Opinión

La felicidad por añadidura

Se afirme de modo explícito o no, el mensaje que nos llega sobre la felicidad, desde las más diversas instituciones, es el mismo: existe un derecho a la felicidad. Y aquí, en el fondo, hay acuerdo entre las instituciones educativas, el mercado laboral, los partidos políticos, los medios de comunicación e incluso las nuevas formas de espiritualidad.

Establecer que alguien tiene el derecho a ser feliz, en realidad, es condenarlo. Primero, porque un derecho es algo que tiene que ver con la ley, con lo que una sociedad ha acordado en conceder, es decir, viene de otro, es otra persona quien te lo tiene que otorgar. Y esos atajos, en estas cuestiones, parecen no funcionar. Afirmar que la felicidad es un derecho equivale, en la práctica, a sentenciar que es una obligación, y eso va sonando más extraño. ¿Estamos obligados a ser felices?

Cuando uno responde a las preguntas que uno mismo se plantea, se arriesga a simplificar la cuestión y también a generar desacuerdo entre los lectores. Pero ante esa pregunta, mi respuesta es que no, no estamos obligados a ser felices. No estamos obligados a reponernos en el menor tiempo posible de los reveses de la existencia. No tenemos por qué ofrecer nuestra mejor sonrisa. Ni siquiera tenemos por qué querer celebrar nada con los demás.

Al indagar sobre el psicoanálisis, y sobre lo que implica curar, sobre qué se entiende por una terapia, Freud y Lacan sostuvieron que la cura viene por añadidura. Eso equivale a afirmar que el propósito principal de un psicoanálisis no es curar. Un psicoanálisis no está obligado a curar. Da la impresión de que algunas de las terapéuticas de estos tiempos sí se sienten obligadas a curar, y además en breves periodos de tiempo y con unos planteamientos similares, sin importar qué persona se tenga delante (es lo que tiene la estadística, que recoge los datos de muchos para establecer protocolos que no encajan con ninguna persona en concreto).

Si el psicoanálisis no cura, entonces, ¿por qué ir? Bueno, no hay porque ir. Si lo que se quiere es ser curado de esto o de aquello, que te quiten una fobia o saber manejar la ansiedad social, ya hay profesionales que se ofrecen con un saber apto para tratar estas cuestiones. Y algunas veces tienen éxito.

En las horribles películas de detectives que todos hemos sufrido alguna vez en las largas tardes de domingo, se repite ese tópico del criminal que es muy profesional, y que no consiente eliminar ni asesinar a alguien sin obtener primero toda la información que esa persona atesoraba. El psicoanálisis es para criminales de primer orden. Para gente que no quiere eliminar algo (una fobia, una ansiedad, una obsesión) sin saber primero por qué estaba ahí. Alguien con un poco más de amor para con esas criaturas que son los síntomas, que son incómodas y repugnantes pero que quizá merecen un respeto. Merecen un tiempo para hacerse oír antes de desaparecer (o no). El psicoanálisis concede ese tiempo. Porque no tiene la obligación de curar.

No hay obligación de ser feliz. No es de desagradecidos, ni de personas débiles, ni implica desaprovechar la vida. Ahora bien, (y esto tiene que quedar igual de claro) tampoco hay obligación de sufrir. El psicoanálisis también permite esto, que no haya obligación de sufrir. Entre tanto, se sufre (¡qué remedio!), pero con la convicción de que no es obligatorio.

No hay obligación de ser feliz, ni hay obligación de sufrir: un psicoanálisis puede abrir estas posibilidades. Y quizá algo nuevo se cuele por añadidura.

*José Miguel García (josemigarmar@gmail.com) es psicólogo de la Educación

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