Risas que tintinean en la memoria. Anécdotas que describen a la perfección cómo eran. Vivencias que, contra toda posible noción del tiempo, parece que sucedieron ayer. Frases y gestos que están vivos. Son fragmentos del legado que dejaron los que ya no están en Ceuta.
Son parte de un recuerdo guardado como oro en paño. Como cada año, ha florecido de nuevo en este sábado de Todos los Santos. Sobre sus nombres reposan flores para vencer al olvido. Se resisten a que el tiempo los borre.
Los caminos del cementerio de Santa Catalina se han llenado de colores, escaleras y familiares. A la entrada, los ha recibido el leve sonido de piezas de música clásica. Cada uno ha tomado su rumbo hasta llegar a su destino.
Delicadamente han limpiado los mármoles y han colocado ramos en las jarras. Un gesto para unirse de nuevo a quien tuvieron en vida. Un sencillo acto que enseña que, en realidad, la muerte no es capaz de separar a quienes se han querido desde siempre.
Jardín
San Ramón, Santa Inés, San Nicolás, Santa Águeda, la virgen de África o del Carmen velan por ellos. Protegidos en sus pasillos, han descansado una jornada más en este jardín que trasciende a la muerte.
Cuidado con esmero y rodeado de césped, flores y esculturas, el recinto por sí mismo honra a los que partieron en su día. Nichos, tumbas y panteones se despliegan por sus espacios.
Cruces, advocaciones marianas, representaciones de Cristo y otros elementos cristianos se fusionan con retratos de matrimonios o fotografías antiguas. Posan sobre los epitafios frases y mensajes que dedican familiares o detalles como una postal de un nieto.
Panteones
Panteones con seres queridos que descansan juntos, figuras religiosas o un retrato se entreven entre los diferentes enterramientos del camposanto. Algunos se salen de las líneas generales y muestran los gustos o aficiones de los difuntos. Es el caso de la tumba en la que se aprecia el escudo del barça o la que está cubierta por una imagen de un ceutí en una carrera.
Diferentes palabras rinden tributo a militares, a esposas, abuelas, nietos o hermanos. “Tú eres mi ángel pequeña flor. En la tierra estuvimos juntos una temporada y en el cielo una eternidad”, reza uno de los mármoles tallados. “Tus amigos legionarios no te olvidan”, indica otro.
Algunos de los vecinos que en el presente se encuentran en esta parcela de paz y recuerdo dejaron huella en toda la ciudad, como el médico y alcalde Antonio López Sánchez-Prado. Su rincón este día de Todos los Santos ha lucido numerosos ramos en señal del aprecio que todo el pueblo aún le guarda.
Historias
Las tumbas no solo hablan de historias íntimas y personales. Son relatos de la historia. Queda plasmada en enterramientos dedicados a los republicanos fusilados o en los discretos nichos de los aviadores británicos que se toparon con la muerte en Ceuta.
Otros no tienen flores. No por desatención o por circunstancias de la vida. Son reflejo de duras experiencias. No tienen nombre y, tras ellos, están las identidades borradas de aquellos migrantes que se cruzaron con su punto y final en su búsqueda de oportunidades a través del mar.
Cada uno se halla en un estado u otro. La naturaleza se abre paso en una parte de las tumbas. Arbustos y hierbajos crecen a sus anchas entre ellas. Algunas todavía están a la espera de la llegada de sus seres queridos para ser adecentadas. Otras, desafortunadamente, han caído en las garras del abandono.
Abandono
Losas rotas, rosas de plástico ennegrecidas por el polvo o letras que son ilegibles son una prueba fehaciente de que ya no reciben visitas. Sin embargo, este sábado, ha habido alguna que otra persona que ha querido romper esa imagen de descuido.
“Vamos a ponerle unas flores a las que no tienen”, ha comentado una mujer a otra. Inmersas en su tarea, se han acordado de quienes no cuentan con alguien que vele por ellos. Otros vecinos han roto la nada que se teje entre las hileras con conversaciones breves.
Algunos, recién llegados al cementerio con ramos en las manos, se han santiguado. Escondida en una de las calles del recinto, una señora ha posado para una fotografía ante un epitafio.
El vaivén de los allí presentes se ha fusionado con el rugido del viento, el grito de las gaviotas y el silencio eterno de nichos que se encuentran con el mar cara a cara en una jornada cargada de solemnidad.
José, Mercedes, María José, África, Consuelo, Antonio, Francisco y otros nombres grabados a fuego en la memoria han regresado, por un momento, a casa de nuevo.





