Desde que se produjeron las entradas de miles de marroquíes en Ceuta, han proliferado los espacios de debate en los que nuestra ciudad -junto a la hermana de Melilla- son protagonistas al haber sido testigos y víctimas de un auténtico chantaje. Lo que en algunos foros se ha disfrazado de ‘invasión migratoria’ fue en realidad otra cosa: un gesto claro de lo que Marruecos podía llegar a hacer y efectivamente hizo en solo horas. Lo que se gestó el 17 de mayo marcó un antes y un después, fue un episodio histórico reflejo de la gran crisis entre dos países que se rompió por uno de los lados más débiles. Es positivo que personas conocedoras de la situación participen en foros en los que se hable con claridad de lo ocurrido, ayuda sin duda a que Ceuta no se olvide y a que pueda enfrentarse a los retos que se le presentan por delante que afectan directamente a su integridad territorial. Se debe hablar y mucho sobre la Ceuta que queremos, sin prisas pero sin pausas, poniendo encima de la mesa aquellos proyectos que nos pueden beneficiar y que van a suponer un cambio radical, ya que exigen terminar con la Ceuta que hemos conocido, romper con sus dependencias y vinculaciones.
Marruecos tiene claro qué pasos quiere dar y hasta dónde puede llegar, sin ocultar sus advertencias ni amenazas. Ceuta y Melilla parece que empiezan a tenerlo pero hace falta una implicación real y convencida a nivel de instituciones no tanto de partidos, y eso parece que va a costar. La idea de Ceuta debe pasar por alcanzar esa autonomía que aborte la dependencia fronteriza y el enfoque absoluto hacia un país sin que ello suponga lo que parece que algunos quieren: enfrentamiento.
Ceuta, como frontera sur de Europa, debe tener la habilidad suficiente como para mirar más hacia la Península y hacia Europa obteniendo el respaldo que hasta ahora no lo ha tenido -ni por parte de los gobiernos del PP ni del PSOE que pudieron hacer mucho más, ni por parte de una Europa que se preocupa ahora por unas fronteras que ha mantenido abandonadas a su suerte- pero sin despreciar a un país como Marruecos, con el que no se debe iniciar acción beligerante alguna sino mantener las bases necesarias para marcar líneas que no deben superarse jamás.






