En estos tiempos convulsos, todo parece estar al revés en cuanto a los valores, nada es tan nítido como el bombardeo constante de mentiras y consignas carentes de sentido humano, que nos van rodeando con gran estruendo mediático y dirigida intención. Estas sociedades opulentas llenas de cosas, y vacías de verdad, resultan realmente aterradoras, nada nuevo si analizamos la literatura de los clásicos de la distopía.
Los aguafiestas oficiales del sistema pútrido en el que se desarrolla la vida opulenta, que se abren constantemente camino entre las falsedades de la dormidera, que van inoculando mediante el aparente bienestar social que solo contenta a muchos, pero en el fondo, no satisface a nadie.
Solo es una gran droga que adormece, pero que saca a la luz destellos de infelicidad constante como prueban las caras largas, las risotadas histriónicas, la ausencia de sonrisas verdaderas, la impostura, la autoafirmación enfermiza y la vanidad permanente, el aislamiento digital, la jarana del placer. Una gran trampa orquestada sin descanso por el mal, para provocar el letargo que impide el despertar al espíritu, y proyecta la segunda muerte sobre las almas destinadas a la vida eterna.
El zarpazo final de la bestia apocalíptica, que cuesta ver, pues está muy bien disfrazado de humanismo social y modernidad kantiana, y de otras suposiciones filosóficas. La obra de Darwin colocó al ser humano en sintonía con el resto del mundo natural, puso coto al literalismo bíblico, y eso es verdad, pero no aclaró nada definitivo sobre el origen cierto del ser humano, a pesar de sus muchos “fieles creyentes” en restos paleontológicos dispersos, la disputa sigue abierta por falta de pruebas.
Es una teoría que, a pesar de que Darwin se consideraba deísta, espolea al mundo científico ateo, a pesar de las muchas lagunas y fenómenos sin explicación científica clara. Darwin siempre creyó el plan divino, y todas las leyes instauradas en el universo. Por otra parte, muchas injusticias sociales acumuladas provocaron la reacción de un mundo cansado de la opresión, y apareció el marxismo y su reduccionismo de las relaciones humanas a la lucha de clases y a los dominios de poder.
La locura de Nietzsche instauró la moda del feroz individualismo, sus exabruptos sobre la divinización del ser humano, y su emancipación de Dios, nos recuerda a un Kant desatado e iracundo; consecuencia propia que el extravío causa en las mentes brillantes, cuando están apartadas de la gracia divina; curiosamente está sepultado dentro de una iglesia.
Freud ofrece un pensamiento que revoluciona y altera la percepción del ser humano sobre sí mismo, y abre la puerta a la relativización de la moral. La revolución de mayo en Francia y sus consecuencias, unido a todo lo demás, nos ha dejado un panorama desolador de individualismos, hedonismos, y finalmente, una decadencia cómo jamás se había visto desde la peor versión de Babilonia y de Roma.
Y esta última etapa del mundo en la que vivimos, está infelizmente sustentada, no precisamente en un panteón de dioses variopintos que celebran el bien y el mal, sino, en un progreso científico-tecnológico como nunca se visto en la historia humana. Nunca hemos estado más bombardeados por una vacuidad tan vil y absurda, todo se ha convertido en un signo de bienestar, los mercachifles campan a sus anchas y hacen negocios inmorales del vacío espiritual, proponiendo soluciones milagrosas a las arrugas, o a la búsqueda de la belleza exterior, y sino para dar gusto a la panza, a la decadencia culinaria, a los viajes innecesarios por el mundo, o a la vida enclaustrada entre paredes haciendo de las casas templos del confort.
Todo esto, no es nuevo bajo el sol. Muchas son las tradiciones espirituales que coinciden en los mismo, el cristianismo católico propone inclinar el corazón hacia el bien para alcanzar la plenitud, y saborear algo de la vida celestial. Solo hay que seguir el sermón de la montaña de Jesús, para saber a lo que me estoy refiriendo. La literatura llevaba mucho tiempo advirtiendo de esto que estamos contemplando en nuestros días.
Un mundo feliz está de total actualidad, y es una obra escrita por el británico Aldous Huxley, y publicada en el año 1932. La transmisión de la vida, para esta novela, era cuestión puramente tecnológica, y plantea que no hay más universo moral que el de un eros desenfrenado.
A los niños se les adoctrina mientras duermen para que no sean conscientes en abrazar las ideas inculcadas. Como indica el padre Valentín Aparicio, un gran experto en la Biblia, es una lástima que Huxley no conociera, en aquel momento, el poder que están teniendo hoy en día las series y las plataformas virtuales, para transformar el ocio de muchos, lo más parecido a un tiempo de letargo.
La famosa droga “soma” de los habitantes del mundo feliz, se asemeja a los analgésicos y los antidepresivos y ansiolíticos de hoy en día, que por cierto se recetan a todo trapo. La persona que menos imaginamos está tomando píldoras “para ser feliz”. El nuevo mundo está libre de la religión, el sueño de Enmanuel Kant, que preconizaba la superación de la religión, y por tanto de Dios para emanciparse.
Donde quedaron esos sueños de superhombres y supermujeres en busca de su propio destino en el universo, y sumidos en el relativismo moral como en una gran trampa infernal. Orwell contribuyó eficazmente a completar toda esta monstruosa decadencia, intuyendo el ojo globalizado que todo lo ve y controla, recuerda mucho a la obra de Tolkien. Su fino sarcasmo es admirable cuando escribe en su novela, 1984, sobre el Ministerio del Amor y el de la Verdad.
No estamos lejos de estas abominaciones en nuestros tiempos. Benson, y su obra El Señor del Mundo, es quizá la más reveladora de las tres novelas comentadas, porque está escrita por un biblista, y sitúa perfectamente la contienda entre el bien y el mal. Muchos están distraídos pensando que se trata de una cuestión político-económica, pero lejos de esto, la batalla por las almas se está dando en el ámbito de las ideas.
Digamos que la principal contienda en el mundo Bensoniano, se fragua entre la resistencia católica, como fuerza contra revolucionaria, y la doctrina llamada humanitarismo, que se fija como la nueva religión de Europa, el hombre es Dios. El dicta sus propias normas morales al margen de las revelaciones. A cualquiera que reflexione un poco y aúne algo de cultura, no escapa que nos encontramos en esta época.
Pero para que el hombre se convierta en Dios, debe estar, además de muy loco, convencido de que hay una fuerza capaz de hacerlo inmortal. Aquí es donde entra el culto a la ciencia y a sus posibilidades infinitas, para hacer realidad todos los sueños materialistas. Como si el materialismo fuera una fuerza de paz y verdadera felicidad. Todo lo que deseamos, tarde o temprano piensa el iluso, la ciencia lo hará realidad.
Por fortuna, existen científicos aguafiestas que no cesan de insistir sobre las limitaciones inherentes al método científico, y que no se puede ir más allá de las propias leyes del universo por nuestra cuenta. De hecho, las leyes están diseñadas previamente, y pensar que son azarosas es realmente desnortado, por muchas razones propiamente científicas, y de probabilidad matemática.
Por eso, las limitaciones de las ciencias naturales que antes comentaba, en el caso de la teoría evolutiva, sin adentrarme en detalles, y por ello también, las propias limitaciones del Universo material, que por otra parte se está desintegrando paulatinamente desde su comienzo con la gran explosión.
Por cierto, la teoría del Big Ban, gran explosión, fue ideada por un sacerdote católico, y ratificada por Einstein, y hoy en día por cualquier astrofísico serio. No le corresponde a la ciencia obviamente, demostrar la existencia de Dios, pero, de la gran explosión a plantearse seriamente en la posibilidad de un Dios creador, hay un pequeño paso.
Pero lo más interesante, quizá viene de un brillante matemático, amigo íntimo de Albert Einstein. Kurt Gödel, demostró el teorema de la incompletitud que viene a decirnos que existen realidades matemáticas verdaderas que nunca podremos demostrar. Esto afirma que la eliminación de la mente y las entidades abstractas es imposible. Y que el espíritu humano es una posibilidad real de forma independiente del mundo material, esto derrota el materialismo filosófico.
El teorema propuesto afirma nuestras enormes limitaciones de conocimiento, a pesar que somos la mayor anomalía natural de todo el planeta, nuestra mente proyecta una distancia abismal de profundidad y conocimiento con cualquier otra forma de vida.
Desde este punto de vista, el materialismo y su corolario el cientifismo ateo, son grandes mentiras. Me gusta particularmente, la visión de Dostoyevski, que con una perfecta teología, se da cuenta que las fuerzas políticas están dirigidas por entidades maléficas invisibles. Como hemos comentado en otras ocasiones, lo importante está en cambiar a mejor nuestro corazón, y mantenernos bien despiertos espiritualmente, es un gran reto al que nos enfrentamos. Sin despertar al bien y al amor ,no podremos descubrir la obra del mal en nuestras vidas, ni traer verdadero bienestar a nuestros semejantes y a toda la naturaleza.
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