Opinión

Hijos de un Dios menor

Siempre el cine nos da una oportunidad para llevar a la gran pantalla cualquier tema que nos introduce a una realidad poco conocida: la guerra, el dolor, la soledad, la enfermedad, acontecimientos históricos o cualquier asunto en el que no nos habíamos parado a pensar. El cine o el teatro tienen la habilidad de compartir las emociones con los personajes y hacernos sentir como si nos convirtiéramos en ellos, como si olvidáramos nuestro “ yo” y nos transformáranos por arte de magia en los actores. Realmente todos interpretamos un papel, tal vez son varios los papeles que interpretamos escribiendo nosotros mismos el guión.

En la pelicula “hijos de un Dios menor” nos adentramos en el día a día de las personas sordas; sus prejuicios, su habitar el silencio, el lenguaje dibujado en el aire con las manos.

“En un colegio para sordos, los problemas habituales de cualquier centro docente se ven agravados por la dificultad que implica el trato con jóvenes acostumbrados al aislamiento. Cuando, además, un profesor se siente atraído por una empleada del centro, la situación se complica por las imprevisibles reacciones de la muchacha”.

Y así escuchamos palabras sin voz, introspecciones sin voz, deseos sin voz, expresiones que dibujan las 10 cuerdas vocales que residen en los diez dedos. Dedos, manos, brazos; todos señalando, interactuando con los ojos, boca, cabello, rostro y con cualquier universo creado por ese Dios menor al que hace referencia el título de la película.

En el cole, con siete años, tenía tres compañeros que no hablaban: siempre caían presos de los nervios, se peleaban con los demás, no querían jugar con la clase, rechazaban llevar la iniciativa. La clase eran ellos tres. Los llamábamos “los muditos”, los niños enfermos nos decían los profes.

Me sorprendía su soledad y, sobre todo, los juegos en los que solo eran ellos los que participaban poniendo sus normas que nadie entendíamos. No supe de ellos. Marcharon a un colegio de educación especial. Ahora soy consciente del daño que el sistema educativo hizo, de la nula integración.

Nos asusta lo diferente porque estamos llenos de prejuicios plagados de pensamientos únicos sin una visión real de pedagogías alternativas.

Ahora parece que todo ha cambiado pero no es así. Nos cuesta romper barreras inconscientes, no estamos convencidos de la transformación que necesitamos para sentir, compartir, contar y participar en un proyecto común.

Hay otros lenguajes, otras gramáticas, otros significados, otras poesías, otras dimensiones del pensamiento.

Nos afanamos por comunicarnos con las máquinas, con los marcianos, con los muertos, con los animales. Investigamos comportamientos y señales de otros seres por mínimos e imperceptibles que sean.

Pongámonos manos a la obra y aplaudamos sin ruido para que el aplauso sea atronador.

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