Categorías: Opinión

Inmigración y supervivencia

Llevamos unos días que están resultando ser especialmente duros para las personas que se deciden a arriesgar sus vidas en busca de un futuro mejor para sí.
Decidirse a abandonar tu casa, tu familia, tu tierra, para emprender la búsqueda de algo mejor no es una fácil decisión. Tan sólo el hecho de movernos de una ciudad a otra dentro de nuestro propio país, conociendo el idioma y los recursos, es de por sí complicado, muy complicado. Cuando el cambio es mucho más radical y supone cambiar de país, de continente, de costumbres y de mundo se hace una aventura con final incierto pero con muchas más posibilidades de acabar en drama que en alegría: bien sea por la explotación de las mafias de tráfico de inmigrantes cuya fuente de enriquecimiento es precisamente la necesidad y la desesperación de los que buscan una vida digna; por el riesgo para su integridad física o por no encontrar lo esperado una vez en el destino.
Resulta especialmente conmovedor a la vez que aterrador ver a esas madres que se embarcan en la aventura de la inmigración en compañía de sus pequeños. Cualquiera que tenga hijos está siempre dispuesto a hacer lo que sea por lograr su felicidad, en la medida de nuestras posibilidades. Afortunadamente, la mayoría de nuestros niños tienen sus necesidades básicas cubiertas, algo que muchas veces no es valorado en su justa medida y que de vez en cuando precisa de algunas comparaciones para ser conscientes de lo que tenemos. Nosotros, los del “primer mundo”, no tenemos que plantearnos la posibilidad de no tener un trozo de pan con el que alimentar a nuestros hijos, ni si el agua que beben podrá producirles algún tipo de enfermedad, ni si podrán raptarles o violarles cualquier día.
Afortunadamente, no.
Sin embargo, en muchas partes del mundo siguen teniendo que hacerlo, resultándoles tan cruel la pesadilla de sus vidas diarias que acaban decidiendo empeñar o vender lo que tengan con tal de intentar buscar la más mínima luz al final del túnel. A cualquiera de nosotros, por insensible que sea, se le pone la piel de gallina si se imagina con sus hijos en una embarcación hinchable junto a decenas de personas durante muchas horas en alta mar, sin saber qué puede pasar y desesperados por un futuro incierto.
Lo mínimo que se espera de nosotros es algo tan simple e importante como tener un poco de humanidad la cual siempre tiende a crecer si somos capaces de ponernos en la piel del otro.
A su vez, de nuestras instituciones se espera una atención adecuada, solidaria y responsable la cual precisa de unos recursos adecuados para atender dignamente a los que llegan hasta aquí, los cuales son muy mejorables.
Esas mujeres que ponen en riesgo sus vidas y las de sus hijos porque no pierden la esperanza en un futuro digno para ellos, son, en mi opinión, un buen ejemplo de lo que es la lucha por la supervivencia en el siglo XXI.

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