Un año electoral es tiempo de propuestas de cambios. Y nada más discutible (y siempre discutido) que el método de representación de los ciudadanos. En el primer discurso de investidura celebrado en el parlamento andaluz, la actual presidenta en funciones se mostró partidaria de reformar el sistema electoral, cambiando si es necesario la Constitución, para que las listas sean desbloqueadas y las alcaldías y las presidencias, tanto autonómicas como nacional, elegidas por sufragio universal, y, si es necesario, en una segunda vuelta para obtener mayoría absoluta. Es curioso que esta iniciativa se presente ahora por la lideresa socialista cuando solo hace unos meses la dirección de su partido se negaba siquiera a debatir una propuesta muy similar de Mariano Rajoy para garantizar que se permitiera gobernar a la lista más votada. Cosas de socialistas. O de la rebeldía andaluza….
Pero el debate no se plantea únicamente en nuestro país. En Italia acaban de aprobar una reforma de su sistema electoral. Italicum le han llamado. La nueva ley supone una auténtica revolución para el sistema político italiano, porque sus partidos se verán sometidos a nuevas reglas del juego: la fundamental es que los partidos más fuertes, y no las coaliciones, podrán obtener por sí solos la mayoría y gobernar sin necesidad del apoyo de los pequeños partidos, como hasta ahora ha ocurrido en Italia. Es realmente sorprendente que la base del Italicum sea el sistema electoral español, modificado para adaptarlo a las exigencias de los partidos italianos. Se trata de un sistema mayoritario con segunda votación si ningún partido alcanza el 40% de los votos. Está prevista la atribución de la mayoría de los escaños de la Cámara de Diputados a la lista que obtiene al menos el 40% de los votos. Para el partido que alcanza este umbral, el “premio” consiste en 340 escaños sobre un total de 630 de la Cámara, es decir, el 55 % de los escaños totales. Los partidos perdedores se reparten el resto de los escaños, proporcionalmente a los votos obtenidos. Es toda una reforma a favor de la gobernabilidad y la estabilidad en un país como Italia en el que la media de vida de los gobiernos no supera el año. Una reforma que , sin duda, no favorece a los partidos pequeños. Italia necesita estabilidad y para ello quiere fortalecer a los grandes partidos.
Y sin embargo en España la crítica al bipartidismo es constante. Algunos le achacan todos y cada uno de los males de nuestra situación política. Voces interesadas, sin duda, en barrer para su propio terreno, obviando las muchas aportaciones que el apoyo continuado (y absolutamente libre) de los españoles a dos fuerzas políticas, de centro derecha y de centro izquierda, ha proporcionado a nuestro país. Y además de escuchar propuestas de reforma, venimos asistiendo a una constante y ácida crítica a nuestro sistema electoral. Los más radicales acuñaron incluso aquel grito fascista de “no nos representan”…
¿Cómo hemos llegado hasta este punto? Para responder es necesario examinar nuestra historia más reciente. Los políticos de la Transición tenían procedencias muy diversas: unos venían del franquismo, otros del exilio y otros estaban en la oposición ilegal del interior. Ellos tomaron dos decisiones trascendentales que dieron forma a la clase política que les sucedió. La primera fue adoptar un sistema electoral proporcional corregido, con listas electorales cerradas y bloqueadas. La meta era consolidar el sistema de partidos políticos fortaleciendo el poder interno de sus dirigentes, algo que entonces, en el marco de una democracia incipiente y dubitativa, parecía razonable. La segunda decisión, cuyo éxito se condicionaba al de la primera, fue descentralizar fuertemente el Estado. Para ello también ayudaba la primera de las decisiones anteriores pues se garantizaba la representación en las Cortes de los partidos nacionalistas. Se buscaba una estabilidad que asegurara la permanencia del sistema democrático en unos tiempos aquellos muy convulsos. El objetivo se consiguió y la prueba es que ahora, 38 años después, podemos hablar de su reforma.
Y es que, realmente, no existe un sistema electoral perfecto ,todos tienen ventajas e inconvenientes y de todo tipo podemos encontrar entre los países de más longeva trayectoria democrática, pero considero que ha llegado el momento de que España modifique su sistema con el objetivo de conseguir una clase política más funcional y más cercana. Los españoles lo demandan.
Los sistemas mayoritarios como por ejemplo el británico, producen cargos electos que responden ante sus electores, en vez de hacerlo de manera exclusiva ante sus partidos. Como consecuencia, las cúpulas de los partidos tienen menos poder que las que surgen de un sistema proporcional y la representatividad que da las urnas está menos mediatizada. Hasta aquí todo son ventajas. También hay inconvenientes. Un sistema proporcional acaba dando escaños a partidos minoritarios que podrían no obtener ninguno con un sistema mayoritario. Esto perjudicaría a partidos minoritarios de base estatal, pero beneficiaría a partidos minoritarios de base regional. En cualquier caso, el rasgo relevante de un sistema mayoritario es que el electorado tiene poder de decisión no solo sobre los partidos sino también sobre las personas que salen elegidas. La música, acordarán conmigo, resulta agradable…
Necesitamos por tanto reformas que, desde mi punto de vista, deberían abordarse desde las siguientes premisas: incentivemos las elecciones primarias dentro de los partidos para que los candidatos sean o elegidos o ratificados por sus afiliados, desbloqueemos las listas electorales (yo propondría que se hiciera manteniendo siempre al cabeza de lista puesto que es el líder de una determinada opción política), garanticemos que la opción mas votada por los ciudadanos pueda gobernar y que el gobierno no se componga entre pactos oscuros en despachos ( y la opción de la segunda vuelta puede ser un buen método), aseguremos siempre la gobernabilidad y la estabilidad (la opción alemana de premiar al mas votado puede ser estudiada) que tanto ha aportado al progreso de España, e introduzcamos elementos de los sistemas mayoritarios para garantizar la mayor conexión del elegido con sus votantes.
Estamos superando la crisis económica con las reformas que el Gobierno puso en marcha hace ya tres años. Somos en eso un ejemplo para Europa. Debemos superar también las otras crisis acumuladas, en particular aquella que aleja a los ciudadanos de las instituciones y de sus representantes. Este Gobierno ha acometido un autentico programa de regeneración democrática en temas vitales como la lucha contra la corrupción y contra los corruptos en la política. Para la próxima legislatura queda abordar la reforma del sistema electoral.
Un nuevo sistema no es bálsamo de Fierabrás que cure al instante cualquier herida. Pero es muy probable que generase una política diferente, más adecuada a las necesidades de España y mejor percibida por los españoles. Necesitamos nuestro Hispanicum.





