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Hijas de la Caridad en la campaña de Marruecos

La Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl fue fundada el veintinueve de noviembre de 1633 por el sacerdote francés Vicente de Paúl (1581-1660) para ayudar a los pobres de la parroquia en la que ejercía su labor apostólica. En esta tarea fue ayudado por Luisa de Marillac (1591- 1660), quien, al quedar viuda, fue animada a realizar obras de caridad en favor de los más necesitados.

Doce años después de la fundación, Vicente de Paúl pidió la aprobación al arzobispo de París para que la comunidad pudiera recibir el nombre de «Cofradía de las Sirvientas de los Pobres de la Caridad», aprobación que le fue concedida en 1646.

Años más tarde, en 1655, cambió su nombre por el de Compañía de las Hijas de la Caridad, no eran consideradas religiosas en el sentido estricto, porque no se encontraban en clausura ni hacían votos públicos solemnes.

En 1668 recibieron la aprobación pontificia del cardenal Luis de Vendôme, legado del papa Clemente IX, convirtiéndose así en una de las primeras comunidades de vida apostólica femenina sin clausura.

En 1782 se publicó en Barcelona un folleto anónimo titulado Breve noticia del Instituto de las Hijas de la Caridad, con el propósito de dar a conocer la institución en España.

Las Hijas de la Caridad se instalaron oficialmente en España en 1790, haciéndose cargo de las cárceles de mujeres y trabajando como enfermeras en hospitales.

Acercándonos a la época que nos ocupa, una real orden de siete de febrero de 1896 aprobó un convenio entre el director general del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad y la Capitanía General de Barcelona. Este convenio fue modificado el nueve de noviembre del mismo año y el trece de septiembre de 1897.

Finalmente, el diecinueve de noviembre de 1897, se formalizó el establecimiento de las Hermanas de la Caridad en el Hospital Militar de Barcelona, adquiriéndose ropa, efectos, mobiliario y ornamentos religiosos.

Posteriormente, en vista del éxito de la implantación de esta Congregación, se firmó un nuevo convenio, con fecha de doce de enero de 1898, para el establecimiento de la Compañía en la totalidad de los hospitales militares.

A principios de julio de 1898, se dispuso que comenzara la instrucción para el régimen y servicio de las Hijas de la Caridad en los hospitales militares.

A consecuencia de la Campaña de Marruecos, la Cruz Roja Española se ofreció en enero de 1921 a cooperar con sus medios y personal con las Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paúl en los hospitales militares de los territorios de África. El Alto Comisario de España en Marruecos adoptó entonces las medidas necesarias para su pronto funcionamiento.

A principios de 1921 llegaron a la ciudad de Melilla 25 religiosas para prestar sus servicios humanitarios en los hospitales militares, siendo trasladadas al hospital Docker en varios carruajes.

Mediante una real orden dictada con carácter de urgencia el rey Alfonso XIII dispuso que se implantara el servicio de asistencia de las Hermanas de la Caridad en los hospitales militares establecidos en las tres Comandancias Generales de África (Ceuta, Larache y Melilla) al no poder fijarse una plantilla fija de personal para las distintas instalaciones, ya que las necesidades cambiaban en función de las operaciones militares de cada Comandancia

La asistencia a los heridos del Ejército de África estaría a cargo de un cirujano director. Para esta misión fue designado el comandante médico del Hospital Militar de Madrid-Carabanchel, don Mariano Gómez Ulla, quien sería apoyado por médicos militares especializados en cirugía de guerra. Se constituyeron los equipos quirúrgicos del 3 al 14 inclusive, que se organizarían según las necesidades destinándose de la siguiente manera: Melilla (del 3 al 6), Madrid (del 7 al 10), Málaga (11 y 12) y Sevilla (13 y 14).

Conforme a lo preceptuado para la organización de estos equipos, se organizaron en Madrid los Equipos n.o 7, al mando del capitán médico don Florencio Herrero Menguijón, con una Hija de la Caridad del hospital de Madrid- Carabanchel y un sanitario de la primera Comandancia, Equipo n.o 9, al mando del capitán médico don Francisco Luque Beltrán, al que se le asignaron dos Hermanas de la Congregación de San Vicente de Paúl y Equipo n.o 10, bajo la responsabilidad del capitán médico don Leocadio Serrada Díaz, con la hermana de la congregación Sor Félicité Beltrán junto a una enfermera de la Clínica de Urgencia de la Corte.

Al no poderse fijar el número de personal destacado en cada hospital debido a las operaciones de combate, se estableció que se asignara la ración de alimentación oficial tanto a las Hermanas como a los Padres Paúles y a aquellos cuya misión era la evacuación de heridos y enfermos.

En aquellos hospitales de la Península, Baleares y Canarias donde aún no estuviera establecido el servicio de las Hijas de la Caridad, las Capitanías Generales llevarían a cabo los convenios respectivos para su implantación, según lo fijado en una orden de octubre de 1900.

En febrero de 1922, se aprobaron las modificaciones necesarias para la prestación del servicio, reglamentado por una real orden circular de junio de 1898. Asimismo, se concertó con el director del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad un plan de alimentación con carácter provisional. Este plan se mantendría hasta que, tras ser aplicado durante un tiempo, pudiera declararse definitivo o se le introdujeran las modificaciones que la práctica aconsejara.

Establecido el servicio en los hospitales de África, en marzo se dispuso que estos se rigieran por las instrucciones emitidas anteriormente aplicándose el mismo plan de alimentación en los hospitales de la Península e islas.

Su función como auxiliares de los Cuerpos de Sanidad Militar y de Intendencia, fijaba el personal necesario a cada hospital constando de una superiora y un número de religiosas determinado según las necesidades del servicio.

Reconocían como jefe al director del hospital y, en caso de ausencia o enfermedad, al jefe del Cuerpo de Sanidad Militar.

Las religiosas se encargaban de inspeccionar y dirigir el arreglo y la limpieza de las salas y demás dependencias, gestionaban el servicio de cocina y las dependencias particulares de su comunidad, verificando el reparto de las comidas.

Al frente de las cinco dependencias administrativas (despensa, cocina, lavadero, almacén de ropas y almacén de efectos).

Entregarían al director del establecimiento todas las limosnas que recibieran para el hospital o para algún enfermo en particular.

Se responsabilizaban del oratorio y su sacristía, así como del cuidado de la iglesia principal si esta era de uso público.

Los gastos iníciales de la Orden eran costeados por el hospital. Por el equipo de cada una de las primeras religiosas y de las que se incorporaran en el futuro, el hospital abonaría 125 pesetas al Real Noviciado.

Para su alimentación, el hospital proveía a la superiora de los víveres necesarios del almacén. Para el vestuario, calzado y otros gastos particulares, se le entregaban 25 pesetas mensuales por cada Hija, de cuya inversión solo debía rendir cuentas al director.

Asimismo, el hospital costeaba el lavado y planchado de la ropa, el alumbrado, el carbón y los delantales de servicio (ya fueran blancos o azules) para las religiosas. Toda la ropa, el mobiliario y los efectos adquiridos para su uso pasaban a formar parte del material del hospital.

Si alguna Hija de la Caridad quedaba incapacitada para el servicio, mantenía los mismos derechos económicos y materiales que las que estaban en activo. Para reconocer este derecho, se requería un certificado médico firmado por dos oficiales de Sanidad Militar y visado por el director del hospital.

El hospital también cubría el coste de las sepulturas y todos los gastos del entierro de las Hijas que fallecieran en sus instalaciones, donde se celebraba un oficio de sepultura con una misa cantada y otras dos rezadas por el alma de la difunta.

En cada hospital, las Hijas disponían de habitaciones adecuadas, separadas del resto del edificio. Las llaves de sus puertas estaban exclusivamente en posesión de la superiora y nadie podía entrar sin su permiso. Estas estancias contaban con todo lo necesario para su reposo, aseo, oración y recogimiento.

La superiora era la encargada de distribuir las tareas de las religiosas en el hospital y de recibir las órdenes de los jefes médicos y administrativos para comunicárselas, ya fuera por escrito o de palabra. Entre sus servicios se incluía velar a los enfermos por la noche. Las encargadas de las clínicas llevaban libros de registro para anotar todo lo relacionado con la alimentación y curación de los pacientes, así como sus ingresos, altas y fallecimientos.

En mayo se dispuso el establecimiento con carácter permanente de enseñanzas teórico-prácticas en el hospital militar de Carabanchel. Estas estaban destinadas a las Hijas de la Caridad para capacitarlas como "enfermeras modernas" y así desempeñar su cometido en los hospitales militares. Dichas enseñanzas se ajustarían a un programa redactado por el propio hospital, el cual sería remitido posteriormente al Ministerio de la Guerra para su aprobación.

Una vez realizado el curso, las aspirantes serían sometidas a un examen para certificar su aptitud. El objetivo era crear una plantilla de enfermeras que poseyeran los conocimientos sanitarios necesarios para servir como auxiliares del Cuerpo de Sanidad Militar.

Como distintivo, llevarían el emblema del Cuerpo sobre la manga derecha. Estos cursos se impartirían trimestralmente y, para obtener el diploma de enfermera, las aspirantes debían completar dos: el primero teórico-práctico y el segundo, totalmente práctico.

En junio, se ordenaba que los nuevos hospitales militares se diseñaran para alojar a un número determinado de monjas, además de su superiora. Para ello, los edificios debían distribuirse con un dormitorio común para todas las monjas (incluida la superiora), con cortinas para separar el espacio de cada una, cuarto de aseo con baño y un inodoro, oficina para la superiora (para tareas de administración), sala para recibir visitas, sala de costura o de descanso, comedor, cocina con despensa, lavadero y secadero, enfermería y sala para rezar, con conexión directa con la capilla principal.

Finalmente, en noviembre de 1922, debido a los múltiples servicios con los que contaba el hospital militar de Madrid-Carabanchel, se decidió asignar a dicho establecimiento una plantilla de sesenta (60) Hijas de la Caridad.

Por medio de una instancia remitida por sor Justa Lostau Páramo, se solicitó que las prácticas de las enfermeras militares destinadas en África pudieran realizarse en el territorio sin necesidad de desplazarse a la Península. Por este motivo, se amplió la real orden anterior, permitiendo que las referidas prácticas se realizaran en los hospitales de cada territorio al contar estos con el personal técnico y el material necesarios para impartir la formación.

En diciembre de ese mismo año, se ordenó establecer el servicio de las Hijas de la Caridad en todos los hospitales militares de la península, Baleares y Canarias, y se instruyó a las Capitanías Generales para que llevaran a cabo los convenios necesarios. Como consecuencia, se aprobó la “Instrucción para el régimen y servicio de las Hijas de la Caridad”.

En junio de 1925 se reorganizaba el equipo quirúrgico núm. 6 situado en el Hospital de Zaragoza al mando del teniente coronel médico don Manuel Iñigo Nogués, incorporando las Hijas de la Caridad sor Felipa Moreno Bartolomé y sor Asunción Echegoyen Tabar.

Habiendo finalizado la Campaña de Marruecos, en 1927 se organizarían cinco equipos quirúrgicos, destinando dos de ellos a Melilla y los otros tres restantes a Ceuta, Tetuán y Larache. Cada equipo tendría en su plantilla de creación, de dos Hermanas de La Caridad.

Se organizaría un nuevo equipo con carácter provisional en Tetuán con la misma composición que los cinco anteriores, pudiéndose ser empleados en los puntos de las zonas que designase el general Jefe, facilitándoles los medios rápidos de transporte que precisaran.

La Congregación continuó su incansable labor humanitaria en favor de los enfermos y necesitados. Dicha labor, desarrollada tanto en tiempos de paz como de guerra, fue reconocida en la figura de las hermanas Sor Josefina Odriazola Urteaga, Sor Timotea Ugarte Medinagoitia y Sor Generosa Blanco Díaz. Ellas, que durante años fueron auxiliares del teniente coronel Gómez Ulla, recibieron la Cruz de primera clase de la Orden del Mérito Militar con distintivo blanco.

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