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¿Estamos locos o qué?

Me cuenta que él fue a la Academia de don José Bermúdez, una sola habitación, al comienzo de la calle de la Legión, en un edificio que aún se mantiene. El maestro tenía una severa vara de bambú, por lo que los chavales, hacinados en mesas largas, muy gastadas, antiguas, no se atrevían a resoplar por temor a ser sancionados con un fuerte moratón en el trasero, o en las piernas, o en las manos, donde les pillara el estricto don José, que nos les permitía “una”.  Allí se iba a estudiar, para eso pagaban los padres la mensualidad de su escaso salario, y el sacrificio era compartido por toda la familia. Me recuerda además que cuando preguntaba a uno de los grupos, el que no contestaba, pasaba al último puesto y el que sabía la respuesta adelantaba y se sentaba entre los primeros. (Por lo general, las niñas que no iban a hacer carrera  sino a prepararse para un futuro matrimonio, no estudiaban tanto, y dejaban pronto los estudios).
Las mesas tenían el hueco del tintero, para cuando se pasaba del lápiz a la tinta. Y en las mesas podían caber hasta cinco o seis jovencitos, sin moverse para nada más que hacer sus tareas. No recuerda mi interlocutor haber subido nunca al aseo que estaba arriba, en la azotea, pero sí menciona que uno de sus compañeros, cuando lo sacaron a la pizarra, se hizo de lo pequeño y lo grande del terror que le producía el maestro, que no se sonreía para nada con ellos, ni les contaba algún que otro chiste o anécdota graciosa para atraer al joven público y darle algunas dosis de confianza y relax. A mi personaje le debería tener cierta estima, pues jamás le puso una mano encima, como hacía con los otros, para que todo el personal permaneciese callado y estudiando. No había recreo. De nueve a doce y de tres a cinco era el horario habitual. Luego estaban las clases de repaso y quien me lo cuenta, también fue a esas clases, que eran sólo para niños un poco más pudientes.
Don José lo trató siempre como alumno ejemplar y es más, un buen día mandó llamar a su padre, para decirle que allí había aprendido todo lo que tenía que aprender, había llegado con creces al ciclo superior de la Enciclopedia Álvarez, y decía además que el chico debía ir al Instituto para emprender una nueva etapa y seguir con los estudios, pues se le veía apuntar maneras. En otro período de su vida también fue a la Academia Cervantes, en la Plaza Ruíz, eran militares los que preparaban para la Academia de Zaragoza, entonces el boom estudiantil a falta de posibilidades económicas para estudios en la universidad.
De aquella academia salieron generaciones de muchachos ceutíes con la cultura memorística de la época. Había otras academias, por ejemplo, la del Valle, allí don Manuel Cantera nos enseñaba Matemáticas con cierto nivel, mientras no paraba de fumar y echar unos traguitos de agua de su botijo, y distendernos dentro de su seriedad profesional, con algún que otro chascarrillo. En realidad, era lo que se tenía en la ciudad: academias, en sustitución de las escuelas nacionales, muy escasas por entonces. Y la verdad, un mes de junio me llevó mi madre a su colegio del Lope de Vega, de la época de doña Emilia y no pude pasarlo mejor. Pero aquellos centros no reunían calidad de enseñanza alguna, porque después de la Guerra tuvieron que habilitarse maestros sin apenas estudios, por lo que los conocimientos eran muy rudimentarios, se cernían a las cuatro reglas y a la lectura y caligrafía más o menos. Yo en el Lope de entonces, de junio, digo que lo pasé fenomenal, estábamos casi todo el tiempo en el recreo, jugábamos mucho, lo que era muy saludable para pasar una niñez muy divertida y sin complicaciones. Aquella España estaba carente aún de lo que ya en Europa se establecía como criterios de perfeccionamiento y distinción. Aquí había bastante analfabetismo e incultura, éramos unos paletos, porque nadie daba todavía importancia a la educación, ni había dinero para tonterías.
En mi casa se suplía cualquier lujo con tal de que hubiera una mesa grande, que todas las tardes estaba operativa. Desplegábamos los cuadernos para cumplimentar deberes acerca de todas las disciplinas, yo no conocía a mi madre más que totalmente entregada a que sus hijos estuviesen perfectamente formados y maduros. Ella fue una excelente pedagoga.
Era una larga posguerra que se prolongaba en un tiempo sin fin, no había dinero para nada, aquella juventud estudiosa tuvo después la suerte de conseguir empleo en la España de los años sesenta, lo cual ayudó a las familias a salir del tremendo bache en el que nos encontrábamos. Era la época de los “siempre novios”, pues el joven de turno se eternizaba para conseguir una oposición que nunca cuajaba. Aquello es historia y de ninguna manera debemos consentir que se repita en estos tiempos que corren, después que habíamos conseguido un país con unos jóvenes tan cualificados para partir al exterior y dar sus frutos. Y con los jóvenes que tanto les cuesta trabajar, hay que redoblar el esfuerzo, pues al final, aunque les cuesta mucho, consiguen con nuestra ayuda salir airoso y situarse dentro de sus capacidades, en lugares más humildes dentro de la sociedad. Y no hay que olvidarlos, pobrecitos.
Hoy pienso que vivimos otra horrible posguerra, que como en cualquier generación, no la hemos creado los de a pie, sino los inútiles gerifaltes que nos han gobernado, insaciables en lo económico e incapaces para sacar a España de esta nefasta situación que hunde moralmente al personal y lo deja en la ruina, sin motivación y sin alegría. Los acontecimientos se precipitan, caminamos hacia un precipicio de manera absurda. Y la guerra se ha mantenido de forma imparable en el exterior, con un gasto imperdonable de más de un millón de euros al día. Ni que fuésemos unos ricachones. ¿Pero estamos locos, o qué? ¿No podría haberse invertido en educación, investigación y sanidad? ¡Qué fanfarrones con pólvora ajena! Aquella España comenzó campañas de cultura para levantar al país, éramos pobres y lo sabíamos, pero el objetivo se consiguió después de muchos años de lucha, huelgas y reivindicaciones, entre los años setenta y ochenta.
Hoy, con las medidas castigadoras para la Educación, nos vemos abocados a retrotraernos a una escuela simplona, falta de estímulos modernistas, con un exilio juvenil lamentable y un atraso parecido al que se vivió cuando los españoles del arte y la cultura tuvieron que emigrar por temor a ser encarcelados y juzgados por ideas republicanas. La investigación ya no interesa y los que se propongan hacerlo, “que se lo paguen de su bolsillo”, pues vamos de nuevo a la España de la pandereta y la ignorancia. ¿Quién se cree que con estos recortes se mejorará la calidad de la enseñanza? ¿A qué cerebro se le ha ocurrido idear semejante desaguisado?
Es indudable que Zapatero cometió auténticos errores y es culpable, pero tantos urdangarines como han proliferado por todo el país, se han encargado de la traca final para dejarnos en la bancarrota. No importa, pagaremos todo ese desmedido afán de poder y ese desenfrenado enriquecimiento ilícito. La poca vergüenza campea por sus fueros. Y cállate, no hables, que molestas a ladrones de guante blanco. Por todo esto hay que volver de nuevo a la lucha.

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