Hay días felices, días grises, días de esperanza, días de triunfos, días de Amor, Días D, días de mierda y hay “días de esos”…como el de hoy.
Los “días de esos” son esas jornadas en los que la añoranza se apodera de tu cuerpo, de tu alma, de tu respiración, de tu todo.
Es curioso, pero la nostalgia empieza con mal pie en el mundo de la ciencia. La definición en sí se forja en 1688 por el estudiante de medicina suizo Johannes Hofer. Entonces, se le considera una enfermedad médica o neurológica que va asociada a síntomas debilitantes como desánimo, anorexia, fiebre y dolor. Este concepto persiste durante siglos, evolucionando hasta ser vista como un trastorno psiquiátrico o una forma de depresión.
Esta es la definición científica.
Y después tenemos la que le da Nathan Filer (1980), un poeta y documentalista británico:
“Voy moviendo el recuerdo por el apartamento de un lado a otro, como si fuera un mueble o un cuadro que no sé dónde colgar”.
La añoranza es como las hojas muertas, se amontonan con el tiempo, inevitablemente…
Y en esas estamos, añorando.
Cuando el barómetro emocional marca bajas presiones, nos parece, como Jorge Manrique, que cualquier tiempo pasado fue mejor. Sin embargo, nunca caemos en la cuenta de que esos mismos tiempos pasados también, a su vez, tuvieron pretéritos anteriores. Como quiera que la primera misión de la memoria es olvidar, solemos dejar atrás esas parcelas de horas en las que sufrimos lo indecible, en nuestra carne o en el alma profunda, para dejar paso a la añoranza.
- Añoranza de tiempos en los que, como cantaba Brel, el rojo y el negro se desposan al final de cada día pero que, a su vez, marcan un nuevo inicio.
- Añoranza con unas fotografías en blanco y negro que te arrastran hacia aquellos amaneceres en los que nos teníamos el uno al otro, siempre.
- Añoranza de puños alzados y de corazones al viento cuando creíamos que aún todo era posible.
- Añoranza de un océano infinito en el terminaban desembocando todas nuestras esperanzas para crear temporales con olas de Revolución.
- Añoranza de unas barricadas de mayo que pudieron cambiar la historia y que quedaron como tristes revueltas estudiantiles.
- Añoranza de esos años en que muchos hombres y mujeres transformaron la Vida, porque no sabían que era imposible, al grito de “nadie es más que nadie”.
- Añoranza de esas miradas que se estrellaron, sin saber muy bien por qué, contra tus sentimientos hasta provocar un estallido de supernova.
- Añoranza de esos abrazos que nunca pudimos volver a dar.
- Añoranza de esa conversación pendiente que quizás jamás podrá tener lugar.
- Añoranza de cuando descubrimos que en “Le Petit Prince” de Saint-Exupéry o en “La Peste” de Albert Camus estaban (y están) todas las claves.
- Añoranza de esas nanas y cuentos que nos transportaban a universos del revés.
- Añoranza de un mundo en el que, como canta Maxime Leforestier, el óxido sólo corroa las rejas.
- Añoranza de ese rincón que te protege de todo mal.
- Añoranza de una Educación en la que la premisa era “no envenenéis la infancia” de Ferrer i Guardia.
- Añoranza de ese olor a mar que persigo y me persigue en las costas de Ceuta, pero que me transporta siempre a las tierras normandas de Guillermo el Conquistador.
- Añoranza de un color negro portado por tantas injusticias contra los de siempre.
- Añoranza de “aquellos” trenes que te llevaban, fueses donde fueses, a esas tierras extrañas con improvisados y desconocidos compañeros de viaje aún más extraños pero mágicos y geniales.
- Añoranza de ese momento, que nunca llega, en el que todos nos podamos considerar hermanos y hermanas.
- Añoranza de ese beso que sabe a espuma de olas de Levante.
- Añoranza de una tierra en la que se pueda amar, pensar, aprender o sentir sin yugos, flechas o morales castrantes.
- Añoranza de cuando no nos daba igual que niños se muriesen de hambre o reventados por bombas “liberadoras”.
- Añoranza, finalmente, de Ti y de mi cuando éramos dos pensamientos cogidos de la mano, como sólo lo saben hacer un padre y una hija.
Mi Mañica preferida, a que le gustaba Jacques Prévert, recordaba los versos del poeta y su eterna colilla, cuando en su texto “Las hojas muertas” declamaba…
“Cuánto me gustaría que te acordaras
de los felices días de cuando éramos amigos
En aquel tiempo la vida era más bella
y el sol más abrasador que ahora
Las hojas muertas se juntan a montones...
Los recuerdos y las añoranzas también
y el viento del norte se los llevaba
en la noche fría del olvido
No he olvidado la canción
que tú me cantabas
Es una canción que nos une
Tú me amabas
y yo te amaba
y vivíamos los dos juntos
tú que me amabas y yo que te amaba.
Pero la vida separa a los que se aman
muy despacio
sin hacer ruido
y el mar borra en la arena
los pasos de los amantes separados”
Pero, y si la añoranza no fuese más que anhelos aplazados, ¿a qué esperamos para cumplirlos y se transforme en hechos recordados?
Una vez más, la reflexión es suya.
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