Opinión

Ceuta responde unida con humanidad, convivencia y responsabilidad ante el desafío migratorio

Ceuta atraviesa uno de los momentos más difíciles y exigentes de su historia reciente. La presión migratoria que soporta nuestra ciudad no solo representa un desafío para nuestras instituciones y nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, sino también una prueba para los valores que definen a nuestro pueblo.

Y una vez más, Ceuta ha estado a la altura.

En primer lugar, es de justicia reconocer la inmensa labor que vienen desarrollando las entidades sociales, organizaciones humanitarias y centenares de voluntarios que, con entrega, profesionalidad y una enorme vocación de servicio, atienden cada día a quienes llegan a nuestra ciudad en condiciones de extrema vulnerabilidad. Su trabajo, proporcionando alimento, atención sanitaria, asistencia social y apoyo personal, constituye un ejemplo de humanidad del que todos los ceutíes debemos sentirnos orgullosos.

Esta asistencia no responde a planteamientos políticos ni ideológicos. Es, sencillamente, una obligación moral y humanitaria que define a una sociedad civilizada. Atender a quien pasa hambre, necesita atención médica o carece de lo más básico nunca puede interpretarse como una renuncia al cumplimiento de la ley.

Muy al contrario.

Mientras las entidades sociales junto a personas anónimas cumplen con ese deber y esa labor humanitaria, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado continúan desempeñando, con absoluta profesionalidad, la misión que les corresponde: garantizar el control de nuestras fronteras, preservar el orden público y desarrollar, cuando proceda, los procedimientos de retorno a los países de origen con pleno respeto a la legalidad vigente y a todas las garantías jurídicas que amparan a cualquier ser humano.

Humanidad y legalidad no solo son compatibles; son inseparables en un Estado de Derecho.

Quienes cuestionan la atención básica a estas personas deberían preguntarse cuál sería la alternativa. Abandonar a cientos de seres humanos a su suerte, sin alimento, sin asistencia y sin esperanza, solo conduciría a una espiral mucho más peligrosa para todos. La desesperación nunca puede ser una política pública. Negar lo esencial no resolvería el problema migratorio, únicamente añadiría un grave problema de inseguridad y exclusión social que terminaría perjudicando tanto a quienes llegan como a quienes viven en nuestra ciudad.

Pero si hay algo que merece el mayor reconocimiento es el comportamiento ejemplar de la ciudadanía ceutí.

Especialmente el de los vecinos de las barriadas de la periferia, donde se ha concentrado la inmensa mayoría de las personas (90%) que han entrado irregularmente en nuestra ciudad. Han soportado y continúan soportando, una presión extraordinaria con serenidad, paciencia, civismo y una admirable capacidad de comprensión. Han demostrado que la fortaleza de un pueblo no se mide por las dificultades que afronta, sino por la forma en que decide afrontarlas.

Los ceutíes han dado una auténtica lección de responsabilidad.

Han demostrado que, por encima de cualquier diferencia política, cultural o religiosa, existe un compromiso común con la convivencia, el respeto y el interés general. En los momentos más difíciles, Ceuta ha vuelto a recordar quién es: una ciudad donde conviven distintas culturas, distintas tradiciones y distintos credos, unidos por un mismo sentimiento de pertenencia y por un profundo respeto mutuo.

Esa es nuestra verdadera identidad.

Frente a quienes intentan sembrar la división, Ceuta ha respondido con unidad.

Frente al miedo, ha respondido con serenidad.

Frente al odio, ha respondido con humanidad.

Y frente a la adversidad, ha respondido con convivencia.

Nuestro pueblo ha demostrado al mundo que la convivencia ceutí no es un lema vacío, sino una realidad construida durante generaciones. Una convivencia sólida, firme e inquebrantable que hoy constituye nuestro mayor patrimonio colectivo.

Por todo ello, queremos expresar nuestro más sincero agradecimiento a las entidades sociales, a los voluntarios, a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y, especialmente, a todos los ciudadanos de Ceuta.

Porque, una vez más, han demostrado que la grandeza de un pueblo no reside únicamente en la defensa de sus fronteras, sino también en la firmeza de sus principios, en la fuerza de su unidad y en la dignidad con la que trata a las personas incluso en los momentos más difíciles.

Ceuta ha hablado con hechos.

Y sus hechos han demostrado que nuestra unidad, nuestra convivencia y nuestra humanidad son, hoy más que nunca, absolutamente inquebrantables.

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