Hay decisiones que no se entienden. Nuestra administración es capaz de quitarle una propiedad privada a una familia argumentando que existe un bien superior -como sucedió con la expropiación del Cine África cuyo terreno iba a acoger el nuevo Palacio de Justicia, derivando en una más de las promesas incumplidas-, pero no puede echar mano de recursos para obligar a otros ministerios o a la propia Iglesia a dar uso a infraestructuras que tienen abandonadas en un momento de crisis. En el caso de la Iglesia no habría ni que llegar a ese extremo, porque se entiende que quien promulga eso de hacer el bien debería ser ejemplarizante y no tener propiedades cerradas esperando su venta mientras hay seres humanos en las calles o viviendo en malas condiciones en naves o pabellones. Porque por mucho que nos maquillen las decisiones, que unos menores vivan dentro de naves comerciales o en las instalaciones deportivas donde ha podido jugar su hijo, no es lo más digno, aunque sea la única opción posible.
Lo de Defensa es otro cantar. Que se permita el lujo de tener cuarteles cerrados y que entre ministerios que pertenecen al mismo gobierno no haya fórmulas para responder ante una auténtica crisis que está poniendo contra las cuerdas a la ciudad y que nos puede estallar en cualquier momento, es indigno.
Choca tener que leer el último mensaje de la Conferencia Episcopal que utiliza la crisis de Canarias y la de Ceuta para reclamar un sistema que normalice la migración segura, promoviendo la acogida y la protección del inmigrante. ¿Cómo no mira hacia Ceuta y se pregunta por qué es mejor tener unos bienes cerrados esperando para hacer caja y no abrirlos para acoger a menores? Ni dan ejemplo ni materializan sus palabras con actos.
Hubo un tiempo en el que aquí, un sacerdote como el padre Béjar abrió las puertas de la iglesia de África para dar cobijo a decenas de inmigrantes que estaban durmiendo en las calles. Ese sacerdote obtuvo como ‘premio’ una persecución política hasta el punto de que un miserable con cargo en plaza ordenó investigarle y filtró a medios afines mentiras gravísimas que esos medios afines y cobardes publicaron. El tiempo demostró la mentira pero nunca rectificaron. Aquella fue la acción de un hombre de fe, de un hombre que amaba al prójimo, lo protegía y ayudaba y obró como creía que debía hacer.
Tener menores en naves y pabellones pudiendo estar en otros puntos y negarse a colaborar para evitarlo tiene un nombre.
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