Opinión

Los invisibles

Están en todas partes pero no los vemos. Aparecen a nuestro lado, en la memoria, en lo cotidiano de cada jornada. Los olemos, los respiramos, sentimos el roce de su piel, sus caricias, sus consejos. Se manifiestan en el aire que respiramos, en los proyectos emprendidos, en los sueños, en las largas vigilias insomnes.

No sabemos quiénes son porque su presencia está difuminada, esparcida en una nebulosa en la que habitamos. Ignoramos sus nombres, su procedencia; en muchas ocasiones no los buscamos, pero están ahí, nos miran, nos susurran, nos hablan aunque no oigamos sus voces.

La existencia de los invisibles iluminan tiempos oscuros, tormentas existenciales, miedos ancestrales; ellos nos arropan, nos alientan en el desánimo, gritan nuestros nombres, extienden mantos de flores para enseñarnos la primavera.

Convivimos con ellos, nos saludan por las mañanas, comemos los alimentos que elaboran, dormimos en las sábanas limpias, vestimos la ropa impecable que nos dejan en los armarios, tomamos café con ellos, con los invisibles, leemos sus crónicas anónimas escritas por todas partes, les escribimos sin saber a quién nos dirigimos porque no los vimos nunca.

Los invisibles son los que limpian las calles, los centros de trabajo, las oficinas, los hospitales. Los invisibles hacen el pan de cada día, llenan las estanterías de los supermercados, atienden nuestras peticiones en los entramados informáticos. También son invisibles las madres y los padres, los miramos pero no tenemos la capacidad de verlos. Los vecinos del barrio, los compañeros de trabajo, los amigos lejanos, los amores platónicos que no conocimos.

Invisibles son los antepasados que lucharon y descansan en las cunetas, los represaliados, los que habitan en los nichos anónimos de los cementerios. Hacemos la historia de la humanidad con seres invisibles que levantaros imperios y construyeron culturas: de ellos nada sabremos porque no cuentan, no figuran, no aparecen, no constan.

También en la pandemia nos cuidaron los invisibles, les aplaudimos desde los balcones mirando a ninguna parte. Su invisibilidad aparece en las frías estadísticas tan frías como todas las estadísticas.

Tal vez también nosotros somos invisibles; no nos ven aunque estemos, no nos escuchan aunque hablemos, no notan nuestra presencia porque nos han invisibilizado.

El olvido, la muerte, el tiempo, las batallas perdidas son las raíces del triunfo de los invisibles.

Pero también hay otros invisibles que no son ni invisibles porque de ellos no hay constancia de su existencia. Esos doblemente invisibles son las invisibles. Va por ellas, va por todas, por cada una de las invisibles que pasan desapercibidos incluso por los invisibles. Son más grandes que el amor.

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