RECUERDOS E IMÁGENES DE CEUTA
Ceuta. Una hermosa vista de la ciudad del Norte de África. Así consta al pie, y era verdad, no exageró en absoluto su autor. A pesar del tiempo transcurrido – desde los años cincuenta hasta nuestros días– así lo recuerdo, con un mar que acariciaba la muralla en los días de bonanza y en los de fuerte levante saltaría olímpicamente y empaparía a los distraídos viandantes.
Pero nuestro ‘Paseo de la Marina’ no fue siempre así, hasta 1707 no era sino una estrecha vereda que recorría un terreno abrupto en el que abundaban lomas, torrenteras y algún que otro pequeño acantilado entre restos de antiguas construcciones medievales. Fue entonces, cuando el gobernador D. Juan Francisco Manrique tomó la decisión, en pleno sitio de Muley Ismail, de trazar un camino más ancho y transitable para facilitar en movimiento de tropas, y especialmente de artillería, hacia el baluarte de San Pedro el Bajo, la batería de Salvas o el Castillo de San Amaro, para que en el caso de una incursión de los sitiadores por esa zona, se encontraran con estas posiciones bien pertrechadas. Unos años más tarde, en 1732, D. Antonio Manso mandó a que se construyese una muralla para contención del relleno empleado para nivelar el terreno y como defensa de tan importante vía, que una vez terminada se remató con el Baluarte de San Sebastián que defendería el embarcadero y el refugio del Foso de la Almina. Con esto, aseguraba la ciudad por la Bahía Norte, se inicia una tímida urbanización que, alcanzado el siglo XX, eclosionará con edificios de moderna factura, en línea con las tendencias arquitectónicas de la época.
Frente a la bajada de la calle Méndez Núñez (bajada de los Agustinos) se interrumpe la balaustrada de la muralla con forma de arco triunfal, tras la cual existía una escalera de ida y vuelta, por la que el gobernador (cuya residencia estaba enfrente) accedía a la roca ( se aprecia fácilmente en esta lamina) para beneficiarse con baños de asientos. Con tal motivo, la roca había sido aplanada y por su lado oriental horadada en forma de asiento redondeado. Mientras permaneciera el bañista en “su rustico trono”, un guardia desviaba de la acera a todos los viandantes para evitar las miradas indiscretas.
A finales del siglo XX, desartillado el Baluarte de San Sebastián, el alcalde Cerni González lo convirtió en un coqueto jardín al que dotó de seis estatuas de mármol alegóricas a la Paz, el Comercio, Las Artes, el trabajo. La Industria y al Continente Africano. No eran unas simples esculturas, eran mucho más. En su conjunto, en realidad simbolizaban lo que nuestra ciudad ansiaba obtener del nuevo siglo que comenzaba.
FOTOGRAFÍA: FOTO RUBIO.
COLECCIÓN: MANUEL RAMOS ALMENARA.
TEXTO: JUAN ANTONIO RODRÍGUEZ MORALES.






