Categorías: Opinión

Idiomas

Hace algunos años, recordando un viaje que hicimos mi mujer y yo a Cataluña, y en concreto la visita que realizamos en Manresa al domicilio de un matrimonio caballa, ambos nacidos en aquellas casitas de  la Playa de Miramar, ya derribadas,  publiqué una colaboración que, bajo el título ¡Niños, en catalán!,

reflejaba mi sorpresa inicial al ver cómo una madre ceutí reprendía a sus hijos, que regresaban del colegio hablando en castellano, es decir, en español, diciéndoles exactamente esa frase que utilicé como titular del artículo.
Enseguida comprendí el porqué de dicha exigencia. Aunque el idioma materno de los chicos era el español, estábamos en Cataluña, donde para aprender, para ser algo, para encontrar un puesto de trabajo, para vivir normalmente, el dominio del catalán resulta fundamental. Allí, por mor de los sentimientos nacionalistas oficialmente imperantes, no hay porvenir si no se habla en catalán. Por esa razón, y solo por ella, nuestra paisana ordenaba a sus retoños que dejaran de hablar en castellano, el idioma oficial de España, marginado en aquella comunidad autónoma.
El pasado jueves visitó Ceuta el Ministro de Educación, José Ignacio Wert, quien –entre otras cosas– dijo que tanto aquí como en Melilla había que mejorar la competencia lingüística en la edad temprana, porque en caso contrario será imposible mejorar los resultados académicos. Aunque añadió que “somos los primeros en estar preocupados y los responsables de conseguirlo”, pienso que, habiendo acertado en el primer diagnóstico,  se equivocó en el segundo, porque esa responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre la comunidad educativa, que por sí sola carece de la capacidad necesaria para tal fin, sino de modo muy concreto sobre los padres. En los hogares donde la lengua materna no es una de “las demás lenguas españolas” de las que habla el artículo 3.2. de la Constitución, los que deberían tratar de que sus hijos lleguen al colegio con suficientes conocimientos del español son los padres, y mucho más cuando posean la nacionalidad española. Aquel “¡Niños, en catalán!” que oí en la casa de una familia ceutí, allá en Manresa, tendría que trocarse en Ceuta y en Melilla por un “¡Niños, en español!”.
Sé que estoy propugnando algo muy difícil de conseguir. Pero mientras los alumnos de Primaria entren en el colegio sin unos básicos conocimientos de la lengua oficial del Estado, y mientras curso tras curso sigan hablando en casa solo en dariya, será tarea de titanes conseguir mejores resultados académicos de los que ahora se producen en estas dos ciudades. Los educadores podrán intentar paliar la situación, pero sin el esfuerzo de los padres poco se logrará.
Solamente me resta dedicar algunas palabras a las concentraciones producidas con motivo de la visita ministerial, tanto ante la Biblioteca del Estado como en el Campus universitario. Me consta que la figura de José Ignacio Wert es muy controvertida, que su política es objeto de críticas, en muchos casos acerbas. Le ha tocado una época compleja, marcada por la necesidad de hacer recortes para ir aminorando el déficit anual de las cuentas públicas, y además se ha atrevido a propiciar una discutida Ley de Educación que choca con el modelo impuesto por los sucesivos gobiernos socialistas. No ha podido realizar inversiones, no ha podido mejorar retribuciones, no ha podido ampliar plantillas…
 Resulta hasta cierto punto lógico que exista malestar entre los educadores. Pero de ahí a llegar al insulto soez o a las pancartas injuriosas, va un trecho que nunca se debió recorrer. Wert vino a Ceuta por su propia voluntad, para conocer “in situ”, oyendo a las autoridades, su especial problemática, y para ofrecer la colaboración del Ministerio en orden a su resolución. De sobra sabe que existen quejas del profesorado acerca de la falta de nuevos centros, la masificación en las aulas, las labores burocráticas, los recortes, etc. Conoce el inaudito –por elevado– índice de natalidad que se produce en una ciudad donde, con unos 83.000 habitantes,  hay 13.000 parados. Solo ahora, que parece vislumbrarse el final de la crisis, puede hablar de futuras inversiones, Resulta absolutamente rechazable que a un forastero –y, por añadidura, ministro– venido con la mejor  intención, se le haya dado un trato tan absolutamente falto de educación y tan impropio de una ciudad hospitalaria, como siempre ha sido Ceuta, a la que un alto cargo del primer Gobierno de la monarquía que nos visitó hace 40 años, llamó “la ciudad de la cordial acogida”. Y aún resulta peor, al haber educadores entre los maleducados que gritaban. ¡Qué paradoja!

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