No sé dónde estoy ni lo que me ocurre… Sólo puedo decir entre otras cosas que he pasado unos días muy tristes y amargos, sola y en un lugar desconocido para mí… He pasado calor y frío, hambre y mucha sed, pero sobre todo mucho miedo… un miedo atroz al sentirme enferma y sola, sola entre esas tinieblas matutinas que hacían cerrar mis ojos… Pero voy a presentarme antes de continuar: soy una perra joven, de raza setter, color blanco y marrón; mi nombre… puede ser el que tú quieras, a partir de ahora, si es que quieres llevarme a tu casa para cuidarme y quererme… Soy sociable y cariñosa, pacífica y bien educada, por eso no acabo de comprender qué ha ocurrido con mis dueños, porque yo… ¡los quería tanto! He esperado días y noches, con la esperanza de verlos aparecer para llevarme con ellos, pero no ha sido así y mi corazón se fue inundando de una gran tristeza y de una gran angustia…
La gente pasaba y me miraba con curiosidad, pero no hacían nada más que eso: ¡mirar! Hace dos días, entre toda esa gente que va a la playa, vi que se acercaba a mí un grupo de cinco personas, eran tres señoras y dos chicas jóvenes y sentí cómo se compadecían de mi situación… Yo estaba echada, como ya llevaba varios días, debajo de un automóvil, buscando sombra y protección y, a pesar de mi gran debilidad, oí, noté y sentí que me hablaban con gran compasión y cariño; yo las miré y con un leve movimiento de mi cola, les agradecí infinitamente esas muestras de amistad, que me brindaban y esas caricias que hicieron palpitar mi corazón con nuevas esperanzas… Estuvieron hablando con dos “ellos” a los que “ellas” llamaron “guardias civiles”… y creí entender que iban a avisar para que viniesen a recogerme, inyectarme y así acabar con mis sufrimientos. Han pasado dos días más. Así, triste y sola, esperando… siempre esperando… hasta que hoy las he visto volver y he sentido una gran alegría al recibir de nuevo sus caricias y reconocer el timbre de sus voces cariñosas. Estaban también los dos “ellos” vestidos de caqui, que tenían un coche grande y que fueron buenos conmigo, por no avisar para que me llevaran “allí”… Me rodearon, me miraban y yo sentía cómo aquellas manos cálidas que me acariciaban, me daban ánimos… “Ellas”, mis amigas, se dieron cuenta cómo mis ojos les estaban pidiendo ayuda y protección… entonces una de ellas, con una gran ternura, cogió mi cabeza sucia, maloliente, llena de espinos, y la retuvo entre sus manos largo rato, mirándome con los ojos humedecidos; yo la observaba y me hizo feliz su ternura hacia mí, pero ella lloraba… ¡¡lloraba y sufría por mí!! Después hablaron todos… no sé qué… y las vi alejarse en un automóvil amarillo, entonces volví a sentir miedo y angustia. Había también dos personas buenas que ellas llamaron “muchachos”, que me bajaron a la playa para limpiarme un poco y quitarme algunos de los pinchos que tanto molestaban mis orejas; lo hacían cuidadosamente, procurando no hacerme daño. Ellos también me habían estado alimentando de vez en cuando, cuando tenían algo que darme y así me mantenía con vida, pero yo necesitaba algo más, necesitaba a alguien que me recogiera… De pronto… ¡¡las vi volver!! Y, aunque quise levantarme para salir a su encuentro, no pude, tanta era mi debilidad. Cuando se acercaron a mí hablándome con palabras cariñosas, yo estaba tan feliz, que intenté subirme (mis amos también tenían uno), pero fue un intento vano, porque me faltaban las fuerzas. Entre los “muchachos” buenos y aquellos hombres de caqui, me subieron al coche de mis protectoras y comprendí que me llevaban a algún sitio, no sé… quizás para curarme y quitarme esos dolores que padecía. Dentro del coche, mis protectoras me envolvieron en una cosa grande y blanca, que agradecí mucho, porque estaba mojada y tenía frío, mucho frío. Con gran cuidado, acariciando mi cabeza y mis sucias orejas llenas de bolitas espinosas, me llevaron a otro lugar desconocido, que de momento me inspiró temor, pero que no obstante mi instinto presintió que querían ayudarme. Me introdujeron en una habitación, donde me subieron a una mesa y unas manos grandes, fuertes, suaves y llenas de gran humanidad, palparon mi cuerpo dolorido al mismo tiempo que sentí cómo una voz me hablaba suavemente, explorando las causas de mi dolencia. Poco a poco me fui calmando y miré a aquel hombre bueno de manos suaves y vi que tenía los ojos como el color del cielo y que mis dos amigas lo llamaban “veterinario”. Me dejaron allí en aquel lugar, porque oí decir que me tenían que mirar por un aparato, para ver qué daño tenía en mis huesos y que al día siguiente volviesen mis protectoras, para saber el resultado de todo aquel reconocimiento. ¡”Ellas” han venido a verme! ¡Las he vuelto a ver! Han venido a saber cómo estoy y lo que me ocurre y le han preguntado al hombre de las manos suaves qué es lo que me pasa y he oído algo así como “luxación”… rotura de fémur… ¿qué será eso? Me ha palpado una de las extremidades traseras donde me duele tanto y ha dicho “vendaje” y “yeso”. “Él” me ha pinchado, no para hacerme daño, sino para calmar mis dolores. Yo no sé qué me van a hacer y tengo miedo, pero el hombre bueno de las manos suaves le ha dicho a mis amigas que no es grave y que me curaré. Yo sé que dice la verdad, porque él también me está empezando a tomar afecto… se lo noto cuando me mira y además me llama “bonita”, igual que me llaman “ellas”. Después de acariciarme con cariño, mis protectoras se han vuelto a marchar, pero yo sé que volverán otra vez.
A los dos días me llevaron otra vez a aquella habitación y cuando desperté, después de hundirme en un sueño durante mucho tiempo, noté que la pata que me dolía tanto, me la habían inmovilizado con algo que me pesaba mucho. Quise incorporarme, pero no podía… ¡era tanto el sueño que me invadía…! y además, aquel peso en mi pata… Así que pasé cuatro o cinco días, hasta que aquel pesado sueño me fue pasando y pude ir incorporándome poco a poco, hasta que logré ponerme en pie y luego ir caminando despacio por aquella habitación grande, donde me habían dejado para que fuera tomando fuerzas. Ellas no dejaban de visitarme, acariciándome y acompañándome; me llevaban leche y carne para alimentarme y para que fuese adquiriendo fuerzas. Noté que en aquel lugar había un olor extraño y desconocido para mí: era raro, pero no desagradable y de vez en cuando llegaban a mis oídos unos extraños “gemidos” y cuando por fin pude salir fuera de aquella habitación, vi que en aquel patio grande había unos animales grandes que “ellas” llamaban “caballos” y que yo creí que eran perros grandes, pero con otro olor diferente a los de mi raza. Supe después que a ese lugar donde me llevaron, se llama “Cría Caballar”, y que por allí vi a algunos más de mi raza, lo que me alegró.
Empiezo a encontrarme bien en mi nueva vida, dentro de aquella gran casa donde tengo libertad para ir donde quiero, aunque estoy algo desorientada aún y recuerdo a mis dueños… Me hallo rodeada de mis amigos buenos que me cuidan bien y ya no extraño a los “perros grandes”, a los que empiezo a conocer.
¡Hoy las he vuelto a ver! Yo sé que son “ellas”, porque me llaman “Bonita” y me acarician mucho, cogiendo mi cabeza entre sus manos… ¡y yo me siento tan feliz…! No sé decir cuál de las dos me quiere más, pues me demuestran su cariño por igual. Me acababan de bañar cuando llegaron y sentía un poco de frío, pero sé que el baño es bueno para mí, porque… ¡me sentía tan sucia…! Oí decir al hombre bueno de los ojos color de cielo, que me iban a pasar por las orejas una cosa llamada “cepillo” para quitarme esas bolitas con pinchos que me molestaban tanto. También dijo otra cosa que me preocupó y es que me van a cortar el pelo. “Él” dijo que sería lo mejor para hacerme desaparecer esa suciedad que ha quedado endurecida y pegada a mi piel, a pesar de haberme lavado con una cosa que “ellos” llaman “champú”. Como estuve tantos días tirada en el suelo sin poderme mover, por eso estaba sucia… Dicen los hombres que me cuidan que por la expresión de mis ojos notan que lo he pasado muy mal y eso es cierto… ¡Si supieseis cuánto he sufrido, abandonada y enferma…! Sí, mi amo me abandonó un día que regresé a casa, herida por un automóvil que me atropelló, rompiéndome una pata y arrastrándome como pude, llegué hasta allí, pero ya no me quiso y me echó… yo lo miraba suplicante, pues sentía mucho dolor en mi pata, pero él no se compadeció y me abandonó a mi suerte… y mi suerte fue deambular de acá para allá, con mi pata inerte, sin saber dónde ir, hasta que agotada y dolorida, con hambre y sed, me dejé caer en aquel lugar, de donde me recogieron aquellas buenas personas que me ayudaron a vivir. Ahora ya empiezo a encontrarme bien y hasta contenta, porque he visto que hay “ellos” y “ellas” que se han preocupado por mí, por mi vida, que ya se iba apagando. He tenido mucha suerte en que unas personas buenas, con su cariño hacia los animales, me hayan protegido, sino… ¿qué hubiese sido de mí? De tan sola y abandonada que estaba, me he encontrado de pronto con las que ahora son mis protectoras, que me cuidan. Creo que me quieren y procuro demostrarles mi cariño y mi agradecimiento como sé y puedo, como es dar algunos saltos, mover mi cola alegremente… mirarles fijamente, poniendo todo el amor de que soy capaz en esta mirada, mientras “jadeo” alegremente, porque me siento feliz; mis amigos se dan cuenta de que quiero demostrarles mi amir y mi agradecimiento y sonríen. Ya no me siento sola y me ayudan a olvidar los angustiosos e interminables días pasados sufriendo hambre, sed, dolores… soledad, mientras notaba que mi vida se acababa por momentos. También sufrí la gran tristeza de no ver, no sentir el olor de mis dueños, pero ya no los echo de menos.
Pasados tres meses, durante los cuales mis protectoras no dejaron de venir a traerme alimentos y a acompañarme, me quitaron aquel peso de la pata, y ya pude andar libremente, aunque todavía sin apoyarla en el suelo, porque aún parecía sentir aquel peso y no me atrevía a poner firmemente mi pata sobre el terreno.
Una vez curada, no podía seguir allí, y estaba preocupada sin saber dónde me llevarían ahora. ¿Sería alguna de “ellas” mi nueva dueña? Cuando de nuevo me subieron al coche (todavía no podía subirme sola), presentía que una de mis protectoras me llevaría a su casa y me adoptaría, como así fue. Cuando entré en lo que sería de ahora en adelante mi hogar, salió a mi encuentro un compañero, más grande que yo, de otra raza; me olió curioso, “enarbolando” las orejas; coqueteé con él, juntando mi hocico con el suyo y seguidamente me adentré en la casa, curioseándolo todo. Me pusieron un poco de comida y agua y luego me ayudaron a subir otras escaleras, que llevaban hasta la azotea. En uno de los lavaderos, tenía preparada mi “habitación” con un colchón y una manta para que no pasara frío. También había un cacharro para comida y otro para el agua. Aquí estaría bien cuidada y alimentada; me encontraba a gusto allí. Me dejaron la puerta abierta para que pudiese entrar y salir con toda libertad a hacer mis “necesidades”. Todos los días subía mi protectora dos o tres veces, a llevarme comida y a hacerme un rato de compañía, lo que me hacía feliz. Solía sentarse en el suelo y entonces yo apoyaba mi cabeza sobre sus piernas, sintiéndome acariciada suavemente, cosa que agradecía y me hacía sentir contenta. Cuando dejaba de acariciarme, entonces yo con un suave impulso de mi hocico hacia sus manos, le indicaba que me siguiera acariciando, lo que la hacía sonreír y comprensiva, repetía las caricias sobre mi cabeza. Así pasaban los días, fortaleciéndome cada día más. Solíamos bajar a la calle, para dar un paseo y así hacía ejercicios, para que mi convaleciente pata fuese adquiriendo fuerza, aunque de vez en cuando, por la fuerza de la costumbre, andaba a “pata coja”, hasta que me daba cuenta que ya podía andar normalmente. Al regresar, me cansaba subir la escalera y tenía que ayudarme mi ama e incluso me cogía en brazos para que no me fatigase. Así pasaban los días hasta que…
¡Pobre Mara! Una mañana, cuando fui a subirle su alimento, no hizo caso, ni levanté la cabeza; intenté darle la leche, pero no quiso, por más que insistí, volvía la cabeza una y otra vez, y no conseguí que tomara el alimento. Así pasaron tres o cuatro días, hasta que me convencí que a “Mara” le pasaba algo grave. La llevé al veterinario, pero apenas podía tenerse en pie, teniendo que pedir ayuda para que la entraran en brazos. Cuando fue reconocida, el veterinario hizo un gesto bastante elocuente… cuando acercando su nariz a su boca, olió su aliento. Entonces, al preguntarle con la mirada, dijo que estaba grave, que por dentro debía estar muy mal, porque olía a podrido, que era algo incurable y que la cura era muy difícil, por no decir imposible… ¿Qué hacer…? Si no se iba a curar y su sufrimiento iba a ser terrible… ¡Dios mío! ¡pobre “Mara”! Los ojos se me llenaron de lágrimas, pero ¿qué podía hacer?... Allí se quedó para siempre…
Aún la recuerdo… con aquellos ojos casi humanos, que me “hablaban”, pidiéndome caricias… pidiéndome que me quedara con ella, que no me marchara de su lado… Pero te marchaste tú, porque fuiste una criatura nacida para sufrir…





