Sociedad

Historia del Colegio de Guardias Jóvenes

“Para premiar así en los hijos las virtudes de sus padres” Duque de Ahumada

El 17 de diciembre de 2007 se constituía en nuestra Ciudad la Delegación Provincial de la Asociación de Antiguos Alumnos de los Colegios de la Guardia Civil. Esta Asociación, de carácter benéfico, cultural, social y deportivo, se crea en 1949 y está formada por antiguos alumnos de los Colegios de la Guardia Civil: Duque de Ahumada, Infanta María Teresa y Marqués de Vallejo “Juncarejo”, (huérfanos).

Pretendemos con esta colaboración recordar a la sociedad caballa la Historia del Colegio de Guardias Jóvenes “Duque de Ahumada” así como diversas curiosidades de los integrantes de esta Asociación denominada “Polillas”

La fundación del Cuerpo

El 10 de octubre de 1844 poco más de dos millares de hombres, soldados escogidos entre lo más valeroso del Ejército a los que el Duque de Ahumada convirtió en nobles y austeros guardias civiles, echaron a andar por los caminos de España iniciando así una leyenda que, con el tiempo, llegaría a ser de conocimiento universal.

Iniciadas sus primeras actuaciones, pronto se ganó la estima y la confianza de las personas honradas. Un cronista de la época retrataba así a la Guardia Civil: Es como una familia numerosa, ligada, voluntariamente, por los vínculos de la regla y disciplina más severas y dedicada sin medir riesgos ni fatigas, a velar por la seguridad de todos y a dar su propia vida por salvar a la del prójimo en inundaciones, incendio y demás situaciones luctuosas.

Compañía Guardias Jóvenes

Para premiar, sin dudas, las virtudes de aquellos primeros guardias civiles, muchos de ellos casados y con numerosa familia, el Duque de Ahumada encontró un medio que recompensará en los hijos los servicios de los padres, poniendo en marcha un establecimiento de educación y enseñanza, más que un asilo y menos que una academia.

En virtud de Una Real Orden del día primero de abril de 1.853, en el Cuartel de la Guardia Civil de San Martín, en Madrid, se crea la "Compañía de Guardias Jóvenes".

A los doce primeros alumnos de la Compañía se les acomodó en Pinto, localidad cercana a Madrid, durante el verano de 1.853. Finalizando el año, el número de alumnos era ya de treinta, todos ellos huérfanos o hijos de guardias civiles no aptos, como resultas de actos llevados a cabo en el servicio. Basándose en la necesidad del juramento de ordenanza de los Guardias Jóvenes, por Real Orden de 8 de marzo de 1854 se dotó de Una Bandera al Cuerpo, como representación simbólica de la Patria.

La Uniformidad de los guardias jóvenes consistía: Schacós-ros, con chapa y presilla de metal dorado y cardan blanco; gorro cuartelero; levita azul turquí, abrochada con dos carreras de botones, con cuello y vueltas encarnadas y presillón blanco; corbatín de suela, zapatos abotinados; chaqueta de paño de color azul gris, con cuello encarnado y botón liso de metal blanco; pantalón de paño igual al de la chaqueta. El equipo constaba de una fiambrera de hojalata, una bolsa de aseo, dos cepillos de dientes, y un arca para la ropa.

El armamento para quienes tenían edad para usarlo lo integraba la carabina igual a la usada por la Caballería, cartuchos y ceñidor de correaje parecido al de la Infantería.

A un servicio de armas en el interior del Colegio se limitaba la prestación de servicios, y solo por los de mayor edad. Como en cualquier otro centro de formación militar, el horario de trabajo del guardia joven era amplio y muy completo. Se tocaba diana a las siete de la mañana y silencio a las ocho o nueve de la noche, dependiendo de la estación del año. Debían asistir a la Santa Misa los días festivos, rezar el Rosario todos los días y confesarse, al menos una vez al trimestre. Las visitas se reducían a los domingos, de once a trece horas, y se les prohibía que recibieran dinero y otros afectos sin la autorización del responsable de la Compañía.

El plan de estudios se dividía en dos grupos. Al primero correspondía los ejercicios de lectura, escritura, doctrina cristiana, gramática castellana, aritmética y gimnasia; los Reglamentos y ordenanzas militares hasta las obligaciones del Sargento 1º, táctica hasta la instrucción de Compañía y la Cartilla del Cuerpo. Una iguala con el médico de la localidad más próxima y la habilitación de una enfermería, a la que atendían dos alumnos mandados por un guardia 1º, aseguraban el cumplimiento de las prescripciones del galeno.

Los gastos iniciales y mantenimiento del Colegio fueron asegurados con la concesión del gobierno, de los haberes de cuarenta y nueve guardias segundos. Los Oficiales, Clases y Tropa allí destinados, lo recibían de sus respectivos Tercios.

El Coronel Director debía cuidar de que el trato que recibieran los Guardias Jóvenes dentro del régimen militar fuera cariñoso y prudente, encaminando sus esfuerzos a que los jóvenes adquieran el grado más alto de robustez física, cultura intelectual y moral, y que se les inculcara a los alumnos hábitos y costumbres militares para obtener la nobleza de sentimientos, veracidad y respecto al superior, amor al trabajo, creencias religiosas, idolatría por la Patria y veneración del honor, que son inherentes a toda institución militar. Poco o nada ha cambiado desde la creación del Colegio hasta la fecha.

Apelativo “Polilla”

En relación al apelativo cariñoso de “polilla” con el que se identifica a todos los alumnos de Guardias Jóvenes, ya sean colegiados o ex-alumnos, corren varias versiones, dejando constancia de la siguiente: Se cuenta que, hace muchísimos años, con motivo de una revista al Colegio, El General Inspector del Cuerpo observó un diminuto agujero en el pecho del uniforme de un jovencísimo alumno, casi un niño. Al serle preguntado las causas del desperfecto, el chiquillo respondió con desparpajo; "Señor, debió ser alguna polilla; lo digo porque anoche no lo tenía". A lo que añadiría el General, con infinita ternura; "Tú sí que estás hecho un buen polilla".

Al finalizar la revista fue recibido por Jefes, profesores y resto de compañeros con el mayor entusiasmo y apremio. Este joven alumno, aunque nunca pudo imaginar las consecuencias que tendría al conjurar aquellas palabras, es merecedor de todo nuestro reconocimiento, al habernos patentado, con su feliz idea, con ese apelativo Polilla.

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