La playa del Trampolín, ya mundialmente conocida, se ha convertido en uno de los lugares de asentamiento para inmigrantes en Ceuta. La curiosidad aquí es la especie de nuevo poblado que cada vez va cogiendo más forma.
Al comienzo del Trampolín es donde se encuentran la mayoría de puestos improvisados, un verdadero Zoco construido a pie de playa. Allí, cada día que pasa observamos más inmigrantes convertidos en comerciantes.
Zapatos, ropa, tabaco, comida, e incluso nos cruzamos con una especie de mini cafeterías, un verdadero takeaway donde se realiza café en el momento, listo para llevar.
Comentan que, a primera hora de la mañana, visitan las grandes superficies comerciales de Ceuta, donde compran alimentos básicos como galletas, zumos, atún o leche. Éstos luego se venden a un precio ligeramente superior. Ochenta céntimos es lo que nos costaría un café y un euro y medio un paquete de galletas.
Los que empezaron a comprar productos para venderlos, cuentan que lo hicieron gracias al dinero que sus familias les mandan desde Marruecos.
Gracias a ello, muchos de ellos han podido "emprender" pequeños negocios, reflejando una imagen del Trampolín que, por momentos, recuerda a la de un nuevo barrio.
Allí mismo, alrededor de las improvisadas cabañas y tiendas de campaña, también encontramos una especie de superficie acotada por botellas de agua donde muchos de ellos practican el rezo orientado a la Meca.
Youness, un joven marroquí de 20 años, vende café en una pequeña mesa de madera improvisada. Café local, de la marca Borrás, listo para consumir en el momento gracias a un hornillo que compró para calentar la comida.
Cuando se le pregunta si puede aguantar la situación mucho tiempo más, afirma que cualquier cosa es buena antes que volver a su país de origen.
Youssef, por su parte, tiene 28 años y arma su pequeño puesto sobre una mesa plegable cerca de la gran carpa frente a las duchas instaladas en el Trampolín.
En Marruecos, era conductor de autobús. Lleva un mes durmiendo en el suelo. La esperanza de conseguir una mejor vida es lo único, comenta, que lo mantiene todavía bajo esas precarias condiciones.
Más allá del mercadillo, numerosos son los inmigrantes que también dedican su tiempo a pescar. Se detienen sobre las rocas de la playa y, con una especie de caña hecha a mano, intentan conseguir algo que después puedan cocinar y llevarse a la boca.
La pesca se ha convertido así en otra de las formas de subsistencia dentro de este asentamiento. Allí mismo, sobre el suelo y junto a las improvisadas construcciones, cocinan huevos y, si ese día hay suerte y consiguen pescar algo, también pescado.
La imagen que nos deja esta playa, ya convertida en un asentamiento chabolista, es la de miles de personas que intentan mantenerse como pueden, aguantar hasta el final, bajo la mirada de los vecinos, de los ceutíes, que siguen sin comprender cómo se ha podido convertir lo que era una zona de descanso en todo un nuevo barrio de Ceuta.
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