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¿Pueden predecirse los terremotos?

Los terremotos son vibraciones de la corteza terrestre producidas por la liberación súbita de energía acumulada en rocas sometidas a esfuerzos que superan su resistencia (Tarbuck y Lutgens, 2010). La mayoría de estos movimientos se generan a lo largo de fallas, grandes fracturas donde las rocas se deforman lentamente hasta que, en su punto más débil, se produce la ruptura. Ese punto se denomina foco o hipocentro. El lugar de la superficie situado justo encima es el epicentro.

La teoría de la tectónica de placas explica por qué los terremotos no ocurren al azar: los epicentros se concentran en zonas donde las placas chocan, se separan o se deslizan lateralmente. El cinturón circum-Pacífico, las dorsales oceánicas y las regiones de colisión continental son los principales escenarios de actividad sísmica global.

A corto plazo, predecir un terremoto significaría anunciar cuándo, dónde y con qué magnitud ocurrirá un gran seísmo. Este objetivo, pese a décadas de investigación, sigue siendo inalcanzable. Se han estudiado numerosos precursores: deformaciones del terreno, cambios en la conductividad eléctrica de las rocas, variaciones en el nivel freático, emisiones de gas radón e incluso comportamientos anómalos de animales. Ninguno ha demostrado ser fiable.

Charles Richter, creador de la escala de magnitud, lo expresó con claridad: “La predicción proporciona un terreno abonado para los aficionados, los chiflados y los impostores en busca de publicidad”. Hoy, la comunidad científica coincide: no existe ningún método capaz de predecir terremotos a corto plazo con fiabilidad.

A largo plazo, la situación cambia. Los registros históricos y los modelos geológicos permiten estimar la probabilidad de que una zona experimente un terremoto de cierta magnitud en escalas de décadas. Estas estimaciones son esenciales para actualizar los códigos de construcción; diseñar infraestructuras resistentes; planificar emergencias; identificar zonas de mayor peligrosidad sísmica. No predicen un día concreto, pero sí permiten anticipar el comportamiento general de una región.

Desde el 14 de agosto, el Instituto Geográfico Nacional ha registrado una serie de terremotos superficiales en el entorno de Alhendín, Gójar y La Zubia, con magnitudes moderadas (hasta 4,8 Mw). Los mecanismos focales indican fallas normales, coherentes con la tectónica conocida de la zona. Esta serie se sitúa entre las fallas de Dílar, Granada, Belicena–Alhendín y Santa Fe, dentro de la cuenca de Granada, en el sector central de las Béticas Orientales. Se trata de una de las regiones con mayor actividad sísmica de la península, debido a la convergencia oblicua entre las placas africana y euroasiática.

La sismicidad de esta zona es típicamente superficial y de magnitud baja a moderada, aunque la historia sísmica incluye episodios destructivos: Arenas del Rey (1884, intensidad IX–X), el terremoto de 1431 al sur de Granada (VIII–IX), y otros eventos significativos en Pinos Puente (1807), Santa Fe (1911), Atarfe (1918), Armilla (1955) o Purchil (1956). En otras palabras: no es una situación nueva, sino la expresión natural de una región sísmicamente activa.

La ciencia sí puede identificar zonas de riesgo; mejorar la construcción; diseñar planes de emergencia; explicar por qué ocurre lo que ocurre. Pero no puede —ni podrá en un futuro cercano— anunciar un terremoto con horas o días de antelación. Pretender lo contrario solo alimenta la desinformación y la ansiedad colectiva. Por ello, en momentos de tensión como los actuales, lo más sensato es seguir las recomendaciones oficiales, evitar rumores y confiar en la información del Instituto Geográfico Nacional y de Protección Civil.

Como conclusión hemos de afirmar que la predicción sísmica es, hoy por hoy, una cuestión de probabilidades, no de certezas. Sabemos dónde pueden ocurrir los terremotos y cómo prepararnos para ellos, pero no cuándo sucederán. La ciencia avanza, pero la naturaleza sigue imponiendo sus límites. Mantener la calma, informarse por canales oficiales y actuar con prudencia es la mejor estrategia ante cualquier episodio sísmico.

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