Qué fácil sería la vida si pudiéramos convertirnos en algo que no somos, solo con desearlo. Más paciencia, menos dolor, más aguante…Nos programaríamos en pequeño formato, solo visible para nuestro historial en una carpeta mostrada en escritorio. Un día nos borraríamos y empezaríamos de nuevo. Podrían pensar que es lo que algunos profetas tiktoqueros llaman resiliencia, pero no, porque esto que propugno es mucho más radical, como hacernos de nuevo en el líquido viscoso de la placenta maternal. Sin vicios adquiridos, sin formato alguno, solo conveniencia y supervivencia, cuando lo usual es morir a trozos en la privacidad de tu casa porque todo te afecta, todo te salpica y los vaivenes de la vida no son más que puñales que se te clavan en la espalda.
La circunstancia que te altera da igual, porque si no la puedes cambiar, no cesará y si no cesa, sigue doliéndote.
La enfermedad mental, los trastornos, los mea culpa que nos regala nuestro propio pensamiento no son más que una doctrina cruel atornillada en nuestra columna vital que nos fija reglas estrictas que no podemos cumplir y que nos frustra para no dejarnos en paz. No sé si el paraíso será romper todas las normas, en una playa balinesa infinita con una panorámica que asusta por lo maravillosa en si misma. Porque … ¿sinceramente estamos diseñados para disfrutar? Creo que no. Soñamos con cosas que no solo no nos aportan nada, sino que además nos frustran al no sernos accesibles. Es la pescadilla que se devora a sí misma en un mar de consumo y dudas.
Supongo que por eso hay que tener cuidado al soñar, al cruzarte con una quimera en alguna esquina, al llegar a una encrucijada, a colarte en un aquelarre al que no has sido invitado y a las buenas voluntades de los necios, porque a todos ellos los carga el diablo que ni entiende de razones y mucho menos de deseos.
Si pudiéramos dejar de soñar y alojarnos en nuestro cuerpo, sentirnos bien por el solo hecho de respirar escuchando al viento aullar en la noche, teniendo la certeza de que somos porque estamos ahí, escuchándolo, quizás tendríamos una oportunidad. Pero no, porque no hay padre que no presione a sus hijos para mejorar, para ser alguien que nunca fueron, tergiversando verdades y mintiéndose a la luz del día para creer que lo son es lo que siempre soñó que serían. No hay sociedad que se precie que no busque individuos de los que enorgullecerse por los méritos que sean. No hay espermatozoide que no corra alocado hasta su último fin de supervivencia.
Sin embargo, la vida es esclarecedora y solo nos espera lo más cierto, el destino final con la Parca a la que obviamos hasta que le vemos los dientes. Mientras, despreciamos una mano amiga, un cuerpo que nos da calor en la noche dormida, una buena charla, una tortilla de patatas poco hecha o el llanto de un bebe que te despierta porque tiene hambre. Nos afanamos en un laberinto de ratas de laboratorio, donde el investigador hace mucho que se fue y la comida nos la dispensa la divina voluntad de una máquina programada para ello.
Nos creemos dioses y somos barro moldeado por alguien que genéticamente nos programó de tal y cual manera, sin que podamos volvernos a reprogramar ni más sabios, ni más pacientes, ni más buenos, ni -mucho menos- más humanos.






