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In memoriam, Juan de la Peña

Por Juan Carlos Ramchandani
07/12/2014 - 10:56

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El sabio hindú Chanakya decía que el verdadero amigo es el que te acompaña hasta el día de tu funeral, y Dios me ha dado esa oportunidad con Juan.

He tenido la gran fortuna de conocer a Juan de la Peña. Han pasado ya 24 años desde que recién terminada la mili me recomendaron que fuera a pelarme a una nueva  peluquería llamada Yuventu. Además de la agradable personalidad de Juan y sus grandes dotes profesionales, la primera visita fue muy especial, pues este local (no el actual) se encontraba donde yo en mi época de la EGB iba a recibir clases particulares de la señorita Maribel. Desde aquel lejano verano de 1990 hasta la fecha del viernes 3 de octubre de 2014 (¿dos días antes de su muerte?) se forjó una relación que sobrepasó con creces la de cliente y peluquero, creándose una amistad sincera, siendo a veces él mi confidente y otras yo él suyo. A pesar de llevar veinte años escribiendo artículos y haber publicado una docena de libros, me encuentro ante mi escrito más difícil de empezar y complicado de terminar. Tratando de mantener el equilibrio de mis emociones y reprimiendo mis gritos pidiendo justicia, escribo esta carta In Memoriam en recuerdo de mi amigo Juan de la Peña.

Querido amigo Juan:
Hoy hace dos meses desde que te marchaste, tu muerte fue tan inoportuna e inesperada como sórdida y misteriosa. Mucho se ha especulado sobre tu muerte, dejemos a la Policía hacer su trabajo. La Justicia terrenal es lenta y a veces imperfecta, pero la del karma es infalible, y los que te han quitado la vida van a sufrir su castigo. A mí, poco me importa ya conocer los detalles, me importa mucho más que ya no estés aquí  y que no podamos reírnos juntos, que es una de las cosas que más recuerdo de ti. Tu capacidad para hacer bromas y reírte de todo y de todos, pero eras un alma sensible y respetuosa. Mentiría si dijera que eras un “santo”, pero eras sincero, generoso y siempre dispuesto a ayudar, eras una buena persona que tuvo la valentía de elegir una forma de vida,  ni comprendida, ni respetada por muchos. Recuerdo con nostalgia cuando me decías: “Juan Carlos tienes que escribir mis memorias, cuando salga el libro tendrán que poner barcos extras para que se salga corriendo la gente, de lo que voy a contar”.
Tú respeto por todas las religiones, y muy especialmente por el hinduismo se demostraba por los objetos religiosos que te regale a lo largo de los años, y que tú guardabas con cariño y decoraban tu casa y el pequeño altar de la peluquería. Afeitaste la cabeza de mi hijo Govinda durante la ceremonia mundanam, y presumías de ser su “padrino”. Este momento quedo inmortalizado en una fotografía que aparece en mi libro Introducción al hinduismo. Recuerdo que aquel día bailaste en éxtasis durante el kirtan (canto devocional) y luego te abrazaste a mí con una gran sonrisa. El otro día, acompañado de mi hijo, hablaba de ti  con un conocido y me lamentaba de tu muerte, Govinda me dijo: “Papa, él también era mi peluquero y desde que yo tenía un año” y se le saltaron las lágrimas al niño. Participabas siempre que podías, en las celebraciones de Janmasthami y Diwali, concentrado en las ceremonias y luego disfrutando de la comida.
El último día que nos vimos, te vi taciturno y cabizbajo, ¿sería una premonición? Me decías que ya estabas cansado y querías llevar una vida más tranquila y hogareña. Me hablaste de tu hija Daphne, y que a pesar de las lógicas discusiones o diferencias que pueda haber entre padre e hijos, ella era tu princesa y que siempre deseabas lo mejor para ella. Nos despedimos con un apretón de manos, y un “hasta la próxima”, sin saber que nunca más nos volveríamos a ver en este mundo.
Hice por ti,  la ceremonia Narayana-bali para ayudarte a que tú alma obtenga paz y tengas la mejor transición posible a otra existencia. Este es mi particular homenaje y que sepas Juan que nunca te olvidare.
Para el alma no existe el nacimiento ni la muerte en ningún momento. Ella no ha llegado a ser, no llega a ser y no llegará a ser. El alma es innaciente, eterna, permanente y primordial. No se la mata cuando se mata el cuerpo
Bhagavad.gita (2.20)

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