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El futuro de la disuasión nuclear como instrumento adicional para la defensa europea

Comoquiera que sea, cuando Estados Unidos dispuso amputar a cal y canto cualquier pesquisa del campo de batalla a Ucrania, las derivaciones se advirtieron inminentemente. Y no era para menos, porque los ciudadanos ucranianos fueron desalojados de la exigua superficie que aún atesoraban en el territorio ruso de Kursk, cercano a la frontera con Ucrania y en la confluencia de los ríos Kur, Tuskar y Seym. En tanto, las fuerzas de Kiev sufrieron adversidades determinantes, mientras sus aliados europeos lo contemplaban con pavor.

A decir verdad, aquel cese informativo apenas persistió unas jornadas, pero fue lo bastante como para que Europa entreviera una situación embarazosa: Estados Unidos ya no era un socio acérrimo e incondicional y el Viejo Continente precisaba cuanto antes un plan de emergencia. Y en esta atmósfera de perplejidad, los gobiernos europeos abordan urgentemente que un Washington cada vez más distanciado, continúe ligado a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), al tiempo que apremian sus respectivos programas de rearme. Por vez primera, desde que se derribara el Muro de Berlín (9/XI/1989), ha aflorado un debate interno que antes era veto sobre la plasmación de una capacidad de disuasión nuclear.

En nuestros días, la seguridad del continente europeo yace sobre el paraguas de las ojivas americanas y el encargo de defensa mutua. No obstante, ante la coyuntura de que ese apoyo se esfume, Europa se asoma al precipicio de enfrentarse en solitario a una Rusia que esconde el arsenal atómico más colosal del planeta.

Como es sabido, únicamente París y Londres aparejan esa capacidad nuclear y en un trazado teórico, otros países europeos estarían en disposición de empeñarse a desenvolver sus misiles, si éstos efectuaran inversiones grandiosas. Sin embargo, esto entrañaría traspasar líneas rojas resbaladizas, desde el quebrantamiento del Tratado de No Proliferación (TNP), hasta el escollo político de que salvaguardar a un aliado convierta su territorio en un blanco nuclear próximo.

Dicho esto, el Viejo Continente se bate con extrema reserva y las reuniones materializadas en círculos condicionados y bajo conformaciones bilaterales o trilaterales acentuadas por la confianza, se conjuran para no dirigir ningún rastro a Rusia que pueda tergiversar. Con lo cual, la susceptibilidad de la cuestión está servida y lleva a que las conversaciones se sucedan a nivel militar técnico, e incluso distante del oído de algunos representantes. Pese a ello, los expertos avisan que desbancar el patrocinio de Estados Unidos por un sistema europeo, es para la amplia mayoría de los estados, una gestión inasumible. De hecho, Europa consigna cuentas astronómicas para rehacer su fortaleza militar convencional y que revela la extenuación de los fondos públicos.

Ante este paisaje nada halagüeño, no son pocos los que deducen que la estrategia más pragmática no se trata de explorar una fórmula paneuropea, sino afinar el armamento convencional de alta tecnología para apartar cualquier acometimiento ruso. Claro, que la posibilidad de una disuasión atómica conjunta es argumentable y la réplica debería concentrarse en cómo los arsenales de Francia y Reino Unido podrían ayudar de manera positiva a la seguridad colectiva. Y a pesar de su menor envergadura, el arsenal franco-británico posee potencia suficiente como para deshacer cientos de ciudades. La dificultad reside en que Rusia tiene una composición más flexible y ágil, con armas tácticas menores que le otorgan medir su respuesta ante cualquier escalada. Al mismo tiempo, sostener estos arsenales significa millones de dólares al año. Un coste que excede la mitad del presupuesto de defensa.

Contrariamente a los inconvenientes, París y Londres han optado por armonizar sus acciones sobre el programa nuclear por medio de la Declaración de Northwood, confirmando que sus fuerzas, aunque autónomas, son imprescindibles para el equilibrio de la región euroatlántica. E incluso, concurren proposiciones para ubicar aviones franceses con capacidad nuclear en espacios estratégicos como Polonia.

Tampoco es baladí que haya quienes propongan que cada estado invierta en sus propias capacidades. O lo que es igual, disponer de la tecnología preparada para articular con las máximas garantías de un arma ante una emergencia extrema. Toda vez, que esto demanda tanto una infraestructura industrial como de voluntades políticas que no parecen darse. Y otra alternativa, la inclinación de componer una potencia nuclear europea que hasta cierto punto pugne con los gigantes globales, parece colisionar con un entorno de gastos exorbitantes y diversas disyuntivas estratégicas que Europa todavía no ha solventado.

Con estos precedentes pormenorizados, Europa comienza a referirse en un tono diferente en materia de seguridad, al dejar vislumbrar algo más profundo que meras manifestaciones diplomáticas: el continente se previene para un contexto internacional en el que habrá de hacerse valer con independencia y planes representativos como un escudo antidrones y el soporte de la frontera oriental.

El designio es que la Unión Europea (UE) sea como fuere, sepa protegerse de cara a las intimidaciones de Rusia, intentando amortiguar la sujeción histórica de la Alianza Atlántica para la defensa europea.

“La certeza de que Europa ha de negociar y afrontar la disuasión nuclear prospera con ahínco y comporta contar con un paraguas nuclear, donde la OTAN es y seguirá siendo, la pieza clave”

Abreviado de otro modo: en un horizonte de progresiva oscilación, con tensiones en Oriente Medio, más el conflicto bélico de Ucrania y el avance de actores asiáticos, la UE está dispuesta a excluir su dependencia militar de Estados Unidos y erigir su escudo de defensa integral. Por lo tanto, propulsar un proyecto de disuasión nuclear europeo no es una iniciativa novedosa, aunque sí lo es el momento real en el que se forja.

Inicialmente, si la disuasión nuclear francesa despuntó como un reto por la autonomía estratégica con ocasión de la Guerra Fría (12-III-1947/26-XII-1991), Alemania, coartada por su historia y conexión atlántica, prefirió durante varias décadas el respaldo de Estados Unidos. Al presente, con el Reino Unido fuera de la UE, Francia es la única nación con armas nucleares dentro del bloque y la polémica vuelve.

Emmanuel Macron (1977-48 años), como representante del único estado de los Veintisiete con armas nucleares a su disposición y autoridad para ampliar su arsenal, según lo determinado por el TNP, seis años antes había expresado el menester de posibilitar un diálogo europeo sobre este asunto, pero con pocas expectativas. Hoy, el temple en el panorama internacional ha variado y con él los empeños por agrandar su independencia estratégica.

Evidentemente, Reino Unido es parte integrante del tridente de países que capitanean la oferta de un escudo nuclear europeo. Y no formando parte del bloque, Londres desea apurar los vínculos con premura en materia de seguridad. Conjuntamente, es junto a Francia, el otro estado del continente que hace alarde de sus fortalezas con un arsenal nuclear. Y como no podía ser de otra manera, la idea ha causado respuestas pertinentes entre naciones que desde primera hora no intervenían en las conversaciones. Fundamentalmente, en el flanco oriental donde Polonia, Letonia y Estonia se han declarado optimistas para admitir la disuasión nuclear como un instrumento en la desenvoltura de defensa frente a Rusia.

En este aspecto, el presidente polaco Karol Nawrocki (1983-42 años) afirmó literalmente ser “un firme partidario de que Polonia se sume al proyecto nuclear” y sostuvo que Varsovia componga su estrategia de seguridad “sobre una base nuclear”. Asimismo, refirió que “este es el camino que debemos seguir, respetando todas las normas internacionales. Somo un país al borde de un conflicto armado. La actitud agresiva e imperial de Rusia hacia Polonia es bien conocida”.

Por otro lado, Letonia y Estonia no posponen unirse a las conversaciones sobre un programa de disuasión nuclear común. “La disuasión nuclear puede ofrecernos nuevas oportunidades”, aseveró la primera ministra de Letonia, Evika Silina (1975-50 años), quien dijo que cualquier movimiento en ese rumbo se produciría dentro del marco legal internacional.

Recuérdese al respecto, que en los años sesenta, Charles de Gaulle (1890-1970), militar y estadista francés que dirigió la resistencia francesa contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial (I-IX-1939/2-IX-1945) y presidió el Gobierno provisional de la República francesa de 1944 a 1946, respectivamente, para restablecer la democracia en Francia, convirtió una intuición política en doctrina. Me explico: Francia no podía encomendar su estabilidad en deliberaciones tomadas en Washington.

La ‘disuasión nuclear’ o ‘force de dissuasion’, vista en sus estrenos como ‘forcé de frappe’, no era para la capital francesa un ingrediente añadido de la OTAN, sino el eje de una estrategia nacional. Ese diseño auguraba un anhelo inmediato: probar que cualquier asaltante estuviera al corriente que el precio sería inadmisible, aun si el aliado estadounidense titubeara en prosperar hacia una guerra nuclear.

Este indicio descifra el movimiento de fichas que remarcó aquella época: en 1966, Francia se marchó del armazón militar terciado de la Alianza Atlántica para salvar su independencia, particularmente, en lo que atañe a la disuasión nuclear. La propia Alianza Atlántica extracta la tesis: mayor facultad y albedrío frente a Estados Unidos y rehúso a constituir el arsenal francés en dispositivos de control aliados.

Curiosamente, De Gaulle, no se refería a la Unión en sentido real. Pero sí imaginaba una Europa con total capacidad de determinación en su seguridad. En su esbozo, la disuasión francesa adquiría una fuerza de gravedad política que sobrepasaba los límites fronterizos nacionales. En tal caso, si Francia se afianzaba su libertad de movimiento, igualmente favorecía la seguridad del continente.

Esta magnitud europea que afloraba y retornaba en la arenga gaullista con diversos niveles de ímpetu, se encontró con una traba peliaguda: Alemania Occidental. Para la ciudad de Bonn, el rompecabezas de este puzle no era solo de acomodamiento estratégico. Ante todo, revelaba un exponente histórico y jurídico, porque la restauración de su legitimidad gravitaba en desistir al camino nuclear, sumarse a la vía atlántica y reforzar los lazos con Estados Unidos.

Ni que decir tiene, que el duelo político, económico, social, ideológico, militar y propagandístico que se produjo tras la Segunda Guerra Mundial, vigorizó esa elección. La disuasión americana, como concepto de que Washington contestaría con armas nucleares si Europa era abordada, resultó ser la columna vertebral de la seguridad alemana. Y en el interior de la OTAN en atención a un documento oficial de la Alianza, la distribución nuclear dio luz verde para que países no nucleares colaboraran en acomodos operativos con armas norteamericanas.


La desaprobación alemana a una adopción nuclear sostuvo un cuerpo normativo. El TNP estabilizó el régimen que selecciona a los Estados con armas nucleares de los que se exponen a no adquirirlas y Francia se halla entre los registrados por ese principio.

En esta idoneidad, Alemania se estableció como actor económico sin arsenal nuclear amparado por la OTAN. La ecuación era sencilla: la conjunción transatlántica brindaba anticipación y la disuasión nuclear norteamericana sorteaba que Europa quedara en manos de resoluciones alcanzadas en Moscú. Y en fines políticos internos, se convertía en una escapatoria que impedía reanudar debates insostenibles en aquella sociedad de posguerra. En otras palabras: nuclearizarse no, pero rearmarse sí. Aquel cóctel esclarece a grandes rasgos por qué las observaciones francas de fraguar su escudo sobre Europa no cuajaron. Para Alemania, tolerar un paraguas francés se juzgaba como un relevo de la protección americana. Y eso indicaba hurgar en el corazón de su estrategia, porque la adhesión a la OTAN no era un complemento, sino el marco.

Amén, que la Francia que en el año 1966 punteaba desafecto de la armadura militar integrada, volvió enteramente a la acción formada en 2009, sin retirarse de la autonomía de su disuasión. Pero el antecedente orgánico no se diferenció: el arma nuclear francesa se entiende como nacional, política y no compartida.

Ya en 2020, Macron concretó una adaptación contemporánea del tema: la fuerza nuclear francesa “tiene una dimensión verdaderamente europea” y por su presencia, ayuda a la seguridad del continente. En ese mismo razonamiento sugirió un “diálogo estratégico” con actores europeos sobre el protagonismo de la disuasión.

La exposición requería un límite rotundo: no se trataba de traspasar control, como tampoco de alumbrar una bomba europea bajo mando conjunto. Si no más bien, de dilucidar doctrina, realidades imperantes y la manera en que Europa enfoca su seguridad, en un entorno donde la guerra en Ucrania repuso la amenaza con grado elevado y acreditó el peso de la disuasión como instrumento político.

La variable que reorganizó el tablero institucional residió en el Brexit (1/II/2020), con el Reino Unido al margen de la UE y la única potencia nuclear dentro del bloque es Francia. Aun así, el Reino Unido continúa siendo nuclear, pero ya no es parte del esqueleto político de la Unión, como tampoco interviene en sus resoluciones, presupuesto y lo más significativo, en su dibujo de defensa en desarrollo.

Esa reseña, más que un indicativo, tiene efectos desencadenantes. Si la UE pretende cimentar un contrafuerte de defensa, la disuasión nuclear queda, por dictamen, distante del suelo europeo, a excepción de París. El resto de Estados miembros pueden cuestionar el coste militar, la industria, la ciberdefensa, etc., pero en disuasión nuclear, pende de la OTAN y en último término, de Estados Unidos.

Hoy, la discusión vuelve a la palestra: la contribución, sin suplir a Estados Unidos, porque la cuestión reapareció por un fundamento que encaja geopolítica y política doméstica europea.

Queda claro, la preocupación sobre la firmeza del compromiso norteamericano y el empuje para que Europa incremente su presupuesto en defensa. Y en esta posición, Alemania ratificó que las reuniones con Francia sobre la cooperación en disuasión se encuentran en una fase inicial y con una servidumbre política: no desmejorar el papel de Estados Unidos en el engranaje de la OTAN.

Simultáneamente, diversos medios europeos examinaron el debate interno germano: sondear el paraguas francés como suplemento, sin que se interprete como reemplazo de la garantía americana. De la misma manera, deambulan en esferas de seguridad supuestos e iniciativas de política, al objeto de cerrar lo que algunas crónicas definen como ‘brecha de disuasión’ en Europa. O séase, desde mantener la dependencia presente hasta apostar por mecanismos más decisivos.

La prolongación histórica se halla a primera vista: Francia está por la labor de ofrecer disuasión y en el límite, cobertura política. En cambio, Alemania observa reiteradamente a Washington por convencimiento estratégico y concreción de cálculo. Cualquier signo de desajuste transatlántico podría ser dilucidado por un rival como un escaparate de provecho. Y en esa encrucijada, el legado dejado por De Gaulle, regresa sin añoranza: su teoría que la disuasión es política antes que técnica, se amolda a un continente que persigue la autonomía sin echar por tierra el acuerdo que muchos años lo preservó. Y en la UE la referencia estructural perdura: el único arsenal nuclear pertenece a Francia.

Llegados a este punto, ideado como un escudo tecnológico de alcance total, el sistema de defensa quiere revestir a Europa de cara a las amenazas híbridas, incursiones aéreas y acometidas a infraestructuras críticas. El desapego de Estados Unidos en materia de defensa, arrastra a Europa a tonificar su autonomía estratégica. Es por ello que Bruselas brega por la configuración de un sistema antidrones de alcance continental, al igual que una red de detección, neutralización y respuesta rápida frente a aeronaves no tripuladas, tanto de naturaleza civil como militar.

El plan detallado en el documento ‘Preservando la paz, preparación para la defensa’, trata de reforzar una defensa, valga la redundancia, que englobe la totalidad de los flancos de la UE (desde el Báltico hasta el Mediterráneo).

Sobraría mencionar en estas líneas, que esta iniciativa nace en respuesta directa a la guerra híbrida de Rusia contra Occidente, en la que los drones han pasado a ser un aparato de presión, espionaje y sabotaje. Estas operaciones, adjudicadas en varias ocasiones al convoy fantasma ruso, saca a la luz la fragilidad del espacio aéreo europeo ante un vehículo sin tripulación, capaz de mantener de manera autónoma un nivel de vuelo controlado y sostenido.

Este programa presume el establecimiento de un sistema multicapa de defensa preparado para detectar, seguir y contrarrestar drones, así como generar respuestas de precisión mediante drones aliados. Indudablemente, en coordinamiento con la Alianza Atlántica, con la que la UE trata de asegurar la interoperabilidad de los sistemas de Mando y Control. O lo que es mismo: la capacidad de las aplicaciones y los sistemas para intercambiar datos de forma segura y automática, independientemente de los límites geográficos, políticos u organizativos. Por otra parte, el muro antidrones se entiende como una red manejable y modular que dispondrá a los Estados miembros ajustarla a sus carencias y participar en la obtención de equipamiento militar a la vanguardia.

La Comisión Europea propone que al menos el 40% de las adquisiciones de defensa se ejecuten de modo conjunto antes de la finalización de 2027. Este patrón de cooperación, infundido en el aprendizaje de Ucrania, aguarda acortar gastos, aunar estándares tecnológicos y promover la industria europea de defensa.

“Hoy por hoy, Europa se asoma al precipicio de enfrentarse en solitario a una Rusia que esconde el arsenal atómico más colosal del planeta”

Realmente, Kiev se ha erigido en un ejemplo en innovación y perfeccionamiento militar, mediante la mejora de drones de combate, más el reconocimiento y el puntal logístico, ha proporcionado a las fuerzas ucranianas plantar cara a un ejército ruso por encima en cifras y armamento.

Así y con la voluntad de valerse de la experiencia mediante la denominada ‘Alianza Europea de Drones con Ucrania’, se allana la transferencia tecnológica y la cooperación industrial entre proveedores europeos y empresas ucranianas.

El documento europeo advierte que el laberinto en el Este ha precipitado la carrera tecnológica de Kiev, consiguiendo progresos considerables en drones multicanal inexpugnables a la guerra electrónica, con suficiencia para nutrir la comunicación y el control bajo neutralizaciones rusas.

Allende al frente Oriental, el muro antidrones posee una visión integral de seguridad, encaminado a salvaguardar infraestructuras críticas, como centrales eléctricas, aeropuertos, redes de transporte o gasoductos. El sistema no se circunscribirá exclusivamente a la defensa militar, porque también se utilizará para supervisar fronteras, combatir el crimen organizado y evitar la instrumentalización de la migración de regímenes hostiles.

En el apartado anterior, la Comisión Europea indica explícitamente los sucesos de presión migratoria vividos en las fronteras de Polonia o la Ciudad Autónoma de Ceuta, como muestras de las muchas amenazas híbridas no convencionales. Aunque la designación de ‘muro antidrones’ puede recordar una valla o barrera física, Bruselas hace hincapié en este aspecto, precisando que se trata de una concepción tecnológica y operativa y no en tal caso, de un muro propio.

Su objetivo es implantar una malla digital de vigilancia y respuesta, apuntalada en radares, sensores, sistemas láser y capacidades de guerra electrónica repartidas por el suelo comunitario. Algo así como un escudo prácticamente inapreciable, pero dinámico, capaz de detectar amenazas en el mismo momento y conjugar la respuesta desde centros de mando integrados.

Obviamente, este plan no se encuentra libre de desafíos.

Motivo por el que los Estados miembros insisten en los debates sobre la adjudicación de liderazgo y los métodos de financiación, dado que algunas naciones del Este como Polonia o los países bálticos, demandan más inversión en su región, mientras que países del Sur como Grecia, España o Italia, reiteran que la dirección ha de acoger los trescientos sesenta grados. Ante lo cual, la Comisión ha decidido ensanchar el epicentro estratégico y acreditar que cada uno de los territorios salgan favorecidos de la nueva arquitectura defensiva.

En definitiva, la certeza de que Europa ha de negociar y afrontar la disuasión nuclear prospera con ahínco y comporta contar con un paraguas nuclear, donde la OTAN es y seguirá siendo, la pieza clave. Y en la misma línea, el muro antidrones representa la voluntad de Europa de no supeditarse únicamente al paraguas militar americano y de robustecer su soberanía tecnológica de cara a un escenario identificado por cambios rápidos, intensos y frecuentes que dificultan a más no poder la predicción y aumenta el riesgo.

Pero más que un simple ingenio de defensa, este sistema encarna el acceso hacia la integración militar europea y la gestación de un futuro donde la seguridad no puede quedarse de brazos cruzados.

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