Tu nombre ha sonado en la casa familiar de la calle Espíritu Santo cientos de veces a la par que los de todos los compañeros que nombras y, ni que decir tiene, de doña Sara, toda una dama. El respeto y el cariño a la directora y a todos vosotros formaban parte de nuestras vidas a través de las palabras y el entusiasmo de nuestro queridísimo hermano Mesod.
Me cuesta trabajo entender como puedo estar hilvanado estas líneas cuando la congoja y el estupor me asfixian.
Mesod es, me rebelo a decir fue porque en mis ojos estará impresa siempre su imagen de la última vez que lo vi., sentado frente a mi, apurando un vaso de café y recordando la belleza de nuestra madre, así se tercio la conversación de su hija mayor, de niña, era el vivo retrato de su abuela como puede verse en la fotografía tomada en Panamá con su vestimenta propia del principios de 1900, y digo es y lo será aunque ya este en el Mundo Futuro (Leolam vaed, según los exégetas de la Torah) gozando de los privilegios de su religiosidad y buen hacer, repito, es y lo será un excelente hijo, hermano, esposo, padre, abuelo, sobrino, primo, tío, nieto, cuñado y amigo de todos.
Mi hermano Mesod era el penúltimo y yo la última del sintagma de hijos, nueve, que mis padres trajeron al mundo. Mesod siempre alegre, divertido, chistoso, comunicativo, amante de la vida, imitador como hay pocos y perfeccionista al interpretar un papel en su momento de actor. Le encantaba utilizar la palabra “atrezzo” cuando la ocasión la requería muestra de su inmarcesible amor al teatro. En nuestra infancia nos llevábamos cinco años, para Masod yo era “la fejusas”, un apelativo que se invento que era sinónimo de “feita”. Hacia honor a la verdad pero yo, llorona impertinente, sollozaba a moco tendido, mocos y lágrimas que me limpiaba en el pico del delantal de mi madre. Eso sí, teníamos una afición compartida: cuando mi madre estaba friendo patatas para hacer una tortilla, llenábamos un plato e íbamos a comérnoslas debajo de la mesa del comedor, ¿porque allí? Simplemente, era un acuerdo tácito. Mesod, el consuelo que me queda es que disfrutaste todo lo que pudiste en compañía de esos soles de hijos y nietos que Esther y tú tuvisteis. Cuando tus hijos, Raquel, Isaac y Estrella, empezaron a llamarme Rebe, tu los imitaste, me gusto, en el camino de los años me hacia sentir joven pero hay en el fondo de mi corazón algo tan único e intransferible como “la fejusa” que siempre estará allí como parte de tu esencia en el arte de caricaturizar y expresar tu cariño. Mesod, siempre con todos nosotros. El amor de tus hijos, nietos y de toda la familia vuela hacia ti en alas del símbolo de la PAZ.
Juan Furrasola, gracias muchísimas gracias en nombre de Raquel, Isaac y Estrella, los hijos de Mesod, y en el de todos los Bendahán.






