Uno de febrero. Eran las once de la noche y ya nos íbamos a acostar, cuando me sentí muy mal y se lo dije a mi hija. Como seguía cada vez peor, llamó a la ambulancia, que llegó enseguida para llevarme al hospital. Allí quedé en observación, pero no supe nada más. Cuando volví de nuevo en mí, mi hija me dijo que habían estado allí unos médicos para tratar de reanimarme, ¡y lo consiguieron! Estos ángeles me devolvieron la vida, que se me iba acabando. Tuve señales de que la vida se me iba, pero los médicos lo evitaron y esas señales desaparecieron.
¡Gracias Dios bendito! Que me mandaste a esos ángeles “para que resucitara”.
¡No lo olvidaré!





