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“He llegado a tomar 38 pastillas en un día”

Por Redacción
30/11/2010 - 23:45
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Ni siquiera le vamos a poner nombre ficticio, porque esta historia es tan real como la vida misma. Es la vida misma. Esta persona recibió un día del año 1981 la noticia de que tenía HTLV3.

Algo que ni se sabía muy bien qué era, aunque los síntomas estaban claros. No fue hasta  el 83 cuando le ratificaron que tiene Sida. “Al principio, niegas que tengas la enfermedad. Les pasa a todos. A mí me costó años”, reconoce.
Y no sabrá nunca cómo le transmitieron el virus, simplemente se limita a recordar noches en Ibiza. “Eran los años hippies, había relaciones sexuales y he sido consumidor de drogas”, recuerda de la época de finales de los setenta.
Ni siquiera cumple con el estereotipo que había en los primeros años de persona homosexual o con drogadicción, ya que este testimonio pertenece a alguien heterosexual, algo en lo que no se pensaba. Aun así, las estadísticas reflejan que, hoy día, existeun repunte entre los jóvenes homosexuales. Posiblemente, por la relajación, ya que el Sida se percibe como una enfermedad de la que no se muere; al menos, en países ricos.
“Hasta el 88 no empezamos a recibir terapia, el retovir. Había fracasado contra el cáncer y no sabíamos si funcionaría. Pero lo hizo, al menos en un primer momento”,  explica. “Pero tres años después lo dejamos, el virus muta muy rápidamente”, cuenta. Recuerda que, en 30 años de enfermedad, esta le ha marcado. “Tener el Sida es una desgracia, pero también una alegría, porque te hace ver la vida de otra forma, cambias tus prioridades y ves lo importante. Te importa menos lo material; por ejemplo, me paro a pensar que cuando a uno le preguntan quién es, responde con su trabajo, ¿por qué no decir ‘soy una persona agradable’?”, asegura. Eso sucede cuando a alguien le hacen tomar consciencia de que la muerte puede asaltar en cualquier momento: “Ves amigos que se van. No sólo piensas que te puede tocar a ti, sino que te lo dicen, te advierten que los tratamientos no son para siempre”.
Pero hasta ahora le han funcionado, a pesar de lo difícil que es tomar medicinas tan agresivas. “He llegado a tomar 38 pastillas en un día. Es normal que muchos no sigan el tratamiento”, reconoce. No sólo es la carga. Pueden causar diarrea o vómitos. Y si bebes alcohol, no puedes medicarte.
Lo que no le parece tan normal es el rechazo que se sufre por tener Sida. “En Ceuta se nota más que en otros sitios. Es una ciudad pequeña y el vecino se preocupa por saber quién es, con quién va, qué hace, todo. En otras ciudades, puedes vivir diez años y no saber e nombre de quien vive en tu portal, cada uno a su bola”, reflexiona. “Por ejemplo, una vez dije que era seropositivo, y lo noté incluso a la hora de darme la mano”. Por supuesto, también está el problema de que la movilidad en Ceuta se ve reducida. “En la Península, puedes evitar que te vean. Te vas, por ejemplo, al Hospital 12 de Octubre y si da la casualidad de que ves a alguien que no quieres ver, pues te cambias al Gregorio Marañón”, reflexiona.
Aunque un hospital grande no garantiza un buen trato. “No recuerdo bien si era una tuberculosis u otra infección. Estaba ingresado y, puesto que sabían que era seropositivo, me daban cubiertos desechables. ¿No se supone que deberían tener sus medidas higiénicas? Y luego, al darme el alta, le aseguraron a mi madre que podía usar los cubiertos normales”, recuerda.
Una anécdota que se suma a muchas otras, como cuando se hipotecó y su cónyuge hizo de avalista. “Tenía Sida y no me daban en el banco, porque podía morir. Total, que años después se sigue pagando la hipoteca igual”.

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