En el nicho número 85 de la Galería de Santa Irene. Allí descansa para siempre el cuerpo del joven subsahariano que fue encontrado muerto en la playa de Juan XXIII la madrugada del viernes. Llevaba, según la autopsia efectuada, unas seis semanas muerto. Cuando la Guardia Civil lo recuperó todavía tenía amarrado a su cuerpo el flotador con el que intentó su pase a Ceuta.
De él nada se sabe. Es imposible averiguar quién es. Solo que se trataba de un varón joven, cuyo periplo clandestino terminó en Ceuta.
Hoy ha sido enterrado en el cementerio de Santa Catalina. Con la sola presencia de los enterradores y los responsables de la Funeraria Cuatro Culturas. Sus restos se quedan para siempre en un nicho sin identificar, como tantos otros jóvenes enterrados en el camposanto.
Muy cerca de él descansa Brenda, a unos pasos Paul Charles, también está el nicho ya vacío de Ndiwa Saw... Tantas y tantas vidas perdidas, muchas sin nombre conocido, historias rotas por las fronteras. Historias marcadas por la tragedia.
Este joven buscó un futuro mejor, dejó África y puso su vida en manos de una cámara neumática con la que pensaba iba a mantenerse a flote. El mar, ese que se ha tragado tantas vidas, le arrebató sus sueños. Otra muerte más de la inmigración.
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