Este relato trata sobre el dolor invisible de criar a un hijo con autismo, una situación real que está viviendo una familia de Tetuán que actualmente reside en Ceuta y que pide empatía frente al rechazo social.
La vida de Hanae Oukacha y Youssef El Mourabet gira por completo en torno a las necesidades de su hijo Ismael, un niño de 5 años diagnosticado con trastorno del espectro autista (TEA) de grado 3, el mayor nivel de afectación.
Incomprensión social
Sin embargo, aseguran que el mayor desafío no siempre es el diagnóstico ni las interminables terapias, sino la incomprensión con la que se encuentran cada vez que salen a la calle.
La familia ha decidido hacer pública su historia con un único objetivo: pedir empatía y dar visibilidad a una realidad que, aseguran, sigue siendo desconocida para buena parte de la sociedad.
“Ojalá algún día la gente entienda que hay niños que tienen dificultades para comunicarse y que no actúan por mala educación”, lamenta Hanae con voz solloza.
Un diagnóstico que cambió sus vidas
Ismael tiene 5 años y ha sido diagnosticado con autismo de grado 3, considerado el nivel de mayor gravedad dentro del espectro, también TDAH. Cuenta con una discapacidad del 49%.
Actualmente, el menor sigue tratamiento médico, ya que presenta una elevada hiperactividad tanto durante el día como durante la noche. Está siendo tratado.

Una comunicación difícil
La comunicación con Ismael tampoco resulta sencilla. Sus padres utilizan pictogramas para intentar entenderse con él.
Cada acción cotidiana requiere tiempo, paciencia y adaptación. “No puedes explicarle algo simplemente hablando. Cada paso hay que hacerlo con pictogramas y, a veces, ni siquiera así quiere comunicarse. Entonces, tienes que buscar otra manera de hacerle entender las cosas”, explica.
Desgaste físico y emocional
El desgaste físico y emocional es constante. Hanae relata que su hijo apenas duerme unas horas durante la noche.
Eso significa que sus padres tampoco descansan. Una realidad que nadie ve pero que pesa el doble cuando en un espacio público llaman a su hijo “maleducado” sin conocer su realidad.
Críticas y acusaciones
Mientras muchas familias encuentran en el parque, la playa o un paseo un momento de desconexión, para ellos salir de casa supone prepararse para afrontar posibles miradas, críticas o comentarios ofensivos por “el comportamiento” de su hijo.
La madre reconoce que el cansancio es extremo. “Estamos educando a nuestro hijo durante el día y durante la noche. Es un esfuerzo continuo que mucha gente no ve”, asegura.

Ofensas contantes en espacios públicos
Uno de los principales motivos que ha llevado a la familia a contar su historia son las situaciones que viven prácticamente a diario en lugares públicos.
“En ocasiones se acerca a una bolsa, un bolso o algún juguete simplemente porque siente curiosidad por saber qué hay dentro, no porque quiera cogerlo o apropiarse de él”, explica.
Sin embargo, asegura que muchas personas interpretan ese comportamiento como una falta de educación.
“Un niño maleducado”
“Lo primero que piensan es que es un niño maleducado”. Y esa palabra, reconoce, es la que más daño le hace. “Esa palabra me mata. Yo creo que estoy educando a mi hijo más que nadie. Nadie sabe el esfuerzo que hacemos detrás de cada pequeño avance”.
La familia recuerda uno de los episodios más recientes ocurrido en la playa de El Chorrillo.
Una situación inevitable
A pesar de haber comprado numerosos juguetes y flotadores para que Ismael disfrutara de la jornada, el pequeño se sintió atraído por otros objetos de colores que había alrededor.
Según relata Hanae, algunas personas comenzaron a recriminarle su comportamiento.
“Le gritaban que se fuera, que se alejara de allí”. La madre asegura que aquella situación terminó por romperla emocionalmente.
“El sábado pasado volví a casa llorando”, dice mientras el llanto casi irrumpe la conversación.

No es un hecho aislado
Afirma que comentarios como “vete ya”, “aléjate” o incluso insultos son situaciones que viven con demasiada frecuencia. Un sufrimiento que también pasa factura a los padres.
El rechazo social ha terminado afectando gravemente a la salud mental del padre. Según explica Hanae, Youssef El Mourabet ha necesitado varios ingresos en la unidad de Psiquiatría.
Durante 2025 permaneció ingresado en varias ocasiones mientras la familia residía en Mallorca y, ya en Ceuta, también ha vuelto a requerir atención psiquiátrica.
Cambiar de ciudad no cambió la realidad
La familia decidió trasladarse desde Mallorca hasta Ceuta buscando empezar de nuevo y contar con el apoyo de familiares cercanos. Sin embargo, aseguran que la realidad no ha cambiado.
Uno de los mayores obstáculos ha sido encontrar una vivienda.
Según denuncia Hanae, en varias ocasiones, al informar de que tenían un hijo con discapacidad, propietarios rechazaron alquilarles un piso incluso ofreciéndose a pagar 6 meses por adelantado.
Quejas vecinales
Ahora que finalmente disponen de una vivienda, las quejas vecinales tampoco han desaparecido.
Los sonidos que emite Ismael, especialmente durante la noche, provocan continuas reclamaciones por parte de los vecinos.
“El niño grita, hace sonidos, pero no lo hace porque quiera molestar. Es su condición”, relata esta madre desesperada.
Una petición sencilla: empatía
Esta familia solo pide que antes de juzgar, las personas intenten comprender que existen niños que se comunican de forma diferente y reaccionan de otra manera ante el entorno.
También explica que está interesada en que su hijo pueda llevar un colgante identificativo relacionado con el autismo, para facilitar que quienes lo rodean comprendan su situación sin necesidad de dar explicaciones continuamente.
Lista de espera en Autismo Ceuta
Mientras espera que Ismael pueda acceder a los recursos de la asociación de Autismo Ceuta, donde actualmente permanece en lista de espera, la familia continúa costeando terapias privadas para ofrecerle la mejor atención posible.
“No es culpa del niño. Tampoco es culpa de los padres. Lo único que pedimos es humanidad, empatía y que nadie nos juzgue sin conocer la historia que hay detrás”, concluyó esta madre al borde del colapso viendo como su marido se consume por una situación que podría ocurrirle a cualquiera.







Seguro que en Tetuán le trataran mejor y que en su país no le encontraría ningún problema.
Pero no, mejor venir aquí y quejarse.
Poco a poco han convertido esto en Marruecos, que impotencia de ver como han destruido Ceuta.