Así comenzaba el famoso discurso de Martin Luther King cuando expresó su deseo de un futuro en el que personas de raza negra y blanca pudieran coexistir armoniosamente y en igualdad. Este discurso fue pronunciado el 28 de agosto de 1963.
Ese mismo sueño es el que compartimos muchas personas en esta ciudad, la nuestra, la de tod@s. Una ciudad que presume en innumerables eslóganes de la convivencia entre cuatro culturas diferentes —en credo, costumbres y tradiciones—, pero que nos une, para fortuna de algunos o desgracia de otros, el haber nacido en el mismo lugar, bajo la misma bandera y respirando el mismo aire.
Muchos hablan de convivencia y otros de coexistencia.
Mientras que la convivencia se basa en el respeto y el reconocimiento mutuo de las personas que la conforman, superando las diferencias, la coexistencia se limita al mero hecho de compartir espacio sin establecer relaciones significativas entre los diferentes colectivos sociales y culturales que cohabitan en un mismo tiempo y lugar.
Estos dos conceptos se entremezclan al hablar de Ceuta. Nunca queda claro dónde termina uno y empieza el otro.
Entre ambas ideas existe una delgada línea, a veces invisible y otras palpable en el ambiente, en el día a día, en las actitudes de ciertos personajes que dejan mucho que desear.
Mientras muchas personas luchamos por una convivencia real, otras se dedican, cuerpo y alma, a levantar muros, construir vallas y sembrar obstáculos para impedir que esta convivencia se materialice.
"Esta situación, que parece sacada de otra época, es tristemente real, tangible y absolutamente surrealista"
Desde la irrupción de la extrema derecha en nuestra ciudad, much@s vivíamos engañad@s o, simplemente, no queríamos ver lo evidente: reconocer que ciertos conciudadanos, quienes comparten nuestro espacio, no soportaban hacerlo.
De la noche a la mañana, tras la entrada de un partido radical que ganó escaños difundiendo soflamas y discursos de odio contra las creencias, tradiciones y costumbres de la mitad de nuestra sociedad, empezaron a aflorar los verdaderos sentimientos de muchas personas. Sentimientos que antes reprimían por ser "políticamente incorrectos", pero que ahora, amparados por este partido xenófobo, exhiben sin pudor.
Esta situación, que parece sacada de otra época, es tristemente real, tangible y absolutamente surrealista. En lugar de evolucionar como sociedad —con más herramientas que nunca para adquirir conocimientos y progresar—, estamos involucionando hacia tiempos oscuros en los que se condenaba y juzgaba a las personas por ser diferentes, por pensar distinto o simplemente por tener otro color de piel o credo.
Todo esto surge a raíz de un "tweet" en el que una señora, que además es docente en ejercicio, faltaba al respeto a miles de ciudadanos —en su mayoría musulmanes— que ejercían su derecho a manifestarse contra un genocidio. Los calificó de "borregos" e "ignorantes", y, por si fuera poco, expresó su deseo de que se marcharan al país que está sufriendo la masacre. Me pregunto si también pediría lo mismo a quienes condenan y se manifiestan contra la guerra en Ucrania.
Resulta alarmante pensar que una persona así esté trabajando a diario con menores. Nos lleva a reflexionar seriamente sobre qué tipo de valores y educación puede transmitir alguien que alberga tanto odio y xenofobia. Una profesión tan digna e importante como la enseñanza debería contar con los filtros de acceso más exigentes: una nota de corte altísima y, sobre todo, exámenes psicológicos que aseguren que quienes educan a las futuras generaciones posean los valores adecuados.
"¿Quién me asegura que el médico, la enfermera, el policía o el funcionario que me atiende no comparten esa ideología xenófoba y me traten de manera poco profesional?"
Este hecho me eriza la piel. ¿Quién me asegura que el médico, la enfermera, el policía o el funcionario que me atiende no comparten esa ideología xenófoba y me traten de manera poco profesional? ¿O simplemente será un mal día, como cualquiera puede tener? Son dudas legítimas que surgen ante situaciones como esta, sin olvidar la cantidad de comentarios cargados de odio que pudimos leer tras la manifestación del pasado viernes 25.
Por todo ello, cabe preguntarse en qué se está convirtiendo nuestra ciudad, o en qué pretenden convertirla aquellos que presumen de patriotismo, cultura y libertad, pero cuyos valores brillan por su ausencia. Se han perdido los principios esenciales de una sociedad democrática: el respeto a la pluralidad, la tolerancia y la aceptación de las diferencias culturales, de pensamiento y de forma de vida.
Quienes seguimos luchando y creyendo en una convivencia real y posible entre las distintas culturas que conforman esta ciudad, sabemos que, para lograrla y no quedarnos en una simple utopía, es fundamental fomentar el verdadero significado de la palabra convivencia.
Debemos dejar claro a quienes intentan dinamitarla mediante el odio y la división que, quien quiera vivir en esta ciudad, debe aprender a compartir un mismo espacio y entorno, respetando a tod@s por igual, porque la mayor riqueza que tenemos como sociedad es, precisamente, nuestra diversidad.
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