Editorial

¿Nos están tomando el pelo a todos?

Las cosas sí se pueden hacer peor. El Gobierno de la Nación lo está demostrando a diario. Lo lleva haciendo desde el pasado 30 de julio. Es todo un absurdo, un espectáculo grotesco en el que el último de los capítulos ha estado protagonizado por el desalojo de la playa del Trampolín.

Desde primera hora de la mañana pusieron en marcha un dispositivo digno de la mayor de las operaciones policiales, a pesar de ‘venderlo’ como una acción humanitaria. “Se van si ellos quieren”.

Esa era la máxima, como si ocupar una playa, utilizarla como inodoro de miles de personas y causar un daño medioambiental fuera algo que está a la orden del día.

Son capaces de celebrar públicamente, con una comparecencia anunciada solo con 20 minutos de antelación, el final del asentamiento en el Trampolín, visibilizando además que este es el ejemplo que da España como país, pero callan que solo horas después han permitido que ese espacio vuelva a ser punto de concentración de inmigrantes.

Sí, ese es el ejemplo que da España, el ejemplo de un país de pandereta incapaz de proteger una frontera sur de Europa e incapaz de, casi un mes después, haber ejecutado un plan con la urgencia debida para recuperar la normalidad.

Encomiendan a la Ciudad que cumpla con las ordenanzas en el Trampolín, cual niños chicos protestones en busca de alguna errática actuación precisamente en la administración que nada de culpa tiene, pero son incapaces de aportar una seguridad básica para que hoy ese espacio luciera, al menos, sin tanta cantidad de residuos y como un punto mínimamente digno.

No contentos con ello, se organiza el reparto de comida de Cruz Roja en un espacio que supuestamente ya no debería ser asentamiento, un espacio que la propia Delegación del Gobierno ha exigido que se perimetre.

Como puntilla, son capaces de causar la indignación en barriadas a las que literalmente han mentido y paran una obra en Loma Margarita para colocar a toda prisa un recurso temporal obviándose el gasto que se ha efectuado en adecuar el lugar como espacio castrense en el marco de las actuaciones encuadradas en la base única.

Suena todo a chiste, a burdo engaño. El Gobierno de España no ha hecho más que marear la perdiz, trasladar a inmigrantes de un lado a otro con la excusa de cerrar espacios indignos que, incongruentemente, siguen operativos. No se entiende nada. Ni estos movimientos de ficha ni la disparidad de criterios entre ministros.

Si atendemos las proclamas de los titulares de Interior, Defensa y Asuntos Exteriores, todos los que entraron iban a ser expulsados de inmediato. De hecho, durante días se tuvo mareadas a las fuerzas de seguridad con un supuesto operativo que nunca se ejecutó. Pasan los días, en nada se cumplirá el mes, y lejos de haber mejoras lo que se evidencia son enfrentamientos y complicaciones.

Choca esa idea de las expulsiones con la búsqueda de espacios de acogida que se seleccionan a golpe de impacto, lo que ha ocasionado varias quejas entre vecinos de distintas barriadas. Peor aún, esas improvisaciones llevan a medidas tan criticadas como la ocupación de la Hípica, tirando por la borda la inversión llevada a cabo para mejorarla y que ahora quedará sin servicio, y negando un servicio utilizado por muchas familias de Ceuta que deberían, al menos, haber sido tratadas con respeto.

Todo se está haciendo mal. No se informa, no existe una política adecuada de transparencia, nada se aclara. Por no saber, ni siquiera se tienen los datos de las personas que entraron en la ciudad. Solo eso es gravísimo, pero al Gobierno de la Nación parece importarle bien poco el sentir de una ciudadanía que tiene todo el derecho a que no le tomen el pelo.

Seguimos para bingo en esta crónica de despropósitos, ausencias y claro descontrol. Como pollos sin cabeza ni se puede gobernar un país, ni recuperar la normalidad de una ciudad que pagó un chantaje, el de Marruecos a España.

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