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Jesús con el pastor Isaac, en Yutta

Por Redacción
10/01/2016 - 07:15

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Llamé a Myriam para felicitarla en su cumpleaños. No se acordaba bien si eran “y dos” o “y tres” los que cumplía. Su hijo pequeño le recordó que eran y dos. Yo también se lo dije, y se alegró al cerciorarse que tenía uno menos de lo que ella pensaba.

Me comentó que había estado por la mañana en la cafetería, donde suele encontrarse a veces con los militares retirados, que estuvieron protegidos por las monjas en la época de Hitler. Decían que ellas siempre les habían recordado su origen judío que no lo podían olvidar nunca y que volverían a Israel, después de que todo el horror que se vivía, acabase. “Sois judíos, no lo olvidéis”, y con este sentimiento crecieron.
No obstante, les enseñaron la base de espiritualidad cristiana, la que seguían recordando con gran afecto. “Hoy hemos hablado del Cielo y del Infierno; del amor que debemos tener a aquello que nos lleva hacia Dios, y que es lo que hoy día se vive en Jerusalem, a pesar de la violencia que también se genera. Y el rechazo a Satanás, que nos induce a la maldad, para llevarnos al Infierno.
Ellos se encuentran muy cómodos cuando yo les hablo sobre temas religiosos, aunque no les haya dicho que soy cristiana católica, quizás lo intuyan. A medio día, almorcé con el mayor y su familia. Una de las niñas, mi nieta Cheer,  tocó para mí en el órgano un trozo de la ópera Carmen. No sé qué método emplean para enseñarles, pero consiguen unos resultados excelentes con los críos. Aquí se le da mucha importancia a la Educación, en eso no hay discusiones, por lo que Israel es un país tremendamente culto y sabio”…
El camino que va a recorrer Jesús, de Belén a Yutta, está salpicado de distintos matices de verdes tiernos, debido al agua que discurre por sus declives haciendo fructíferas a las tierras. Matorrales, hierbas como la hierbabuena, musgos, bosquecillos selváticos, árboles frutales como el nogal o la morera…, por lo que el ganado que por aquí pasta, es fuerte y robusto.
Jesús, a Su paso, es un Pastor que busca Su rebaño. En estos momentos, Judas interviene para manifestarle a su Maestro, sin respeto alguno, su desacuerdo. Siempre está con la misma canción de la protesta. Piensa que para ir hasta Yutta, podrían haber tomado por la parte del Hebrón. “Pero Tú no quisiste”, le dice al Maestro. Jesús le explica con absoluta benevolencia, que antes debían visitar a Isaac, que en Hebrón reposan restos de amigos muertos, y por ellos lo fundamental es rezar, para que consigan su unión perfecta con el Padre, “por medio del Espíritu Perfectísimo, Creador de todo cuanto ha existido”. ¡Por fin se divisa Yutta!, y es justo después de atravesar el vado con el torrente de agua, y que gracias a las piedras grandes que han formado un camino, éste les muestra por donde pacen las ovejas. Allí están los pastores vigilando su preciado tesoro.
Algunos de ellos, después de los saludos felices al grupo de Jesús, y que acompañan al resto de los pastores, se quedan a esperar ayudando con las ovejas. También se queda Jesús. Elías camina hacia la plaza del pueblo, la atraviesa, y en las afueras, un camino de tierra y polvo conduce a la mísera casucha de Isaac, que se encuentra muy enfermo en la cama, y cuando oye pasos, pide una limosna entre lágrimas. “Soy Elías. He venido para avisarte que he visto a Jesús de Nazaret, ahora es un Rabí que nos quiere ver a todos”. Isaac parecía morir de un momento a otro, sin embargo, las primeras palabras de Elías lo han resucitado. “Él está abajo en el valle, y me ha ordenado que te diga:” Ven, Isaac. Quiero verte y bendecirte”. La emoción de Isaac es muy grande, se pone de pie y contesta: “Si así dijo, yo voy ahora mismo”. Se levanta de la cama, que es un montón de paja sirviéndole de lecho. En pie, su estabilidad vacila aún. Se tambalea. Pero el Amor lo puede todo. Y el que no tenía fuerzas, sale rápido para encontrarse  cuanto antes con su Maestro. Aquel sitio es miserable, pero de camino, se van encontrando con huertecillos privados, que amenizan a los caminantes dirigiéndose hasta el río.
De lejos, ve Elías al Señor y lo señala con el dedo. Es alto, hermoso, rubio, vestido de blanco y con manto azul. Isaac parece un jovenzuelo, corre hacia Él sorteando el ganado, y se postra adorándolo, lleno de alegría. Jesús quiere que se levante:”Levántate, Isaac. Vine a traerte la Paz y la Bendición”. Pero Isaac se resiste y llora con la cara pegada al suelo. ¡Es mucha la emoción que siente este pobre pastor! “¡Por fin viniste, Señor!” Elías dice al Maestro que Isaac no cerró la puerta de su casa, ni recogió las limosnas, que cada día le depositan en una bolsa, y Jesús responde que los ángeles estarán custodiando su humilde casita. “Maestro, Tú me has curado, me siento ahora como nuevo”.- “Tu fe y tu paciencia en medio de tanto sufrimiento, esperando siempre el encuentro con tu Mesías, te han salvado. ¡Todo es muy sencillo cuando se ama, Isaac!” El pobre pastor, en su inocencia, le pide a Jesús que se quede por esas tierras y no se vaya nunca. “Tengo todo Israel para evangelizarlo, por eso no puedo quedarme. Pero tú Me vas a servir y seguir, si quieres. Como discípulo. “¿Quieres?” Isaac se pregunta cómo podrá hacerlo, pues todo el mundo se iba a burlar de él, cuando hablase que había encontrado al Mesías. “Maestro, yo pensé que tendría que ir a la Escuela de los Rabinos para servirte, pero ya soy muy mayor para ello”.- “No, Isaac. Tu paso por la Escuela ha acabado. Me has creído y amado. Me has respetado. Has bendecido a Dios y amado al prójimo. No deseas lo que tienen los demás, ni has sentido envidia. Has terminado la Escuela. Ahora tienes que ir a todos y proclamar Mi presencia”.
Isaac le cuenta a Jesús que cuando estaba enfermo, iba pidiendo, y “les hablaba a los niños de Tu llegada, preparaba y reblandecía los corazones contando cómo naciste”. Les habló de los ángeles, después de los Magos, de la Gruta. “Y de Tu Madre. ¿Vive Ella todavía, Señor?”.-“Vive y te manda saludos. Habla siempre de vosotros”. Isaac Le dice que una mujer en Yutta puso a sus hijos los nombres de María y José. Al tercero le puso Enmanuel. Ella es Sara y su marido, Joaquín.” Me cuidaron y estoy vivo gracias a ellos, pues son buenos como el pan”. Jesús propone ir a visitarlos a su casa, les dará la bendición y se quedarán con ellos hasta que el sol se ponga…Van en dirección contraria al río, suben unos montes que dan a unos prados con manzanos, higueras y nogales. Al fondo se divisa una casa blanca, rodeada de verdes por todos los flancos. Isaac llama fuerte a los pequeños: ”¡ Venid a conocer al Mesías!”.
 Y de la casa salen los críos gritando de alegría al reconocer a su amigo. La madre es alta, de una gran belleza joven, de largas trenzas negras, vestida con gran elegancia, aunque sin perder la sencillez: broches, hebillas de filigrana, velo y vestido blanco con pliegues. Es una gran señora, que sale ante el griterío de sus hijitos, ve a Isaac y se asombra cuando observa que anda sin dificultad alguna.
A continuación salen los hombres: Joaquín con sus ayudantes, que destaca, porque es alto y majestuoso. Todos gritan alborozados cuando ven a Jesús, luego se quedan mudos, de piedra. “La paz sea en esta casa. La paz y la bendición de Dios”. Él avanza y sonríe a los que están allí quietos, con total respeto y reverencia. El Maestro está contento al verse entre una familia tan unida y tan buena, observando a la perfección las costumbres judías. “¿Queréis dar hospitalidad en esta casa a un Viajero? Y espera confiado la respuesta. “Entra, Mesías. Te hemos esperado y amado siempre, sin conocerte, gracias a que Isaac nos hablaba tanto de Ti, Señor. Esta casa está de fiesta hoy, de gran fiesta. Primero por Ti, que has llegado al fin, después de esperarte tanto tiempo. Segundo, porque Isaac está sano. Y lo queremos como uno más entre nosotros. Y por último, hoy es la circuncisión de nuestro pequeño benjamín, que nació hace muy poco, explica Joaquín, el anfitrión. Parece que la fórmula para la celebración de las fiestas judías no ha variado, mantienen sus tradiciones sin que se omita ningún aspecto de ellas, por lo que podemos ver una gran sala con todos los preparativos para  la fiesta. Mesas extendidas a lo largo, manteles blancos bordados con meticulosidad, platos con pescado del Lago, cordero asado, frutos secos, otras frutas y verduras cocidas, huevos duros, bebidas refrescantes…y ramas verdes adornando las mesas. Sara ha ido a por su bebé y regresa con él en sus brazos. Quiere que Jesús, gran Rabbí, lo bendiga. No pueden decirle al Señor qué nombre desearían ponerle, les da vergüenza, pero Jesús les ayuda a decidirse, “Yesai”, Jesús, como el Maestro. Se ponen muy contentos y agradecen al Señor  la deferencia, era realmente lo que ellos querían y Jesús parece haberles adivinado el pensamiento. Se disponen a esperar al que va a circuncidar al niño, pues Jesús ha decidido quedarse para presenciar la ceremonia. De paso, les da las gracias por haber cuidado de Isaac. “En la tierra y en el Cielo vuestra acción será recordada”. Les informa a los anfitriones que Isaac se marchará con Él, porque “va a servir a su Maestro…”Es necesario hablar de la llegada del Mesías. El mundo entero lo debe saber”. Mientras conversaban, ha llegado un hombre que se hace notar por sus vestidos y su presunción. Viene con su criado y pregunta por el bebé. Se lo muestran, y a su vez le informan que el Invitado Principal  es el Mesías. Al parecer, el hombre no presta alguna atención a que el Mesías esté allí, alegando que tiene mucha prisa, lo que sorprende a todos por la indiferencia tan destacada, ante un acontecimiento irrepetible. Pero la actitud de Jesús es complaciente, y sonríe. Mejor que Él no hay nadie que conozca las distintas clases de alma humana, y acepta la indiferencia. Coge a la criaturita, toca su frente con Sus dedos, parece que consagra al bebé, y a continuación dice el nombre del pequeño:”Su nombre es Yesai”. Llevan al niño a un pequeño habitáculo. Jesús espera en la sala, oyendo llorar mucho al pequeñín. La madre no sabe qué hacer para consolarlo, entonces Jesús pide a la joven mamá que le deje al pequeño entre Sus brazos, y al instante, lo consuela y se calla. Cuando termina el ritual, los niños, los pastores y los discípulos, se han juntado con su Maestro, y Elías aprovecha para ayudar al encierro de las ovejas en el corral. Todos se encuentran muy felices de tener allí a Jesús. Les traen dulces y bebidas fresquitas, aunque el Maestro apenas prueba bocado, ni bebe, porque le interesa más atender a los pequeños. “Dime ¿quién soy Yo, María?”.
La niña comienza una explicación detallada sobre el Mesías:” Tú eres Jesús, hijo de María de Nazaret, nacido en Belén. Nos lo contó Isaac muchas veces. Y mi mamá me puso el nombre de María, como Tu Madre”. Jesús se emociona y explica a la niña:”Ella es buena como un ángel de Dios. Pura como un lirio del monte. Piadosa como los más santos de Israel. ¿Tú quieres parecerte a Mi Madre?”. Y la niña asegura que sí a Jesús. Judas rectifica a la pequeña, diciéndole que se dirija al Señor con el nombre de Maestro. Pero Él rectifica a su vez a Judas.
Le dice que los labios inocentes pronunciarán Su Nombre con amor, y así será por los siglos. Incluso los pecadores recobrarán su pureza llamando a Jesús, aclamándolo, porque siempre acude compadeciéndose de aquel que lo necesita. Y Le pregunta a la pequeña: “¿Por qué Me llamas Jesús?”.-“Porque Te quiero mucho, como a mis papás y a mis hermanitos”. La pequeña alza los brazos para abrazarse al Maestro. Jesús sonriente, se inclina y besa a la pequeña María. Todos están esperando a que Jesús comience ya las despedidas, para volver a caminar enseguida, pues piensan ir hasta Ain Karem, hacia la casa de Zacarías.

BIBLIOGRAFÍA: Poema del Hombre Dios, tomo II, María Valtorta.- Génesis 2, 7; 2 Maca.12,38-46; Sal 15, 9-10; sal 48, 15, 16; Job19,25-27; Eze 32,1-4; Dan12,1-3; 2Mac7,1-42; Mt22, 23-33; Rom8,11;1Cor15;2Tim2,17-18

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