En las grandes crisis hay que ser transparente. Hay que dialogar, informar al ciudadano, contarle todo lo que se va a hacer. Más aún si ese ciudadano está enfadado, hundido, cansado y harto.
Simplemente porque importa, simplemente porque ahora más que nunca existe la obligación de cumplir con Ceuta y detallar una hoja de ruta clara que todos conozcamos. Es nuestra tierra, qué menos que saber cómo va a obrar el Gobierno ante tamaño despropósito después de producirse una auténtica invasión de la que, por cierto, bien poco sabemos.
El Gobierno de la Nación debe tener una única prioridad con Ceuta: lograr que vuelva a estar como antes del 30 de julio. No hay otra. Para ello debe invertir todas sus fuerzas en que Ceuta deje de ser extraña para su propia gente y tiene la obligación de hacerlo respetando a los ciudadanos.
No hay pausa, tampoco tiempo que perder, debe hacerlo ya por obligación. No vale que cada ministro escenifique su particular complejo de loro para repetir que Ceuta importa, que están con Ceuta, que van a salvar a Ceuta. Deben actuar, y ya están llegando tarde. Hablar y hablar de nada sirve. Las consecuencias de la inacción pueden ser brutales para la ciudad, para sus gentes, su presente y su futuro. Ceuta se merece un respeto.
Y respeto significa información, respeto significa diálogo, no estar permanentemente jugando al gato y al ratón. Respeto significa todo lo contrario a ir avasallando al personal, porque aquí hay que tomar decisiones explicándolas antes, hay que evitar las sorpresas con un pueblo que está hasta las narices de ser pisoteado y ninguneado, hay que comunicarle lo que se va a hacer y por qué.
Lo que está sucediendo en Ceuta no es una broma, ni una crisis que se despache nombrando a un ministro coordinador. Que está bien tenerlo, sí, pero, ¿qué va a coordinar si ni siquiera saben cómo van a sacar a esta ciudad del pozo?
Uno coordina cuando hay ideas claras, cuando se cuentan verdades y cuando se tiene el firme propósito de sacar a Ceuta de este abismo contando a su ciudadanía qué pasos se van a dar y, lo más importante, por qué se produjo esta auténtica invasión.
No valen las calladas como respuesta, no vale seguir paseando ministros como si esto fuera un desfile. El Gobierno tiene todos los recursos para, primero, contar qué es lo que se quebró ese 30 de julio para que en Marruecos ni existiera frontera, ni control, ni ganas de cumplir con su deber.
Segundo, para decirnos realmente qué quieren hacer con los miles y miles de marroquíes que están en calles y barrios: ¿expulsarlos?, ¿acogerlos?, ¿de cuánto tiempo estamos hablando cuando se cita la acogida temporal?, ¿cómo es posible que no se hayan acordado los refuerzos suficientes como para que Ceuta empiece a ser un territorio más cerca de lo normal que de lo extraño?, ¿qué está haciendo la Policía?, ¿dónde están los refuerzos para agilizar los trámites de identificación?, ¿sabemos qué personas han entrado, dónde se encuentran?, ¿alguien ha hecho un registro de huellas?
Los ciudadanos están cansados de que se les tome el pelo en un momento en el que se debe hablar claro, sin tapujos ni medias tintas. Ceuta necesita escuchar a un Gobierno que le trate con respeto, que no mienta (eso es lo que significa prometer y no cumplir), que coja el toro por los cuernos para que la gente pierda el miedo, para que vuelva a convivir, para que no empiece a ser normal eso de hablar de “los unos y los otros”.
Día tras día la población caballa aspira a olvidar esto. La falta de respuesta ágil y efectiva no hace sino provocar más caos y mayor pesar en la gente. Que se hable de nosotros está bien, pero mejor sería que actuaran. Y ya.
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