríe bromeando y dice a Pedro:" lo sabrás cuando hayas aprendido a no murmurar, ni pensar mal de nadie..." Y se quedan a dormir esa noche en la casa de la suegra de Pedro.
BIBLIOGRAFÍA: "El Evangelio tal como me ha sido revelado", T.II, María Valtorta; 2Re.11 y 12; Sal.50,3; Sal.50, 7 y 9; Sal. 50,19;Jue.13-16.

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