Cristina Acevedo tenía ayer una agenda complicada: poco después del mediodía bautizaban a su nieto y apenas un par de horas antes se había subido al escenario del salón de actos de Comisiones Obreras para recoger, entre aplausos, la escultura que la distinguía como Premio Maite Alascio 2014. El jurado reunido el pasado 4 de marzo la eligió sobre el resto de candidaturas como reconocimiento a una trayectoria entre pizarras marcada por la “rectitud moral” y el “compromiso con la educación”. Y ese último argumento, el homenaje de la profesión a quien se define con orgullo como simple maestra de Infantil, sin más apellidos ni eufemismos, tuvo efecto retorno al hacer la protagonista extensivo el galardón a todo el gremio. La dedicación al alumnado y las aulas, tan castigadas en los últimos años por los recortes, se convertían así en el telón de fondo del acto.
Emocionada y nerviosa, Acevedo reconocía delante del atril –ante un auditorio compuesto por familiares y compañeros de profesión y sindicato– que quizás era la primera vez en la que tomaba la palabra frente a un micrófono. “Lo mío no es hablar en público ni tampoco asumir el protagonismo”, aseguraba. Lo suyo por contra sí es, como se encargó de recordar, aportar su pequeña contribución, a lo largo de décadas, a la “humanización de la educación”, esa batalla diaria con pequeños proyectos de adultos de entre 3 y 6 años que los padres ponen en sus manos cada curso. “No siempre se reconoce nuestro trabajo, pero yo me presento siempre como profesora de Infantil, que es lo que soy”, defendía orgullosa sólo unos minutos antes de recibir el premio. Una misión pedagógica que tiene recompensa, la de saberse colaboradora directa en la “formación de buenos ciudadanos, facilitándoles el poder hacer frente a las dificultades y los cambios” que encontrarán a lo largo de la vida en forma de barreras.
En su breve pero emocionado discurso insistió, en varias ocasiones, en hacer extensivo el galardón “a todos los profesores y maestros, en especial a los de Infantil”, la etapa a la que ha consagrado miles de jornadas. Ellos, compañeros y compañeras, son los que a su juicio unen fuerzas para “construir un mundo mejor, más humano”. Educadores con nombres y apellidos, como los de las tres profesoras que citó como ejemplo de tenacidad y dedicación, unas por tomar las riendas de la educación de su propio hijo y una tercera por compartir con ella empleo en el ‘García Lorca’, el colegio en el que trasladaron a la práctica, codo con codo, la misma vocación. “Me gustaría tener un poco de cada una de ellas”, reconoció. La entrega de la estatuilla bautizada con el nombre de Alascio, la mujer que escribió algunas de las páginas más brillantes del sindicalismo ceutí, puso punto final al acto.
Juan Luis Aróstegui, secretario general de CCOO y presidente de la Junta de Personal Docente, dos colectivos con los que Acevedo mantiene vínculos estrechos, se había encargado antes de destacar la figura de la galardonada, a la que atribuyó una “trayectoria impecable en defensa de la educación, un sector golpeado por los sucesivos recortes aplicados por el Gobierno”. Como prólogo y epílogo, las actuaciones de la cantante ceutí Ebhel, que sobre el escenario reclamó “ejercer la defensa de los derechos de la mujer hoy [por ayer], pero también, sin olvidarlo, los restantes 364 días del año”.
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