Cuando la política se convierte en negocio las ideologías terminan prostituyéndose, todo se cambia y todo se vende disfrazando tales acciones con el manido traje del interés general. Y es que esto de la cosa pública comenzó a manosearse de tal forma que ha terminado dando cobijo a personajes de todo pelaje dispuestos a pasearse de barrio en barrio para servir al ciudadano cuando en el fondo desembarcan para servirse.
“Por España”, nos dicen que trabajarán. “Por Ceuta”, matizan los más lugareños. Hombre, sería demasiado atrevido soltar eso de “por mis bolsillos” aunque sería lo más sincero que pudiéramos escuchar de la honorable clase política.
Una clase soberbia que se cree capaz de utilizar a su antojo la representación política que le ha otorgado el pueblo hasta el punto de buscar acuerdos o lanzar amenazas creyendo que esa representación le pertenece y la puede por tanto emplear para beneficio de ‘los suyos’, tirando mano de los principios más acordes a las situaciones. Si no les sirven esos principios los cambiarán por otros.
El pueblo adormecido se ha acostumbrado a habitar una sociedad de borreguismo absoluto. Para qué complicarnos, pensamos. Para qué protestar. Precisamente por esa pérdida de crítica y de presión tenemos lo que tenemos: unos representantes públicos que se olvidaron del origen del sistema, de qué es y para qué sirve la política, de lo que supone entregarse al pueblo.
El respeto se tarda en ganar toda una vida pero se pierde en la suerte de detalles de aquellos incapaces de ser dignos representantes que aterrizan en la política para hacer negocio y seguir manteniendo la cuota de poder.
Ceuta es golosa, mucho. Y hay quienes ni siquiera esconden su complejo de aprendiz de bandolero. “Por España, por Ceuta”, dicen que trabajarán hablando de política como si nada.






